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Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Maltrato Emocional
Popularitas:200
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.

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Capítulo 8: El café de las 4

Al día siguiente, a las 3:45 de la tarde, Leo ya estaba sentado en La Rosaleda. Llegó temprano a propósito. Quería verla entrar. Quería estudiarla antes de que ella lo estudiara a él. Héctor estaba dos mesas detrás, con un periódico y unas gafas de sol que no engañaban a nadie, pero que al menos daban la ilusión de discreción.

El café era pequeño, acogedor, con paredes de ladrillo visto y lámparas amarillas. Olía a grano recién molido y a bollos de canela. Leo pidió un capuchino que no probó. Sus ojos no se despegaban de la puerta.

A las 3:58, ella llegó.

Valeria vestía un abrigo beige demasiado grande para su figura delgada. Su cabello, antes largo y descuidado, ahora lo llevaba recogido en un moño bajo. Caminaba con lentitud, como midiendo cada paso, y llevaba un bolso de cuero desgastado en una mano y un ramo de girasoles en la otra.

—Los girasoles —murmuró Leo para sí—. Todavía recuerda que eran mis favoritos.

Ella lo vio. Se detuvo en seco. Por un instante, el tiempo se congeló. Luego, Valeria sonrió. No era una sonrisa feliz, sino temblorosa, frágil. Caminó hacia él y dejó los girasoles sobre la mesa.

—Hola, Leo —dijo, y su voz se rompió en la segunda sílaba.

—Siéntate —respondió él, sin abrazarla. No podía. No todavía.

Ella lo hizo. Se sentó frente a él y apoyó las manos sobre la mesa, como si necesitara un ancla.

—Estás igual —dijo—. Bueno, no igual. Estás más grande. Más… fuerte. Pero tus ojos son los mismos.

—No vine aquí a escuchar halagos, mamá —pronunció la palabra con dificultad, como si le raspara la garganta—. Vine porque tu carta dijo que querías hablar.

—Quiero explicarte —dijo ella, y su voz se volvió más segura—. No para justificarme. Sino para que entiendas.

—Entonces habla.

Valeria respiró hondo y comenzó. Habló de Fabián, de cómo la aisló de todos. De cómo le prohibió ver a Leo. Dijo que ella nunca quiso echarlo, que fue una decisión forzada, que esa noche Fabián la amenazó con matarlos a los dos si no obedecía. Dijo que después intentó buscarlo, pero que Héctor lo había escondido adrede. Dijo que había llorado durante años. Dijo que se escapó de Fabián después de una paliza que casi la mata. Dijo que ahora vivía sola, en un departamento pequeño, trabajando en una tienda de ropa.

—He ido a terapia —repitió lo de la carta—. Tengo diagnosticado un trastorno de dependencia emocional. No es excusa, pero explica por qué no pude defenderte. Yo también era una víctima, Leo.

Él escuchó todo en silencio. Sus dedos jugaban con el borde de la taza de café. En su interior, un huracán de emociones lo destrozaba. Una parte de él quería levantarse, abrazarla y llorar. Otra parte, la más pequeña pero más sabia, le susurraba que algo no encajaba.

—Si todo eso es cierto —dijo finalmente—. ¿Por qué viniste con perfume? Mamá, tú usas perfume solo cuando quieres conseguir algo.

Valeria palideció. El primer error.

—No es cierto. Yo siempre uso perfume.

—Mentira. Cuando yo vivía contigo, te ponías perfume solo los días que ibas a ver a Fabián. Los otros días, ni siquiera te bañabas. Lo recuerdo porque yo te preparaba el agua caliente.

El silencio entre ellos se volvió denso como el plomo. Valeria bajó la mirada.

—¿Ves? —dijo Leo, con la voz rota pero firme—. Llevamos cinco minutos hablando y ya encontré la primera mentira. ¿Cuántas más habrá?

Ella levantó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.

—Ninguna más. Te lo juro.

—No me jures nada. Las personas que me juraron algo siempre me lo rompieron.

Valeria extendió la mano para tocar la suya, pero él la retiró.

—Dame tiempo —pidió ella—. Dame la oportunidad de demostrarte que cambié.

—Te daré una oportunidad —dijo Leo, y el corazón le latía tan fuerte que casi no se oía a sí mismo—. Pero no será en mi casa. No será con mi dinero. No será con mi fama. Será con citas como esta. En lugares públicos. Y un paso a la vez.

—Acepto —respondió ella, casi sin respirar.

—Y una condición más —agregó Leo—. No quiero que te acerques a Héctor. Él es mi familia ahora. Y si tú y él no pueden estar en la misma habitación, yo lo elijo a él. ¿Entendido?

Valeria asintió, pero en sus ojos brilló algo que Leo no supo identificar. No era amor. No era gratitud. Era otra cosa.

A dos mesas de distancia, Héctor observaba todo y apretaba la mandíbula.

"Esto va a terminar mal", pensó.

Y no se equivocaba.

1
Tatiana Eljaiek
parece un buen giro veamos que sigue
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