Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.
El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.
Se la mandó a él.
Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.
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Capítulo 8
Capítulo 8
La camioneta avanzó en silencio.
Yo miraba por la ventana sin ver nada.
Las luces de la calle se estiraban sobre el vidrio y, sin querer, mi cabeza volvía a la entrada de la casa Zárate.
A Marcela.
A mi madre.
Antes no era así.
Vivíamos mal, sí.
Mi padre podía ser violento, podía gritar por cualquier cosa, podía convertir una casa pequeña en un lugar donde una aprendía a respirar bajito.
Pero aun en medio de eso, hubo días tibios.
Hubo una madre que me hablaba suave.
Hubo momentos en los que pensé que, mientras ella estuviera, todavía tenía un lugar.
Ahora me había mirado como una amenaza.
Como una deuda vieja.
Como algo que debía esconder.
Solté una risa pequeña.
Amarga.
La nariz me ardió.
Darío notó el cambio enseguida.
—¿Qué pasa?
Su voz sonó más baja que de costumbre.
Me puse rígida.
No esperaba que estuviera tan pendiente de mí.
—Nada. De pronto pensé en mi casa.
Me limpié rápido la cara, aunque todavía no había caído ninguna lágrima.
—Perdón, director Zárate. Me descompuse un poco. No se preocupe.
Pero las lágrimas no obedecen órdenes.
Sentí una gota caliente al borde del ojo.
Darío frunció el ceño.
Se inclinó hacia mí.
Antes de que pudiera apartarme, levantó la mano y me rozó el rabillo del ojo con el pulgar.
Su toque fue ligero.
Paciente.
Tan distinto de su voz de oficina que me dejó sin reacción.
—Puedo autorizarte unos días libres si quieres ir a verla.
Estaba demasiado cerca.
Su respiración se mezclaba con la mía.
Yo no me moví.
No sabía si por miedo a delatarme o porque, por un segundo, ese gesto suave me hizo querer llorar más.
—Tal vez estén ocupados —mentí—. Mejor cuando haya vacaciones.
Me mordí el labio.
Él no insistió.
Retiró la mano.
—No estás en condiciones de trabajar. Te llevo a tu departamento.
Acepté sin dudar.
Si seguía con él más tiempo, podía terminar soltando una verdad que no quería entregar.
—Gracias. Voy a ordenar mis emociones y mañana vuelvo normal a la oficina.
Darío se encogió apenas de hombros.
No dijo que sí.
No dijo que no.
Cuando llegamos a mi edificio, esperó hasta verme entrar.
Sólo entonces la camioneta se fue.
La cabina volvió a quedar en silencio.
Pero no por mucho.
El celular de Darío sonó.
Vio el nombre en la pantalla y sonrió sin alegría.
Contestó despacio.
—Papá.
La voz de Ernesto Zárate explotó al otro lado.
—¿Qué significa dejar a Camila en la casa? ¿Qué trabajo era tan urgente? Regresa ahora mismo y acompáñala.
Darío apartó el teléfono un poco de la oreja.
Esperó a que su padre terminara.
Luego lo volvió a acercar.
—No voy a casarme con Camila. Voy a romper el compromiso.
El silencio del otro lado duró muy poco.
—¿Romper el compromiso? ¿Tienes idea de lo que estás diciendo? Mientras yo esté vivo, ese compromiso no se rompe.
—Si no está de acuerdo, buscaré otra forma.
La voz de Darío no cambió.
—Tengo cosas que hacer.
Colgó antes de que empezara otra ronda de gritos.
No necesitaba imaginar a Ernesto furioso en la sala de la residencia. Justo eso le convenía. Cuanto más se alterara su padre, más claro quedaba que ese matrimonio no era suyo, sino de todos los demás.
En la casa Zárate, Ernesto estaba fuera de sí.
Tiró el celular con tanta fuerza que el aparato rebotó contra la mesa.
Camila no esperaba que lo que creía seguro empezara a quebrarse tan rápido.
Se quedó de pie, pálida.
Luego se agachó y empezó a llorar.
Marcela, que estaba presente, se acercó enseguida. Se arrodilló a su lado y le acarició la espalda con torpeza.
—No llores. Tal vez Darío está molesto por algo y habla sin pensar. Cuando se calme, lo vamos a convencer.
Camila sabía que eso no era verdad.
Darío siempre había sido frío con ella.
Demasiado.
Si ahora hablaba de romper el compromiso, no era un capricho del momento.
Las palabras de Marcela no la calmaron.
La hicieron llorar más.
Ernesto, cansado del llanto pero obligado a mantener la compostura, también trató de consolarla.
—Camila, Darío es inmaduro. Dice tonterías cuando se enoja. No habla en serio.
Durante media hora, entre Ernesto, Marcela y las empleadas, lograron que Camila dejara de llorar.
Marcela soltó un respiro apenas visible.
Ernesto habló con cuidado.
—Te enviaré a casa con chofer. Esto fue culpa de Darío. Te prometo que te daré una explicación.
No tenía una solución mejor.
Camila se limpió la cara.
—Gracias, tío.
Marcela y una empleada la ayudaron a subir al auto.
Al recargarse en el asiento, Camila tenía la cabeza pesada. No podía ordenar todavía lo ocurrido, así que cerró los ojos.
Media hora después, ya en su casa, la calma volvió poco a poco.
Y con la calma, la sospecha.
Darío antes no se oponía con tanta fuerza.
No así.
Todo había cambiado desde que Kiara apareció.
Camila abrió los ojos.
Kiara.
Y en la residencia, Marcela había reaccionado de forma extraña al verla.
¿Había algo entre ellas?
La idea le encendió la mirada.
Tomó el celular y llamó.
—Investiga a Marcela Villaseñor. Quiero saber si tiene una relación especial con Kiara Jiménez. Lo más rápido posible. Es urgente.
Esta vez no iba a conformarse con sospechas.