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La mujer que despertó mi corazón.

La mujer que despertó mi corazón.

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:102.7k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.

Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.

Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.

Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.

Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.

La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.

Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8

Luna esperó varios segundos a que Valeria la levantara.

Valeria no se movió.

Abril terminó ayudándola mientras les decía a los curiosos:

—Ya está, circulen. No hay nada que ver.

Luna, con el codo raspado y la cara llena de bronca, miró a su madre.

—¿Qué te pasa? ¿No vas a darle una cachetada?

Valeria reaccionó como si volviera de golpe.

—Al auto.

El chico que grababa se acercó.

—Señora Rivas, ¿el video?

Valeria le arrebató el celular.

—Después te transfiero.

Metió a Luna en el auto y se fue.

Sol bajó del colectivo y caminó casi diez cuadras hasta el barrio cerrado. Agradeció que al menos hubiera una línea que la dejara cerca. Un taxi hasta la residencia Alcázar era un lujo idiota.

Cada peso le costaba trabajo. En unos días Mercedes saldría del sanatorio y harían falta suplementos, comida buena, remedios. La tarjeta que le había dado Ricardo, después de pagar todo, seguramente quedaría flaca.

Entró apurada, saludó a Ramiro y subió al tercer piso.

Abrió la puerta despacio.

Había un hombre junto a la cama de Bruno.

Al escucharla, se giró.

Primero la miró él.

Pelo negro, sin tintura. Cejas largas. Ojos claros y atentos, de esos que miran demasiado. La cara de Sol estaba algo colorada por subir rápido, la respiración un poco agitada, la ropa común. Aun así, bajo la remera amplia se adivinaba una figura que el hombre recorrió con disimulo pobre.

Sonrió.

—Vos debés ser la esposa de mi primo. Tomás Alcázar. Vine a ver a Bruno.

Sol asintió.

—Buenas tardes.

Se parecía a Bruno en los ojos. Pero los de Bruno, aun cerrados, parecían serios, rectos. En los de Tomás había algo torcido.

Sol se lavó las manos y tocó la de Bruno.

Estaba más fría que otros días.

Tomás sonrió apenas.

—Cuñada, ni siquiera te presentaste. No es muy educado.

—Sol Linares.

—Sol —repitió él, quitándole el apellido como si tuviera derecho—. Qué nombre lindo. Acabo de volver al país. Voy a quedarme una temporada con el abuelo, así que vamos a ser amigos.

Sol vio que la boca de Bruno temblaba apenas y que el rostro se le enrojecía.

¿Le molestaba Tomás?

¿Quería que se fuera?

Sol decidió, sin pensarlo, ponerse del lado de Bruno.

Se enderezó y miró a Tomás.

—¿Necesita algo más?

Era una invitación clara a salir.

Tomás ladeó la boca.

—Nos vemos.

Cuando cerró la puerta, Sol se inclinó sobre Bruno.

—Señor Alcázar, ¿le pasa algo? ¿Necesita ir al baño?

Bruno ardía de rabia.

Tomás había entrado antes, cuando Sol todavía no llegaba. Se había inclinado sobre él y le había susurrado al oído:

“Bruno, vine a verte.”

“Sos apenas dos años menor que yo y, aun así, toda la vida me pisaste la cabeza. El abuelo siempre te miró a vos, siempre vos, su joyita. ¿Sabés qué? Me cansé.”

“Ahora mirate. Vegetal. No debe ser lindo. Te aviso algo: el abuelo me llamó para que vuelva y me haga cargo del grupo. Vos ya no contás.”

Después se acercó más, con la voz sucia:

“Voy a demostrarle al viejo que soy mejor que vos. Vos quedate acostado, primito. Mientras respires, te van a dar algo de comer. Debe ser hermoso pedir limosna con la boca cerrada.”

Bruno había sentido una furia tan fuerte que olvidó su necesidad física.

Hasta que Sol entró.

Ahora esa necesidad volvió de golpe.

La respiración se le aceleró. El rostro se le puso rojo. Los labios se abrieron apenas, como si quisiera decir algo.

Sol se inclinó, preocupada, y entonces vio el bulto bajo la manta.

Se le subió el color a la cara.

—Voy a llamar a los cuidadores.

Antes de que pudiera moverse, el olor la detuvo.

La manta empezó a humedecerse.

Sol se quedó quieta.

Bruno quiso morirse de vergüenza.

¿Por qué no se moría de una vez?

Sol tardó unos segundos en recomponerse. Después entendió algo muy simple: si él había aguantado tanto, era porque también tenía vergüenza. Su cerebro estaba despierto. Su cuerpo no.

Ella fingió normalidad.

—No pasa nada. Le cambio la ropa.

Lo dijo suave, como si no hubiera sucedido nada terrible.

Había tenido educación sexual en la escuela, claro. Aunque todas las chicas bajaran la cabeza y se pusieran rojas cuando la profesora levantaba un modelo anatómico.

Sol pasó a Bruno a un sillón reclinable, retiró la ropa de cama y entró al vestidor.

El vestidor de Bruno era más grande que su departamento. Trajes, camisas, zapatos. Una pared entera de calzado. Cajones y cajones. Tardó un rato en encontrar ropa de dormir.

—Ya está. Voy a cambiarlo.

No llamó a los cuidadores.

Para eso la habían comprado, ¿no? Para cuidarlo. Además, esos empleados también necesitaban que alguien les marcara un límite. Cobrar sin trabajar era demasiado cómodo.

Bruno sintió cómo le quitaba la parte superior del pijama. La ropa que llevaba puesta olía mal, a días sin cambio. La nueva tenía un perfume leve, a tela limpia.

—Está demasiado flaco.

Sol vio las clavículas salidas, las costillas marcadas, la piel pálida pegada a los huesos. Si ignoraba la piel, parecía un esqueleto completo.

—Tiene que comer. Así no va. Hoy cambiamos el menú. ¿Dulce o salado? Voy a ir variando.

Le abrochó la parte de arriba.

Para la parte de abajo cerró los ojos. Le quitó la ropa interior y el pantalón, le puso ropa limpia a tientas y terminó agotada, con la frente sudada.

Después lo limpió con una toalla húmeda.

Recién entonces bajó a cocinar.

Peló langostinos, los picó finitos, exprimió un poco de jengibre y lo mezcló con huevo batido. Puso eso a cocinar al vapor. También cocinó un poco de ñame y calabaza.

Veinte minutos después, el huevo estaba listo. Le agregó unas gotas de salsa de soja baja en sodio y dos gotas de aceite de sésamo. El olor llenó la cocina.

Mientras pisaba el ñame y la calabaza, apareció Marta.

—Señorita Linares, ¿le va a dar tanto? Si después le cae pesado, no me eche la culpa. Don Ernesto pregunta y yo aviso que se lo advertí.

Sol siguió trabajando.

—Marta, habla como si ya le hubiera pasado. ¿Le dio algo que le cayera mal?

Marta se trabó.

—Mire qué rápido se creyó dueña de la casa. Entra a la cocina sin avisarme. Una universitaria dando órdenes, lo que me faltaba.

Sol la miró.

Marta tenía una hostilidad rara. No era sólo clasismo. Bruno había sido el príncipe de esa casa; una empleada debería tratarlo con respeto incluso enfermo. Pero Marta lo descuidaba, lo humillaba, lo alimentaba mal.

¿Qué había atrás?

Sol tomó miel y una cucharita.

—El señor Bruno es alto. Esto no es mucho. Después se le masajea el abdomen y listo. Marta, le doy un consejo: mientras no se sepa quién pisa firme en esta casa, conviene mirar más y hablar menos.

La apartó de la puerta con el hombro y subió con la bandeja.

Marta se quedó en la cocina, muda de bronca.

—Mocosa de mierda. Ojalá mañana te pise un auto.

El celular le sonó.

Era ese número desconocido de siempre.

Tomás Alcázar

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Marcia Farfan Rojas
Muy entretenido👏👏
Marcia Farfan Rojas: Esperando los siguientes capítulos ☺️
total 1 replies
Omaira Olivier
hola autora como engaña cuando uno se emocionado 😂 usted manda un solo capítulo la novela esta emocionante
Elimar Gutierrez
Quien es Sabrina??
Mirta Ifran
me suoer encanta la historia.mas allá que bruno es muy mando.🤭
Mirta Ifran
👏👏👏👏👏
Lidia Loreta Abascal Alvarez
😍
Yoli Ibarra
me pasa igual ,decía completa tendría que terminar de una vez, el drama esta bueno, pero de un capitulo por día no es bueno, cansa
Maria Eugenia Orozco
que hable rápido con la policia
Bertha Jimenez
es muy aburrido leer y estar pidiendo actualización no me fijé que no estaba completa
Hilda Estrada
a limpiar todo
Ru Sanchez
finalice😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Hilda Estrada
sol: dale más a ese desgdo
Hilda Estrada
Buenos golpes x habladora
Tina Farias
me e leído cuatro Novela super buenas y esta aun no tiene final
me estoy aburriendo 😡
Elena Maza
Pobre tonta 😱😱😱😱ilusa lo mandaran a la chingads
Elena Maza
Esos salieron más abusados qué bruno 🤣😍😍
Elimar Gutierrez
Por fin un avance, sumo puntos con la suegra
Elimar Gutierrez
Ahora se mete la mamá que lala
Carmen Montilla
sube el otrocapitulo
Elena Maza
No le creas a don Tomás por favor bruno deja tu orgullo busca a sol y explicale la situación
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