Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 7: Ausencias
El sábado amanece gris y sin prisa.
Nico se despierta tarde. Las nueve, las diez, las once, pierde la noción del tiempo mirando el techo de su pequeño departamento, con las sábanas revueltas y el pelo rubio aplastado contra la almohada. Afuera, la ciudad suena amortiguada, como si también hubiera decidido descansar.
Se levanta, prepara café, no tan bueno como el de Offline, bebe el primer sorbo de pie, apoyado en la encimera de la cocina, y su mirada se pierde en la ventana. El patio interior, las tuberías, la ropa tendida en el balcón de enfrente.
Podría ir.
El pensamiento llega sin avisar, como un golpe suave en la nuca, podría ducharse, vestirse, caminar hasta el local, pedir un cortado.
Es sábado, no tiene clases, no tiene entrenamiento, no tiene excusa.
Termina el café, lava la taza y se queda en casa. El móvil vibra, es su madre.
—Hijo, ¿vienes a comer el domingo? Tu padre quiere verte.
—Sí, mamá, voy.
—¿Has comido bien? ¿Estás durmiendo?
—Sí, mamá.
—¿Conoces gente nueva?
La pregunta llega como siempre, envuelta en el mismo tono de esperanza disimulada. Nico sonríe.
—Alguna —dice.
No sabe por qué dice eso, quizás es verdad, quizás no.
Cuelga, guarda el móvil y la imagen vuelve sin pedir permiso. El pelo castaño escapándose de la coleta, las manos finas secando una taza, esos ojos ámbar que a veces se quedan fijos un segundo de más.
Jean.
El nombre le sale de dentro sin que lo pronuncie, solo lo piensa y al pensarlo, algo se mueve en su pecho, algo que aún no sabe cómo llamar.
Se sienta a estudiar un rato los apuntes de Teoría de la Arquitectura, pero no se le queda nada grabado. Abre el cuaderno, dibuja una fachada, una ventana, una enredadera que sube. Cuando termina, se da cuenta de que es la misma enredadera que lleva días dibujando. Cierra el cuaderno.
Cocina, una pasta con tomate, algo rápido, no tiene hambre, pero comer es otra cosa que hacer. Se sienta solo frente al plato y mastica despacio.
Mira la televisión apagada.
En el reflejo de la pantalla negra, su propia cara le devuelve la mirada, apagada, sin el brillo de siempre y detrás de ella, como una sombra que no está ahí, se imagina la barra de Offline, la máquina de espresso, la taza blanca con la flor de cinco pétalos.
Deja el tenedor. No ha terminado de comer, pero ya no tiene hambre.
Suena el timbre.
Las siete, afuera, la luz ya se ha vuelto anaranjada. Nico abre la puerta. Leo está en el umbral. Pelirrojo, ojos verdes, una bolsa de plástico en la mano.
—Traje cervezas —dice, entrando sin esperar invitación—. ¿Qué haces solo un sábado?
—Estudiar.
—Mientes.
—Limpiar.
—Mientes otra vez.
Leo deja las cervezas en la mesa de la cocina, saca dos, las abre con la soltura de quien lo hace a diario, le ofrece una a Nico.
—Salud —dice.
—Salud.
Beben. El primer trago está frío, amargo, justo lo que no sabía que necesitaba. Se sientan en el pequeño sofá de dos plazas, la tarde entra por la ventana y dibuja una línea de luz naranja sobre el suelo.
—Pensé que tenías una cita hoy —dice Nico.
—Más tarde, vamos a un antro, lo de siempre. Ya sabes.
Nico asiente, bebe otro trago.
—¿No te aburres de eso? —pregunta después de un silencio.
Leo lo mira con una ceja levantada.
—¿Por qué me iba a aburrir? —su tono es ligero, pero hay algo en sus ojos que se afila—. ¿Acaso el sexo te aburre? Si es así, creo que debería empezar a preocuparme.
—No me refiero a eso —Nico gira la botella entre las manos, mira la etiqueta—. Hablo de la... falta de conexión.
Leo se queda callado un momento, luego sonríe, esa sonrisa pícara que conoce media universidad.
—Pues yo creo que conecto muy bien con todos —dice—. Ninguno se ha quejado a la mañana siguiente.
Nico niega con la cabeza, pero la risa se le escapa.
—Eres un imbécil.
—Lo sé.
Beben en silencio unos segundos. El ruido de la calle llega amortiguado, pero Leo ya no está bromeando del todo.
—Mira —dice, y su voz ha bajado un tono. Ahora mira su botella, no a Nico—. No busco conexión sentimental y los chicos con los que estoy tampoco. Soy claro desde el principio, les digo que no busco nada serio, que será una noche, tal vez dos. Si ellos quieren, bien, si no, también. No le hago daño a nadie.
Nico lo mira, su amigo pelirrojo siempre tan suelto, ahora tiene los hombros un poco más quietos. No es tristeza, es otra cosa, una honestidad que no suele mostrar.
—Lo sé —dice Nico—. No decía eso.
—Sí, lo decías, pero está bien.
Leo bebe un largo trago, vacía casi media botella de una vez, cuando vuelve a hablar, el tono ha cambiado otra vez. Más casual. Pero sus ojos verdes se clavan en Nico con una intensidad que no lo es.
—¿Qué hay con ese omega?
Nico parpadea.
—¿Qué omega?
—El del cibercafé. El chico serio de la coleta.
Las palabras le llegan como un pelotazo en el pecho.
—¿Jean? —dice y su voz suena distinta, más baja.
—Ese —Leo asiente, una sonrisa pequeña en la comisura de los labios—. Jean.
—¿Qué hay con él? —pregunta Nico.
Leo lo mira, luego mira su botella, después vuelve a mirarlo.
—Has ido a ese sitio todos los días, Nico, incluso solo y cuando hablas de él... no sé. Te cambia la cara.
Nico no responde.
—No pasa nada —dice al final, y suena falso hasta para él mismo.
Leo resopla.
—Claro, no pasa nada.
No insiste, toma otro trago de cerveza y cambia de tema. Habla del entrenamiento, de un parcial que se avecina, de la cita de esta noche. Nico asiente, responde, ríe en los momentos adecuados. Pero su cabeza sigue en otra parte.
Las cervezas se acaban, el cielo se oscurece.
—Me voy —dice Leo, levantándose—, no quiero llegar tarde.
—Disfruta.
—Siempre.
En la puerta, Leo se da la vuelta. Lo mira un segundo, solo uno.
—Oye, Nico.
—¿Qué?
—A veces las cosas más importantes no se planean, solo pasan.
Y se va.
La puerta se cierra, Nico se queda solo en el apartamento, con cuatro botellas vacías sobre la mesa y una frase que le da vueltas en la cabeza.
Mira el reloj., las nueve. Podría ir ahora, Offline cierra a las diez.
Pero no se mueve. Se queda sentado en el sofá, con la luz anaranjada ya convertida en penumbra, y no hace nada.
Solo espera. No sabe a qué.
———
En Offline, el sábado también ha sido lento.
Jean atendió a los clientes de la mañana, limpió la máquina dos veces, ordenó el almacén aunque no hacía falta. La rutina, siempre la rutina. Pero en algún momento de la tarde, mientras secaba una taza y el sol entraba por los ventanales, se dio cuenta de que miraba la puerta.
Una vez. Dos veces. Tres.
No había ninguna razón para hacerlo, los sábados el chico rubio no había venido nunca, solo los días de diario, después de la piscina, en su franja horaria de siempre.
Y sin embargo, Jean miraba la puerta.
A la cuarta vez que lo hizo, se detuvo a medio gesto, tenía la mano en el aire, el trapo colgando, los dedos inmóviles. Se obligó a bajar la mirada, a concentrarse en la taza.
Pero la taza ya estaba seca.
La dejó en su sitio, cogió otra, la secó también aunque no hacía falta. Y mientras sus manos trabajaban, su cabeza estaba en otro lugar.
La campanilla sonó varias veces aquella tarde.
Fue una pareja joven, un hombre mayor con un periódico, una chica que pidió un té y se sentó junto a la ventana.
Ninguna fue la que él esperaba.
Al cerrar el local, guardó el delantal y cogió su chaqueta. La calle estaba oscura y olía a lluvia reciente, caminó a casa con las manos en los bolsillos. No pensó en nada concreto, no se lo permitió, pero mientras subía las escaleras de su edificio, una pregunta se cruzó en su mente, rápida como un pez que se esconde entre las piedras.
¿Y si el lunes no vuelve?
Apartó la pregunta, la enterró, abrió la puerta de su habitación. Puso la cámara rota sobre la mesita de noche, se sentó en el borde de la cama. Las tres macetas del alféizar estaban en su sitio, las había regado por la mañana, no necesitaba volver a hacerlo.
Las miró un rato.
Afuera, la ciudad seguía su curso y Jean se quedó a oscuras, escuchando el silencio, sin saber muy bien qué hacer con él.