Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 8
El silencio que siguió a las palabras de Damián Bustamante era tan pesado que podía cortarse con un cuchillo. Renata sentía el calor de la mano de Damián envolviendo la suya; era una presión firme, posesiva, que le recordaba que ya no estaba al mando de su propia huida.
—Vámonos —ordenó Damián. Su voz no admitía réplicas.
Él la guio con pasos largos y decididos sobre la alfombra sembrada de cristales rotos. Los invitados, la crema y nata de la ciudad, se apartaban como si las aguas se dividieran ante un dios enfurecido. Renata caminaba con la cabeza alta, el vestido de novia —esa burla de encaje— arrastrándose tras ella, ahora manchado de polvo y sangre ajena.
—¡Renata! ¡Espera! —el grito de David rompió el estupor de los Morana.
David corrió hacia ellos, con el rostro desencajado y el sudor corriéndole por las sienes. Sus ojos, antes llenos de suficiencia, ahora destilaban un pánico patético. Intentó alcanzar el brazo de Renata, pero antes de que estuviera a un metro de distancia, dos sombras gigantescas vestidas de negro se interpusieron en su camino.
Eran los guardaespaldas de Damián. Con un movimiento seco y eficiente, uno de ellos puso una mano de hierro sobre el pecho de David, empujándolo hacia atrás con tal fuerza que el heredero de los Morana terminó tambaleándose contra una mesa de buffet, derribando la cristalería.
—¡Renata, escúchame! —chilló David desde el suelo, ignorando su propia humillación—. No sabía... ¡Te juro que no sabía quién eras! Podemos arreglarlo, todavía nos amamos, ¿verdad? ¡Diles que se detengan! ¡Podemos hablar de esto!
Renata se detuvo solo un segundo. Se giró lentamente, mirando a David como si fuera un insecto que acababa de ser aplastado por una bota. No había rastro de la mujer que suspiraba por él en los pasillos de servicio.
—¿Arreglar qué, David? —preguntó ella, y su voz resonó con una autoridad que hizo que Ester y Eduardo se encogieran en sus asientos—. ¿Vas a arreglar el hecho de que me vendiste a un sádico por unos fajos de billetes? ¿O el hecho de que te reíste de mi "humildad" hace solo unas horas?
—¡Estaba presionado! ¡Lo hice por la familia! —suplicó David, intentando levantarse, pero la bota de uno de los guardias se plantó peligrosamente cerca de su mano—. ¡Renata, te amo! ¡Vuelve conmigo!
Damián soltó un gruñido bajo, un sonido animal que emanaba de lo más profundo de su pecho. Dio un paso hacia David, y el aire pareció desaparecer del salón.
—Si vuelves a pronunciar su nombre con esa boca llena de mentiras —dijo Damián, con una calma que aterraba más que cualquier grito—, me aseguraré de que lo único que heredes de tu padre sea la celda donde pasará el resto de sus días por fraude fiscal. Fuera de mi vista, basura.
Damián tiró del brazo de Renata con una brusquedad que la hizo chocar contra su pecho firme. La sacó de la mansión ante la mirada horrorizada de los Morana, quienes finalmente comprendían la magnitud del desastre: habían tratado como sirvienta a la única mujer que podía borrar su existencia del mapa con una sola llamada.
Afuera, la escena era aún más irreal. No había coches de lujo de alquiler ni taxis. Una hilera de seis camionetas blindadas, negras y brillantes como el azabache, bloqueaba la calle. Hombres armados con equipos de comunicación de última generación formaban un cordón de seguridad que mantenía a raya a los pocos curiosos.
Damián la condujo hacia la camioneta central. Un chofer abrió la puerta trasera y Damián prácticamente la empujó hacia el interior antes de entrar tras ella y cerrar la puerta con un golpe seco.
El habitáculo estaba insonorizado. El caos del exterior desapareció, sustituido por el olor a cuero caro y el perfume embriagador de Damián. Apenas el vehículo arrancó con un rugido potente, Damián se movió.
En un movimiento fluido y agresivo, la atrapó contra el asiento trasero. Colocó una mano a cada lado de la cabeza de Renata, arrinconándola, invadiendo su espacio personal con una ferocidad que la dejó sin aliento.
—¿Y bien? —preguntó él, su rostro a escasos milímetros del suyo. Sus ojos oscuros centelleaban con una furia posesiva—. ¿Ya terminaste con tu jueguito, Renata? ¿Ya te cansaste de jugar a la "casita pobretona" y de dejar que cualquier idiota con un traje barato te ponga las manos encima?
Renata intentó sostenerle la mirada, pero el poder que emanaba de Damián era abrumador.
—No era un juego, Damián. Tenía mis razones —logró decir ella, intentando recuperar su compostura.
—Tus razones —se burló él, su voz era un susurro peligroso contra sus labios—. Tus razones casi te llevan a la cama de Marcus Sterling. ¿Tienes idea de lo que me costó no entrar ahí y quemar esa mansión contigo adentro hace una semana? Te busqué por medio mundo para encontrarte fregando suelos para unos muertos de hambre que ni siquiera saben cómo anudarse una corbata.
Damián bajó una de sus manos y apretó la mandíbula de Renata, obligándola a mirarlo solo a él.
—Eres una Vane. Mi prometida. La mujer que me pertenece desde que teníamos edad para entender lo que es un contrato —sus ojos recorrieron el vestido de novia de ella con asco—. Quítate este trapo. Me enferma verte vestida para otro.
—Damián, suéltame, me lastimas —murmuró ella, aunque en el fondo, esa posesividad cruda le despertaba una chispa de fuego que creía muerta.
—No te voy a soltar nunca más —sentenció él, pegando su frente a la de ella—. Se acabó la libertad, Renata. Me diste caza durante dos años, pero ahora el cazador te tiene a ti. Y esta vez, no habrá uniformes de sirvienta ni silencios que te salven. Volvemos a casa. A la verdadera casa.
Mientras el convoy se alejaba de la mansión Morana a toda velocidad, Renata miró por la ventanilla tintada. Vio a David parado en la acera, pequeño y patético, siendo rodeado por acreedores que ya empezaban a llegar tras el escándalo.
La venganza era un plato frío, pero en manos de Damián Bustamante, prometía ser un incendio que lo consumiría todo. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si era la reina del incendio... o la próxima en arder bajo el control del hombre que la reclamaba como suya.
Vamos a ver qué pasa con el Presi