Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 17: Algo no estaba bien conmigo
Ese mismo día que me desmayé en los brazos de Edwin… algo dentro de mí sabía que eso no era normal.
Después de que él me dejó en la casa yo intenté actuar tranquila. Le dije que estaba bien, que seguramente había sido el cansancio o el frío, pero la verdad ni yo misma me creía eso.
Porque ya llevaba semanas sintiéndome rara.
Muy rara.
Solo que nunca quise decirle a nadie.
Cuando entré a la casa mi mamá me miró apenas crucé la puerta.
—“¿Qué le pasó a esa cara?”
Yo dejé el bolso en el mueble intentando actuar normal.
—“Nada, ma. Estoy cansada.”
Pero las mamás siempre saben cuando uno miente.
Ella se acercó más.
—“Valeria… estás pálida.”
Yo respiré hondo.
Y ahí ya no fui capaz de seguir fingiendo.
—“Me desmayé hoy…”
Mi mamá abrió los ojos de una.
—“¿¡Qué!?”
—“Pero ya estoy bien.”
—“¿Cómo que ya está bien? ¿Dónde fue eso?”
—“Con Edwin…”
Ella inmediatamente agarró las llaves.
—“Vamos para la clínica ya mismo.”
Yo intenté decirle que no exagerara, pero sinceramente yo también estaba asustada.
Porque aunque trataba de hacerme la fuerte…
mi cuerpo llevaba rato avisándome que algo no estaba bien.
En la clínica me hicieron pasar rápido apenas escucharon que me había desmayado.
Yo estaba sentada en una silla mientras una enfermera me hacía preguntas.
—“¿Ha sentido mareos antes?”
Yo bajé la mirada.
—“Sí…”
—“¿Hace cuánto?”
—“Hace varias semanas.”
Mi mamá me miró sorprendida.
—“¿Y por qué no dijo nada?”
Yo me encogí de hombros.
No sabía qué responder.
La verdad era que yo ya me había acostumbrado a sentirme cansada.
A veces me levantaba sin energía.
A veces me mareaba cuando caminaba mucho.
Otras veces simplemente no tenía ganas de comer.
Pero nunca quise preocupar a nadie.
Además…
yo sabía cómo eran todos.
Capaz me hacían comer a la fuerza o comenzaban a controlarme todo.
Y sinceramente no quería eso.
Me hicieron varios estudios.
Exámenes de sangre, presión, muchas preguntas.
Mientras esperaba los resultados me quedé mirando el piso del consultorio.
Mi mamá seguía preocupada.
—“¿Por qué no me dijo que se sentía mal?”
Yo suspiré.
—“Porque pensé que no era grave.”
Y en parte sí lo pensaba.
O tal vez quería convencerme de eso.
Porque aceptar que algo estaba mal daba miedo.
Después de un rato entró la doctora con los resultados en la mano.
Se veía seria.
Y ahí fue cuando me asusté de verdad.
—“Valeria…”
Yo levanté la mirada.
—“Tus exámenes muestran que tienes anemia grave.”
Sentí un vacío horrible en el estómago.
Mi mamá abrió los ojos preocupada.
—“¿Cómo así anemia grave?”
La doctora suspiró suave.
—“Sus niveles están muy bajos. Por eso los mareos, el cansancio y el desmayo.”
Yo me quedé callada.
Escuchando.
Sin saber bien qué pensar.
La doctora siguió hablando:
—“¿Has estado comiendo bien?”
Y ahí fue donde me dio pena responder.
Porque la verdad…
no.
No estaba comiendo bien.
Casi nunca tenía hambre.
Podía pasar horas sin comer y ni siquiera me daba cuenta.
A veces desayunaba poquito y ya.
Otras veces simplemente decía que ya había comido para que no molestaran.
No era por querer verme diferente ni nada de eso.
Simplemente…
no me daba hambre.
Y nunca pensé que eso terminaría así.
Yo bajé la mirada.
—“Creo que no…”
Mi mamá me miró impresionada.
—“Valeria Cárdenas…”
Yo suspiré.
—“No sé… últimamente comía muy poquito.”
La doctora asintió.
—“Tu cuerpo ya estaba mostrando señales de agotamiento.”
Sentí culpa.
Muchísima.
Porque todos pensaban que yo estaba bien y la verdad llevaba rato sintiéndome mal.
Solo que aprendí a esconderlo.
Porque no quería preocupar a nadie.
Porque no quería que me trataran diferente.
Porque pensé que se me iba a pasar solo.
Pero no pasó.
Y terminé desmayándome en los brazos de Edwin.
Solo de pensar en su cara asustada me sentía peor.
Porque nunca lo había visto tan nervioso.
La doctora siguió explicándome que necesitaba mejorar mi alimentación, hacerme más controles y cuidarme muchísimo.
Y mientras hablaba…
yo solo pensaba en Edwin.
En cómo iba a reaccionar cuando se enterara.
Porque él ya era intenso conmigo estando sana…
ahora iba a querer cuidarme hasta para respirar.
Y aunque eso me daba ternura…
también me daba un poquito de miedo.
No quería sentirme una carga para nadie.
Cuando salimos de la clínica ya era de noche.
El frío de Manzanares pegaba fuerte.
Mi mamá iba seria caminando al lado mío.
Hasta que de repente habló.
—“¿Por qué se guarda todo?”
Yo me quedé callada.
Porque ni yo sabía responder eso.
Tal vez porque me acostumbré a decir “estoy bien” incluso cuando no era verdad.
Subimos al carro.
Y mientras miraba las luces del pueblo por la ventana entendí algo que me dolió aceptar:
uno no puede seguir ignorando el cuerpo cuando el cuerpo lleva tanto tiempo pidiendo ayuda.