En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 8: El error de la inocencia
El aire del campamento se había vuelto irrespirable para Evangeline. A medida que avanzaban entre las filas de tiendas y hogueras, los murmullos de los soldados la golpeaban como piedras. Ya no eran solo miradas de asombro; era una marea de palabras vulgares y suposiciones crueles que se filtraban por sus oídos, manchando la pureza con la que había sido criada.
—Mírala... —susurró un soldado de infantería, con los ojos inyectados en sangre por el vino barato—. Dicen que el General pagó una fortuna por ella. Con ese cuerpo y esa piel, Thorne la va a poseer con la fuerza de una tormenta. No dejará ni un centímetro de ella sin marcar.
—Pobre criatura —respondió otro con una risa ronca—. Un hombre como él, que solo conoce la violencia, la romperá como a una yegua salvaje antes de que termine la semana. No sobrevivirá a la primera noche en su cama.
Evangeline sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esas palabras, cargadas de una brutalidad que nunca había escuchado en Aguasclaras, resonaban en su cabeza como campanas de muerte. En su mundo, el amor era un acto sagrado y gentil; aquí, era descrito como una conquista despiadada. Sus manos comenzaron a temblar de forma incontrolable y la seda azul del vestido pareció pesarle quintales. Se sentía expuesta, humillada, una simple mercancía sobre la cual cientos de hombres fantaseaban con su destrucción.
Alistair no era ajeno a los murmullos. Sus sentidos, agudizados por años de supervivencia en la frontera, captaban cada sílaba, cada risa contenida. Sintió cómo la pequeña mano de Evangeline, que aún descansaba sobre su brazo, se volvía gélida y cómo su respiración se tornaba errática. Alistair lanzó una mirada lateral a la joven; vio el terror puro grabado en sus ojos negros y la forma en que mordía su labio rojo para no estallar en llanto. Un ramalazo de una furia gélida lo atravesó, pero no contra sus hombres —a quienes conocía bien—, sino contra la situación que la estaba asfixiando.
Sin decir una palabra, Alistair cambió el rumbo de su marcha. Con un gesto imperativo, se abrió paso entre la multitud y la condujo de regreso a la tienda principal con una zancada que ella apenas podía seguir.
—Adentro —sentenció Alistair una vez que llegaron, soltando su brazo con una brusquedad nacida de la irritación.
Evangeline tropezó hacia el centro de la tienda, rodeada por el aroma a sándalo y metal que ahora asociaba con su dueño. Alistair se quedó en la entrada, dándole la espalda, mientras llamaba a Kaelen para darle instrucciones sobre la vigilancia nocturna y las raciones del ejército. Su tono era duro, autoritario, el de un hombre que no permitía fisuras en su mando.
Para Evangeline, esa dureza fue la gota que colmó el vaso. En su mente nublada por el miedo y la reciente fiebre, Alistair ya no era su salvador; era el carcelero que la poseía, el hombre que, según los soldados, estaba esperando el momento para usar su fuerza contra ella. La idea de quedarse allí, a mercéd de su voluntad dominante, se volvió insoportable.
Cuando Alistair se alejó unos metros de la tienda para hablar en privado con su lugarteniente, dejando la lona entreabierta, Evangeline vio su oportunidad. Fue un impulso ciego, una reacción desesperada de un animal acorralado que no comprende que el bosque es más peligro de lo que deja atrás. Sin detenerse a pensar en las consecuencias, se deshizo de los pesados zapatos de seda y, con el corazón en la garganta, se deslizó por la parte trasera de la tienda, aprovechando una pequeña abertura en la lona inferior.
Corrió.
Sus pies descalzos golpearon la tierra fría del campamento mientras se mantenía en las sombras, evitando las hogueras principales. Se sentía como una sombra entre los gigantes. El bosque, oscuro y denso, se alzaba frente a ella como una promesa de libertad, el único lugar que sentía que le pertenecía. Lo que Evangeline no sabía, en su bendita e ingenua inocencia, era que los muros del campamento y la espada de Alistair eran lo único que mantenía a raya a los verdaderos monstruos que acechaban en la espesura. Al huir de la tienda del General, estaba abandonando la única protección que tenía en un mundo que ya había decidido devorarla. Se internó en la espesura, donde el silencio era sepulcral y el peligro, invisible pero letal, ya empezaba a seguir sus pasos.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰