Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XIX Un momento de debilidad
Punto de vista de Alexander
La cena había dejado un sabor extraño en mi boca, y no era el del vino caro. La imagen de Isabella enfrentando a aquel imbécil para defender a una camarera se repetía en mi mente como una película en bucle. Había sido un acto de una nobleza tan cruda que me resultaba imposible de ignorar.
—Ven conmigo —le dije al salir del restaurante. No fue una orden, aunque mi voz mantenía su firmeza habitual.
—¿A dónde? Es tarde, Alexander y quiero descansar.
—A caminar. El mar ayuda a pensar, y sospecho que ambos tenemos mucho en qué pensar.
Bajamos a la playa privada del hotel. La arena estaba fría y la luna se reflejaba en el agua mansa, creando un camino de plata que se perdía en el horizonte. Ella caminaba a mi lado, en silencio, habiéndose despojado de sus tacones. Verla caminar descalza, con el dobladillo de su vestido de seda rozando la arena, la hacía ver menos como una heredera y más como una aparición.
—Lo que hiciste esta noche... —comencé, rompiendo el silencio— no fue algo propio de una Castillo.
Ella se detuvo y miró las olas, dejando que la brisa marina le despeinara el cabello.
—¿Y qué es lo propio de una Castillo, Alexander? ¿Mirar hacia otro lado mientras alguien es pisoteado? —Me miró de reojo, y supe que estaba siendo sincera—. El dinero no te da derecho a ser un miserable. Nadie debería sentirse pequeño por trabajar.
Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que solo unos centímetros nos separaban. El olor a salitre se mezclaba con su perfume, creando una combinación embriagadora.
—Me sorprendiste. Isabella siempre despreció a los que consideraba inferiores. Tú, en cambio, parecías sentir ese insulto como si fuera hacia ti misma.
Noté cómo se tensaba. Sus ojos buscaron los míos y, por primera vez, no vi el escudo de sarcasmo que solía usar. Había una vulnerabilidad líquida en su mirada que me atrajo como un imán. Sin pensarlo, mi mano subió hasta su rostro, acariciando su mejilla con el pulgar. Esta vez no hubo brusquedad, solo una curiosidad eléctrica.
—¿Quién eres bajo toda esta farsa? —susurré, inclinándome hacia ella—. Porque la mujer que defendió a esa chica hoy... esa es alguien a quien no me importaría conocer de verdad.
Isabella no se apartó. Su respiración se volvió errática y pude sentir el calor que emanaba de su piel a pesar del viento fresco de la noche.
—A veces —respondió ella, con la voz apenas audible por el rumor de las olas—, las personas no son lo que el mundo ha decidido que sean. A veces, solo somos alguien intentando sobrevivir a las circunstancias.
Fue en ese momento cuando la atracción que había estado reprimiendo desde el día de la firma explotó. No era el deseo posesivo de la noche anterior, era algo más profundo, una necesidad de descifrar el enigma que sostenía entre mis manos. Me incliné y busqué sus labios.
Fue un beso lento, exploratorio, que pronto se tornó intenso. Isabella respondió con una desesperación contenida, como si ella también necesitara olvidar por un segundo quiénes debíamos ser ante el mundo. Sus manos subieron a mi nuca, enredándose en mi cabello, y por un instante, el contrato, el abuelo, los Castillo y la isabella fría y cruel desaparecieron.
Solo estábamos nosotros dos, en una playa desierta, unidos por una mentira que empezaba a doler como una verdad. Cuando nos separamos, ella me miró con ojos empañados, asustada de lo que acababa de suceder.
—Alexander... esto no debería...
—Lo sé —la interrumpí, sin soltarla—. Pero es lo único real que ha pasado entre nosotros desde que nos conocimos.
La tomé de la mano y seguimos caminando en silencio, pero el aire entre nosotros ya no era el mismo. El "monstruo" y la "heredera" habían quedado atrás, y en su lugar, dos extraños empezaban a descubrir que el corazón no entiende de contratos, ni de fachadas.
—Debes estar cansada —dijo Alexander, rompiendo el silencio mientras se quitaba el saco y lo lanzaba sobre el sillón. Su voz ya no tenía el filo de una navaja, pero su mirada seguía fija en mí, como si estuviera tratando de leer un idioma que no terminaba de comprender—. Mañana tenemos que regresar. Mi abuelo quiere un informe detallado de nuestra "felicidad".
Asentí, evitando su contacto visual. El calor de sus labios todavía quemaba en los míos y el roce de sus manos en la playa se sentía como una marca invisible en mi piel. Tenía que detenerme. No podía permitir que la calidez de Alexander me hiciera olvidar que él estaba enamorado —o al menos obsesionado— con una máscara, no conmigo.
—Isabella —me llamó, y el uso de ese nombre me dolió más que cualquier insulto. Me obligó a girar para mirarlo—. ¿Por qué siento que cada vez que intento acercarme, te escapas a un lugar donde no puedo seguirte?
—Es solo el cansancio, Alexander —mentí, sintiendo cómo el corazón me martilleaba en las costillas—. La boda, el viaje... ha sido mucho.
Me dirigí al baño para cambiarme, pero antes de entrar, escuché el sonido metálico de un mensaje llegando a su teléfono. Alexander lo revisó y su expresión cambió al instante; la suavidad que había mostrado en la playa desapareció, siendo reemplazada por una mueca de desprecio absoluto.
—Parece que tu padre no puede esperar a que volvamos para empezar a exigir sus beneficios —dijo con amargura, mostrándome la pantalla de reojo—. Quiere una reunión privada conmigo en cuanto aterricemos. Dice que tiene "documentos familiares" que debo firmar.
Un frío glacial me recorrió la columna. No sabía de qué documento estaba hablandol, pero estaba segura de que no era nada bueno.
—No dejes que te presione —solté sin pensar,
Alexander frunció el ceño, intrigado por mi defensa.
—Pensé que estarías del lado de tu padre. Al fin y al cabo, tú eres la que más se beneficia de su ambición.
—A veces los hijos no somos el reflejo de nuestros padres, Alexander —respondí con firmeza antes de encerrarme en el baño.
Apoyé la espalda contra la puerta y cerré los ojos, tratando de contener las lágrimas. Estaba atrapada en una telaraña de mentiras. Alexander empezaba a ver a la verdadera Elena, pero la llamaba Isabella. El padre de Isabella estaba a punto de conseguir algo que yo no sabía que era y la única persona que podía ayudar a mi madre estaba bloqueada por los celos del hombre que acababa de besarme.
Tenía que ser más inteligente. Tenía que volver a ser la Isabella caprichosa y fría, porque si Alexander se enamoraba de la mujer que vio en la playa, el día que descubriera la verdad, su odio no tendría límites. Y yo... yo no estaba segura de poder sobrevivir a su desprecio una segunda vez.
ojalá no bajen la Guardia