Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 19
—Eres muy dulce —dijo Abril, mirando las rosas, los bombones, el osito blanco apretado contra su pecho. Luego alzó la vista hacia Pablo con una curiosidad tierna—. ¿De dónde sacaste el dinero?
Pablo sonrió. Una sonrisa de esas que le arrugaban los ojos y lo hacían ver más joven, más humano, menos el chico popular que todos creían conocer.
—Conseguí un trabajo de medio tiempo —respondió, encogiendo un hombro como si no fuera para tanto, pero sus ojos brillaban con orgullo—. Quería poder darte detalles. Tú siempre eres atenta conmigo... y tengo que estar a tu altura.
Extendió los brazos, como si quisiera abrazar el mundo entero. O como si quisiera mostrarse a sí mismo que podía hacerlo. Que podía ser mejor.
Abril negó con la cabeza, incrédula.
—¿Un trabajo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
—En una tienda de deportes, por las tardes —dijo Pablo, rozando la puntas de los dedos por los pétalos de una rosa—. No pagan mal. Y mi jefe es buena gente. No sabía que existían personas así.
—¿Y tus entrenamientos? —preguntó ella, preocupada.
—Los ajusté —respondió él, como si fuera lo más sencillo del mundo—. Me levanto más temprano. Me acuesto más tarde. Pero vale la pena.
La miró fijo. Directo a los ojos. Y su voz se volvió grave, sincera, como un juramento.
—Mi mujer se merece el mundo entero. Y yo haré todo lo posible por comprártelo, mi amor.
Abril sintió que el corazón se le salía del pecho. No estaba acostumbrada a esto. A que la miraran así. A que le dieran sin esperar nada a cambio. A que alguien trabajara para verla sonreír.
—Eres un loco —dijo, con la voz entrecortada—. Te amo.
Pablo le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Su tacto era suave, cuidadoso, como si ella fuera de porcelana.
—Yo te amo más —respondió—. Y que el mundo se vaya al carajo.
Abril soltó una risa nerviosa. Miró a su alrededor. Los estudiantes seguían mirando. Algunos con cara de asco. Otros con cara de incredulidad. Un par, tal vez, con envidia.
Pablo siguió su mirada. Vio a Diana alejándose por el pasillo. Vio a Milo escondido detrás de una columna. Vio los susurros, los ojos, los juicios.
Y no le importó.
—Tu solo tienes que gustarme a mí —dijo, volviendo a mirarla—. Y a mí me fascinas. Es lo único que importa. ¿De acuerdo?
Abril apretó el osito blanco contra su pecho. Las rosas temblaron en su mano. Pero su voz no tembló.
—De acuerdo, mi amor —dijo.
Pablo la besó en la frente. Un beso suave, casi un suspiro.
Y luego tomaron las cosas y caminaron hacia la salida del edificio, bajo el sol de la mañana, con las mochilas a cuestas y los corazones llenos.
No miraron atrás.
Detrás de ellos, el silencio se rompió en cien murmullos.
—¿Viste eso?
—Pablo y la gorda...
—Es imposible.
—Pues yo lo vi con mis propios ojos.
Milo escuchó cada palabra. Cada susurro. Cada carcajada contenida.
Se quedó apoyado en la columna mucho tiempo después de que todos se hubieran ido.
Y cuando finalmente se movió, no fue hacia las aulas.
Fue hacia la salida.
Necesitaba aire.
O tal vez necesitaba otra cosa.
Algo que ya no podía tener.