⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Que vengan
El sol no entraba en la Sala del Cónclave de la Orden de la Luz. No era porque no hubiera ventanas, sino porque los cristales eran tan gruesos y estaban tan grabados con figuras de santos guerreros que la luz natural se transformaba en una penumbra grisácea y fría al entrar. En el centro de la habitación, una mesa redonda de piedra negra sostenía el peso de siglos de decisiones crueles.
Allí estaban sentados los doce miembros del Consejo. Si uno los miraba de cerca, no veía a hombres de fe, sino a hombres de hambre. Sus túnicas eran de la seda más fina, sus dedos estaban cargados de anillos de oro con gemas que podrían alimentar a una aldea entera por años, y sus rostros estaban hundidos en una comodidad que solo la corrupción puede dar. Eran más parecidos a mercaderes de esclavos que a pastores de almas. Se repartían las tierras, los impuestos y las vidas de las personas como si fueran piezas de un juego de mesa.
En la cabecera, sentado en una silla que era casi un trono de marfil, estaba el Sumo Sacerdote Quirno.
Quirno no llevaba oro. Su túnica era de un blanco tan puro que lastimaba la vista, pero su mirada era lo que realmente daba miedo. Mientras los otros consejeros hablaban de dinero y poder, Quirno solo pensaba en la destrucción. Para él, cualquier rastro de magia, cualquier criatura que no fuera humana y pura, era una "aberración". Un error de la creación que él tenía el deber sagrado de corregir con fuego y sangre.
-Silencio- Dijo Quirno.
No gritó, pero su voz cortó las risas y los murmullos de los consejeros como un cuchillo afilado. Todos se quedaron quietos. Sabían que, aunque Quirno no amaba el oro, era el hombre más peligroso de la sala.
-Los informes han sido confirmados.- Continuó Quirno, entrelazando sus dedos largos y pálidos -El Capitán Lin ha caído. No solo ha dejado de cumplir con su deber, sino que se ha arrodillado ante un hechicero de sangre. Y lo que es peor: está escoltando a Lucien Blackshield hacia el corazón de las ruinas.-
Un consejero gordo, de mejillas rojas por el vino, se aclaró la garganta.
-Pero, Gran Sacerdote... ¿realmente es el chico Blackshield? Pensábamos que esa plaga había sido eliminada hace dieciocho años. Si el linaje ha vuelto, el pueblo podría levantarse. Los Blackshield eran amados, por estúpido que parezca.-
Quirno golpeó la mesa con la palma de la mano.
-¡No eran amados! Eran temidos por su magia impura. Y si ese chico vive, es porque la oscuridad lo ha protegido. El Rey de las Sombras, ese vampiro que hemos intentado cazar por siglos, está con él. Se besan sobre los cadáveres de nuestros soldados. ¿Entienden la magnitud de esta blasfemia?-
Los consejeros se miraron entre sí con fingido horror, aunque en realidad lo que más les preocupaba era que un nuevo reino significaba el fin de sus negocios en esas tierras.
-La decisión ha sido tomada.- Sentenció Quirno, poniéndose en pie -No enviaré solo a Varek y sus cincuenta hombres. La Orden de la Luz se movilizará. Yo mismo encabezaré esta expedición.-
Un murmullo de sorpresa llenó la sala. Quirno rara vez abandonaba la capital.
-¿Usted, mi señor?- Preguntó otro consejero -Es un viaje largo. Casi una semana cabalgando, y usted necesita el carruaje real para mantener su dignidad...-
-Viajaré como corresponde a mi rango.- Dijo Quirno con un brillo extraño en los ojos -Pero viajaré. Necesito estar presente cuando el Corazón del Reino deje de latir. Necesito ver con mis propios ojos cómo el último Blackshield exhala su aliento.-
Quirno guardaba un secreto. Detrás de su odio por la magia, detrás de sus discursos sobre la luz, había un capricho personal, una obsesión que lo consumía por dentro. No quería destruir el reino de Lucien solo por fe. Lo quería destruir porque odiaba que algo pudiera ser tan poderoso y hermoso sin su permiso. En su interior, Quirno sentía un vacío que nada podía llenar, y ver la magia de otros le recordaba constantemente lo pequeño que era en realidad. Su odio era, en el fondo, una envidia podrida que se disfrazaba de religión.
-Y con respecto a los desertores.- Dijo Quirno, su voz volviéndose más oscura -La orden es clara. No quiero que los maten en el bosque. Eso sería demasiado fácil. Quiero que los capturen con redes de plata. Quiero que Lin, Ettore y los demás sean traídos encadenados al Monasterio de la Orden.-
Señaló un punto en el mapa, un edificio oscuro situado en lo alto de un acantilado donde se decía que los gritos nunca terminaban.
-Serán juzgados frente a todos. Serán ejecutados públicamente para que ningún otro cazador piense que puede elegir la piedad por encima del deber. La traición a la Orden se paga con la purificación del fuego, pero antes, conocerán el peso de nuestras cadenas.-
Los consejeros asintieron con rapidez. Les gustaba el plan. Una ejecución pública siempre ayudaba a mantener a la gente bajo control.
-Vayan y preparen todo.- Ordenó Quirno -Quiero el carruaje listo. Quiero que la guardia de honor vista sus armaduras de gala. No vamos solo a una guerra, vamos a un juicio divino. Y que todos en el camino sepan que la Luz viene a reclamar lo que las sombras intentaron robar.-
El consejo se disolvió. Los hombres gordos y ambiciosos salieron de la sala hablando de qué tierras se quedarían cuando Lucien muriera. Pero Quirno se quedó solo. Se acercó a la ventana y miró hacia el norte.
-Crees que el rubí te salvará, Lucien.- susurró para sí mismo, tocando un colgante que llevaba oculto bajo su túnica -Pero no conoces el verdadero poder del odio. No conoces lo que estoy dispuesto a hacer para borrar tu recuerdo de la faz de esta tierra.-
Afuera, en el patio de la Catedral, comenzó el movimiento. El carruaje de Quirno, una estructura masiva de madera negra y detalles en plata, empezó a ser preparado. Era tan pesado que se necesitaba un tiro de ocho caballos para moverlo. Detrás de él, cincuenta jinetes de élite afilaban sus lanzas. Eran hombres sin alma, entrenados para odiar por encima de todo.
El viaje sería lento. Quirno no tenía prisa por cansarse, pero tenía prisa por destruir. Sabía que Lucien estaría intentando activar el palacio, y eso era exactamente lo que quería. Quería llegar justo cuando la esperanza de Sam estuviera en lo más alto, para arrancársela de las manos y mostrarle que el mundo le pertenecía a la Orden.
Mientras tanto, en las ruinas de los Blackshield, el aire seguía vibrando con la llegada del príncipe. Lucien no sabía que el carruaje de la muerte ya estaba en camino. No sabía que el Sumo Sacerdote Quirno estaba dispuesto a cruzar el continente solo para verlo morir.
Pero Alaric lo sentía. En el fondo de sus huesos inmortales, el Rey Vampiro sabía que la corrupción de la Orden se acercaba. Sabía que los hombres que habían matado a los padres de Lucien no se quedarían quietos.
-Que vengan.- Susurró Alaric desde su torre, mirando hacia el sur -El príncipe ya no es un niño envuelto en seda. Y esta vez, yo no estaré solo para recibirlos.-
El tablero estaba listo. Por un lado, un príncipe que despertaba, un hechicero que aprendía y un vampiro que amaba. Por el otro, un carruaje de lujo cargado de odio, un consejo de hombres corruptos y un fanático que guardaba un secreto capaz de quemar el mundo.
La marcha hacia el valle de los Blackshield había comenzado. Y el destino de todos se encontraría en los peldaños de un palacio que se negaba a caer.