¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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Infiltración Crítica.
El frío de la noche calaba hasta los huesos en las afueras de la ciudad, donde los galpones industriales se levantaban como gigantes de chapa y cemento. Isela estaba agazapada detrás de una pila de durmientes de tren oxidados, con la respiración contenida y la cámara compacta lista en su mano. Frente a ella, el depósito de los Villafañe se alzaba bajo una luz amarillenta y mortecina que bañaba el hormigón.
—Prepárate, Ela. El guardia acaba de pasar la esquina. Tienes sesenta segundos a partir de... ahora —la voz de Hades resonó en su mente, tensa y precisa.
Isela corrió. Sus pies apenas hacían ruido sobre el ripio. Al llegar a la puerta trasera, deslizó el dispositivo que Hades le había indicado. Un pequeño "clic" electrónico le indicó que el sensor magnético había caído en el bucle. Entró justo a tiempo, cerrando la puerta detrás de sí antes de que la luz de la linterna del guardia barriera el metal exterior.
El interior del galpón era inmenso y opresivo. El olor a humedad y a químicos era asfixiante, una mezcla de solventes y el rastro dulzón de la droga azul. Se movió por las pasarelas metálicas superiores, ocultándose en la oscuridad absoluta que proyectaban las vigas del techo. Desde allí, tenía una vista privilegiada de la zona de carga. Abajo, varios hombres de uniforme movían cajas azules con una eficiencia casi robótica.
—Ahí están —susurró Hades. Su figura parpadeó a su lado, sus ojos azules fijos en el movimiento inferior—. Están vaciando el lugar. Miller tiene prisa por borrar el rastro.
En ese momento, una puerta lateral se abrió y el eco de unos pasos firmes detuvo toda actividad. Dante Miller y Octavio Villafañe entraron, pero no caminaban con su habitual arrogancia. Iban un paso por detrás, con una postura de sumisión casi vergonzosa, escoltando a un hombre que emanaba una autoridad militar y gélida.
Vittorio Lombardi vestía un abrigo largo de lana oscura que parecía repeler la suciedad del lugar. Sus movimientos eran rígidos, precisos, los de un hombre acostumbrado a ser obedecido sin réplica. Detrás de él, caminaba su hijo, Bastián Lombardi. Isela sintió que el pulso se le aceleraba. Conocía a Bastián del instituto; era el chico del fondo, el de los promedios perfectos que nunca hablaba con nadie. Siempre lo había visto como un joven soberbio y distante, pero ahora, bajo la luz fluorescente del depósito, notó algo diferente: una tensión en su mandíbula y una mirada de profundo desprecio dirigida no hacia los trabajadores, sino hacia su propio padre.
—¿Todo marcha según lo previsto, Miller? —la voz de Vittorio era un látigo de baja frecuencia.
—Sí, Sr. Lombardi. Los traslados estarán terminados antes del amanecer —respondió Miller. Isela nunca había escuchado al oficial hablar con tanto miedo—. No quedará nada aquí.
Vittorio se acercó a una de las cajas y la golpeó levemente con el pie, como si todo lo que lo rodeaba fuera basura.
—Espero que así sea. No financio sus carreras para que dejen cabos sueltos. Me informaron que hubo una intrusión en el servidor del instituto. ¿Ya pudo atrapar a las ratas que andan husmeando en mis registros?
Octavio Villafañe se aclaró la garganta, sudando bajo el cuello de la camisa.
—Estamos en eso, señor. Tenemos a la hija de Julián Novak vigilada. Es solo una adolescente, no creo que sea capaz de...
—Las ratas más pequeñas son las que traen las peores pestes, Villafañe —lo cortó Vittorio con una frialdad que helaba la sangre—. Si la hija de Novak sabe algo, quiero que ese problema desaparezca. No quiero más errores como el de su padre. Quiero limpieza absoluta.
Isela vio cómo Bastián apretaba los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta costosa. Había un resentimiento vibrante en él, una chispa de odio que solo Isela, desde su escondite, parecía notar. Bastián no compartía la ambición de su padre; parecía estar allí cumpliendo una sentencia. De pronto, el joven sacó un dispositivo que él mismo estaba desarrollando, un escáner de frecuencias experimentales que empezó a emitir un pitido sordo.
—Padre, el sistema tiene una anomalía —dijo Bastián, su voz carente de emoción—. Hay una sobrecarga en la red local. Alguien está haciendo un puente digital desde adentro.
—Nos detectó, Ela —la voz de Hades vibró con una urgencia violenta—. Ese chico es demasiado inteligente. Está rastreando mi señal. ¡Tienes que salir de la pasarela ahora!
Vittorio Lombardi se detuvo y miró hacia las sombras del techo.
—Bastián, si hay alguien aquí, haz que se arrepienta de haber nacido. Miller, acompáñalo.
Isela comenzó a retroceder por el metal, con el corazón golpeándole las costillas. Pero Miller se distrajo con una llamada urgente de su unidad, dejando que Bastián se adelantara solo hacia las escaleras de la pasarela. El joven subió los escalones con una calma que no cuadraba con la situación.
Isela llegó al final de la pasarela, atrapada en un callejón sin salida. Se pegó a la pared, conteniendo la respiración, mientras Bastián aparecía entre las sombras. Sus miradas se cruzaron. Isela vio el reflejo del monitor de Bastián: el dispositivo marcaba una presencia energética justo donde ella estaba, pero también detectaba algo "imposible", algo que no era humano.
Bastián miró a Isela. Miró hacia abajo, donde su padre seguía dando órdenes a los "miserables", como él llamaba a Miller y Villafañe. Luego volvió a mirar a Isela. Hubo un segundo eterno de silencio donde ella esperó el grito, la denuncia, el final de todo.
—Bastián, ¿qué encontraste? —gritó Vittorio desde abajo, impaciente.
Bastián sostuvo la mirada de Isela. Vio el miedo en sus ojos, pero también la misma chispa de dolor que él cargaba por su madre, aquella mujer sensible que no había sobrevivido al mundo de cristal y sangre de su padre. El joven apagó el dispositivo con un movimiento rápido.
—Nada, padre —dijo Bastián, con una voz cargada de una soberbia fingida que ocultaba su verdadera intención—. Es solo una interferencia de las cámaras viejas de Villafañe. Este lugar es una basura tecnológica. Bajemos, perdemos el tiempo aquí arriba.
Bastián le dio la espalda a Isela antes de que ella pudiera decir nada. Pero justo antes de bajar el primer escalón, se detuvo y susurró lo suficientemente alto para que solo ella lo oyera:
—Vete de aquí, Novak. Corre antes de que mi padre se canse de esperar. No todos los fantasmas son invisibles.
Isela se quedó helada. Él la estaba dejando ir.
—No le respondas, Ela. Es una trampa o un milagro, pero no lo desperdicies —le urgió Hades—. ¡Vámonos!
Isela saltó el último tramo hacia una salida lateral mientras escuchaba a Bastián quejarse con su padre sobre la mediocridad de las instalaciones de Miller. Había logrado las fotos, tenía la grabación, y ahora, tenía un aliado inesperado que compartía el mismo enemigo silencioso.