Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 10
— Mañana esperas sin quejas ¿oíste?— le dijo a Renata,
Ella asintió y se fue
Sloan estaba de un humor que sus hombres no le conocían desde hacía años.
Caminaba por el pasillo del departamento con las manos en los bolsillos, silbando bajito una melodía que Vargas no lograba identificar. Sus ojos brillaban. Sus labios esbozaban una media sonrisa permanente. Incluso había dejado la mitad del café en la taza, algo que jamás hacía.
—Es la primera vez que lo veo así, jefe —comentó Vargas, recostado en el marco de la puerta.
Sloan se volvió hacia él. No había rastro de la furia de días anteriores. No había amenazas. No había oscuridad. Solo aquella sonrisa extraña, casi juvenil, que desentonaba por completo con el hombre que había construido un imperio sobre cadáveres.
—Es que hacía mucho tiempo que no me divertía así —respondió.
Vargas arqueó una ceja. Se permitió una pequeña sonrisa cómplice.
—¿No será porque ahora la tendrá a su lado veinticuatro horas al día, siete días a la semana?
Sloan no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana y miró el amanecer que teñía de naranja los edificios de la ciudad. Las luces de los coches, allá abajo, parecían hormigas apresuradas.
—Quizás —dijo al fin, sin vergüenza alguna.
Vargas negó con la cabeza, riendo para sus adentros. Hacía quince años que trabajaba con Sloan. Lo había visto enfrentar cárteles, traiciones, atentados, pérdidas irrecuperables. Pero nunca, jamás, lo había visto así.
Está enganchado, pensó. Y ni siquiera lo sabe.
La noche se le hizo eterna a Sloan.
Se dio vueltas en la cama sin encontrar posición. La almohada estaba demasiado caliente. Las sábanas, demasiado frías. El silencio de su penthouse, que siempre le había parecido el lujo más preciado, aquella noche sonó a vacío.
Pensó en ella. En sus manos firmes cosiendo la herida. En su mirada de acero cuando lo desafiaba. En la forma en que había atrapado la bola de cristal, como si tuviera reflejos de felino. En la sangre que le escurría por la oreja. En sus labios pronunciando por favor, ayúdeme. Sentía el calor y el deseo en su cuerpo y mientras se toca pensando en ella
Cerró los ojos. Los abrió. Miró el techo. Miró el reloj. Las tres de la mañana. Las cuatro. Las cinco.
No durmió en toda la noche.
Cuando el sol empezó a filtrarse por las cortinas, ya estaba vestido. Camisa negra, pantalón de vestir, zapatos brillantes. No era necesario. No tenía ninguna reunión importante. Pero quería estar listo. Quería que ella lo viera así. Impecable. Poderoso. Inalcanzable.
A las siete y media bajó a la entrada del edificio. No envió a Vargas. No envió a ningún escolta. Fue él mismo, como un perro que espera a su dueño en la puerta.
El coche de Renata apareció a las ocho y doce minutos.
Sloan miró su reloj. Apretó la mandíbula.
Renata descendió del vehículo con pasos rápidos. Llevaba un vestido sencillo, el cabello recogido en una coleta baja, y un bolso colgando del hombro. Sus ojos, cuando lo vieron esperando en la puerta, se abrieron con sorpresa.
—Llegas tarde —dijo Sloan, y su voz era un latigazo.
Ella se detuvo en seco. Tragó saliva.
—Lo siento —respondió, y su tono era genuino, preocupado—. Es que no conozco esta parte de la ciudad. Me perdí dos veces.
Sloan la miró en silencio. Quería seguir regañándola. Quería decirle que la puntualidad era la primera regla, que él no toleraba retrasos, que podía despedirla por mucho menos. Pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Ella estaba allí. Frente a él. Viva. Real.
Eso era suficiente.
—Ven —dijo, y se dio vuelta.
Renata lo siguió en silencio. Subieron al ascensor. Atravesaron el pasillo principal. Llegaron a la oficina de él, en el último piso. El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales.
Sloan se sentó detrás de su escritorio. Cielo se quedó de pie, sin saber qué hacer.
—Siéntate —dijo él, señalando una silla.
Ella obedeció. El cuero crujió bajo su peso.
Pasaron varios minutos en silencio. Sloan revisaba papeles. Cielo miraba sus propias manos, posadas sobre las rodillas. El ambiente era tenso, incómodo, como si ambos supieran que estaban jugando un juego cuyas reglas ninguno terminaba de entender.
Entonces llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo Sloan sin levantar la vista.
Un hombre joven entró. Llevaba una caja pequeña en las manos. La depositó sobre el escritorio, hizo una reverencia y se retiró sin decir una palabra.
Sloan abrió la caja. Sacó un teléfono celular. Nuevo. Brillante. Caro.
—Ten —dijo, deslizándolo sobre el escritorio hacia Renata
Ella lo tomó con cautela. Lo giró entre sus dedos.
—Ya tengo un celular —dijo, y fue a buscarlo en su bolso.
Pero Sloan fue más rápido. Se puso de pie, rodeó el escritorio, y antes de que Renata pudiera reaccionar, le arrebató el teléfono viejo. Lo sostuvo entre sus dedos. Lo miró. Lo apretó.
El plástico crujió. La pantalla se resquebrajó. Los circuitos internos se rindieron ante la fuerza bruta de aquellos dedos que habían estrangulado a más hombres de los que Cielo podía recordar.
El teléfono cayó al suelo en pedazos.
Renata lo miró incrédula. Sus ojos viajaron desde los restos del aparato hasta el rostro de Sloan, impasible, seguro de sí mismo.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, y su voz tembló. No de miedo. De incredulidad. De indignación.
Sloan se inclinó hacia ella. Apoyó ambas manos en los brazos del sillón, encerrándola en una jaula invisible. Su rostro quedó a centímetros del suyo.
—Porque no necesitas hablar con nadie más que conmigo —dijo, y cada palabra era un clavo ardiendo—. De ahora en adelante, tu vida solo gira alrededor de mí. Y solo de mí.
El silencio se hizo infinito. Renata sintió su aliento en la mejilla. Vio el reflejo de sus propios ojos en los de él. Oscuros. Profundos. Absolutamente posesivos.
—¿Entendido? —exclamó él, y no era una pregunta.
Renata asintió. No le tembló el pulso. No se le escapó un suspiro. Pero por dentro, algo se quebraba.
Sloan se enderezó. Le dio la espalda y volvió a su escritorio como si nada hubiera pasado.
—El nuevo teléfono ya tiene mi número —dijo, retomando sus papeles—. El único número. Si necesitas algo, me llamas a mí. Si alguien intenta contactarte, me lo dices a mí. Si sales de este edificio, vas a avisarme con cuarenta y ocho horas de anticipación. ¿Claro?
—Claro —respondió Renata, y su voz fue un eco vacío.
Esa noche, cuando Sloan la dejó ir, Cielo caminó hacia la parada de taxis con el paso medido de quien sabe que está siendo observada. No miró atrás. No aceleró el paso. No hizo nada que pudiera delatar su verdadero estado.
Pero apenas subió al taxi, apenas las puertas se cerraron, apenas el vehículo dobló la primera esquina, Cielo se llevó las manos al rostro y respiró hondo.
Dos opciones. Solo dos.
La primera: seguir con la misión. Soportar a Sloan. Soportar su obsesión. Soportar que le controlara cada paso, cada llamada, cada respiración. Acercarse al Error 44. Cumplir con la DEA. Salir viva.
La segunda: hacer una retirada estratégica. Pedir el reemplazo. Desaparecer. Perder la misión, pero salvar su pellejo.
Cerró los ojos. Apoyó la cabeza contra el vidrio de la ventanilla. Las luces de la ciudad pasaban a su lado como recuerdos que no le pertenecían.
Sabía la respuesta antes de formular la pregunta.
No era de las que se retiraban.
Nunca lo había sido.
—Voy a terminar esto —murmuró para sí misma—. Cueste lo que cueste.
El taxi se perdió en la noche. Arriba, en la última planta del edificio, Sloan la veía alejarse desde su ventana.
Y sonreía.