🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13
Kassandra no podía seguir así. Cada día con Fabián era una cadena invisible que le apretaba el pecho, una prisión donde la llave nunca estuvo en sus manos. Esa noche, durante la cena de caridad en la que, como siempre, representaba impecablemente a la familia Álvarez de Toledo, el bullicio de risas, copas y música contrastaba con la tormenta que llevaba dentro. La sala estaba llena de políticos, empresarios y mujeres de sociedad, todos tan elegantes como falsos. Para ella, solo era otra actuación: sonreír, asentir, fingir.
Sentada en la mesa principal, mantenía la espalda recta, el cuello erguido, los labios rojos curvados en la sonrisa perfecta que había practicado durante seis años. A su lado, el asiento de Fabián permanecía vacío, otra ausencia, otra humillación silenciosa, mientras él conversaba en algún rincón con sus socios, dejándola expuesta como el trofeo decorativo que siempre había sido.
El champán en su copa perdía las burbujas. No había tocado ni un sorbo.
En medio de aquel escenario, Jennifer apareció discretamente, moviéndose con naturalidad entre las mesas. No llevaba el atuendo llamativo de otras mujeres; su vestido negro era sobrio, funcional, diseñado para pasar desapercibida entre los sirvientes y los invitados menores. Se acercó a Kassandra por el lado opuesto al pasillo principal, donde las sombras de los candelabros no alcanzaban con la misma intensidad.
Se inclinó levemente, fingiendo ajustar algo en el mantel.
—Es hora —susurró con voz apenas audible, deslizando bajo el mantel un sobre que Kassandra sintió rozar sus dedos—. Todo está listo.
El papel era fino, casi imperceptible contra su piel. Kassandra contuvo la respiración antes de bajar la mirada. Sus manos se encontraron bajo la mesa, ocultas por el damasco blanco, y por un instante los dedos de Jennifer presionaron los suyos con una firmeza que transmitía más que cualquier promesa.
Kassandra deslizó el sobre hacia su regazo, donde el pliegue de su vestido lo ocultaría. No lo abrió. No podía, no allí, no con docenas de ojos entrenados para detectar cualquier anomalía en el comportamiento de la esposa de Fabián Álvarez de Toledo.
—No puedo creer que esto sea real —murmuró, con un nudo en la garganta que hacía que cada palabra saliera tensa, estrangulada—. ¿Y si me descubre?
Los ojos de Jennifer, firmes y oscuros, se clavaron en los suyos con una fuerza que la obligó a respirar más despacio. No había duda en esa mirada, ni siquiera la sombra de la incertidumbre que corroía a Kassandra desde que había escrito aquellas palabras en su cuaderno: Mi vida vuelve a ser mía.
—No lo hará. Confía en mí —respondió sin titubear, y su voz era tan baja que Kassandra tuvo que inclinarse para captar cada sílaba—. Cuando lleven a tu Nana al hospital la próxima semana para su control, me aseguraré de que la trasladen a otro sitio, lejos de las miradas. Nadie lo sabrá.
Jennifer hizo una pausa, sus ojos recorriendo rápidamente la sala antes de volver a encontrarse con los de Kassandra.
—No tengo la fortuna de los Álvarez de Toledo —continuó—, pero ahora controlo una de las empresas de mi familia. Eso nos da margen. Mientras tú desapareces, tu abogado abrirá el proceso de divorcio. Las grabaciones de seguridad que tenemos son suficientes para empezar. No son todo lo que quisiera, pero ya lo verás, son una prueba directa contra él.
Kassandra sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas, un ritmo desbocado que contrastaba con la inmovilidad de su rostro. Grabaciones. Pruebas. Su abogado —un hombre que nunca había conocido, que Jennifer había seleccionado por su discreción y su historial de casos contra hombres poderosos— estaría ya preparado.
—Kassandra —dijo Jennifer, y su nombre sonó diferente en esos labios, no como la etiqueta que Fabián usaba para presentarla, sino como una persona real, con peso y substancia—, esto no es solo una escapada. Es recuperar tu vida.
La música cambió, un vals que hizo que varias parejas se levantaran de sus asientos. Jennifer se incorporó con naturalidad, como si la conversación no hubiera sido más que un ajuste de protocolo, un arreglo de última hora en la logística del evento.
Pero antes de alejarse, su mano rozó una vez más la de Kassandra bajo la mesa.
—Piénsalo —murmuró—. Pero no demasiado.
Kassandra permaneció inmóvil mientras Jennifer se fundía entre los invitados, indistinguible de cualquier otra asistente con vestido negro y portapapeles. Sus dedos encontraron el borde del sobre, trazando su contorno contra la tela de su vestido. El papel era ligeramente rugoso, de alta calidad, el tipo que no dejaba huellas dactilares fácilmente.
Apretó el sobre entre las manos bajo la mesa, mientras repasaba en un instante los últimos seis años.
En la fiesta de la boda, a sus recién cumplidos dieciocho años, cuando Fabián le había explicado que su papel era sonreír y quedarse callada. Los gritos que comenzaron meses después, cuando su silencio ya no le parecía suficiente sumisión. Las ausencias prolongadas, siempre con alguna excusa de negocios, siempre con el perfume de otra mujer impregnado en sus camisas. La manera metódica, casi artística, con que Fabián se deleitaba en quebrarla sin romperla, dejándola siempre lo suficientemente intacta para seguir funcionando, para seguir siendo útil.
Y las humillaciones públicas, sutiles, diseñadas para que solo ella las reconociera. La forma en que su mano se cerraba demasiado fuerte en su cintura. Las bromas a medias sobre su "temperamento artístico" que hacían reír a sus amigos. La mirada que lanzaba cuando ella opinaba sobre algo que no fuera moda o decoración. Pese a todo, ella seguía de pie.
Sus ojos recorrieron la sala sin verla realmente. Allí estaba el senador Rodríguez, cuya esposa había confesado una vez en el baño, borracha de gin tonic, que dormía con un cuchillo bajo la almohada. Allí la diseñadora Vargas, que había construido un imperio de moda mientras su marido dilapidaba su fortuna en apuestas y amantes masculinos. Allí, en el rincón, Fabián mismo, con su traje impecable y su sonrisa de depredador, contando algún chiste que hacía reír a sus socios con esa risa gutural que ella había aprendido a odiar.
Ninguno de ellos la veía. Veían el vestido, el maquillaje, el papel que representaba. No veían a la mujer que había sido drogada a los dieciséis años mientras sus "amigas" observaban. No veían a la niña que había aprendido demasiado pronto que su cuerpo era territorio de conquista para otros.
—Está bien —dijo finalmente, y la voz le salió más firme de lo que esperaba, con un timbre que no reconoció como propio—. Lo haré. Lo haré por mí.
No supo si Jennifer la escuchó. La mujer de negro ya había desaparecido entre la multitud, dejando solo el peso del sobre contra su muslo y las palabras que aún vibraban en el aire entre ellas.
Jennifer esbozó una sonrisa breve, cómplice, la única expresión sincera en medio de aquella farsa de lujo y apariencias. Fue apenas un destello, un movimiento casi imperceptible de comisuras, pero Kassandra lo captó. En ese gesto había más verdadera humanidad que en años de matrimonio.
Las dos sabían lo que se jugaban. Un solo error, un movimiento en falso, y el castillo de cartas se desplomaría con consecuencias irreversibles. Fabián no era un enemigo cualquiera; tenía contactos en todos los niveles de poder, abogados sin escrúpulos, y una reputación que defendería con cualquier medio necesario. Si descubría el plan antes de que estuviera ejecutado, Kassandra no solo perdería su oportunidad de escape. Perdería a Abu, su única familia verdadera. Perdería cualquier posibilidad de futuro.
Aun así, la decisión estaba tomada. Kassandra levantó su copa de champán sin burbujas y bebió un sorbo. El líquido estaba caliente, plano, desagradable. Lo tragó de todos modos, sintiendo cómo bajaba por su garganta como una promesa de que pronto todo sería diferente. Esa noche nació un pacto silencioso, un plan definitivo. Kassandra se marcharía, y nadie podría detenerla.
En algún lugar de la sala, Fabián soltó una carcajada. Kassandra no se inmutó. Su mano izquierda, la que descansaba sobre el regazo, acarició una vez más el borde del sobre, memorizando su forma, su peso, su promesa.
La oscuridad que había apagado en su habitación horas antes ya no la asustaba. Había encontrado algo más potente que la rabia: la esperanza, fría y calculada, convertida en plan. Y los planes, a diferencia de los sueños, se podían ejecutar.