Dos salones, un pasillo y un futuro que está a punto de cambiar.
Valeria es la definición de la perfección académica en el 3º A. Con sus apuntes organizados por colores y la mirada fija en su título profesional, no tiene tiempo para distracciones. Para ella, la Escuela Normal es un peldaño más hacia el éxito, un lugar donde cada minuto debe ser aprovechado.
Al otro lado de la pared, en el 3º B, vive Julián. Él no busca las mejores notas, sino los mejores momentos. Relajado, carismático y con la habilidad de encontrar belleza en el caos, Julián cree que la vida sucede en los descansos, no en los libros.
Cuando un choque accidental en el pasillo cruza sus mundos, se desencadena una reacción en cadena que ninguno de los dos puede controlar. Lo que empieza como una curiosidad incómoda se transforma en una serie de encuentros robados bajo la sombra de los almendros y susurros en la biblioteca. Sin embargo, el camino no será fácil: las expectativas sociales, la presión de la graduación y la
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capítulo 3: El Murmullo del Río
La salida de campo era el evento más esperado del semestre. No por el estudio de los ecosistemas, sino porque era la única vez que los grupos de tercer año compartían un día entero fuera de los muros de la Escuela Normal. Tres autobuses escolares estaban estacionados frente a la entrada principal, vibrando con la energía de casi cien adolescentes armados con mochilas, repelente de insectos y cámaras fotográficas.
Valeria revisaba su lista de equipo por quinta vez. Tenía sus frascos de recolección etiquetados y su libreta de campo lista.
—Relájate, Vale —dijo Sara, subiendo al autobús—. Es una salida al río, no una expedición al Everest.
—La precisión es importante, Sara. Si no tomamos las muestras correctamente, el reporte de laboratorio será un desastre —respondió Valeria, aunque su mirada se desvió hacia el autobús de al lado.
Vio a Julián subiendo al vehículo del 3º B. No llevaba mochila, solo una pequeña bolsa cruzada y, por supuesto, Camila iba pegada a su brazo, riendo de algo que él había dicho. Valeria sintió un pinchazo de irritación. "Es tan poco profesional", pensó, aunque en el fondo sabía que su molestia no tenía nada que ver con la ciencia.
Dos horas después, los grupos llegaron a la orilla del río. El aire era fresco y el sonido del agua chocando contra las rocas llenaba el lugar. Los profesores dividieron las zonas de trabajo, y por "casualidad" del destino —o quizás porque los profesores de Biología del A y del B compartían el mismo plan—, ambos grupos terminaron en el sector de la cascada pequeña.
—¡Muy bien, jóvenes! Tienen dos horas para recolectar muestras de suelo y agua. ¡No se mojen más de lo necesario! —gritó el profesor Martínez.
Valeria se alejó del bullicio, buscando una zona donde el agua estuviera más tranquila para tomar una muestra clara. Se arrodilló sobre una piedra grande, concentrada en sumergir su frasco con cuidado. Sin embargo, la superficie de la piedra estaba cubierta de un musgo traicionero.
Sus dedos resbalaron.
—¡Ah! —soltó un pequeño grito, perdiendo el equilibrio.
Antes de que sus rodillas golpearan el agua fría, una mano firme la sujetó por el antebrazo.
—Cuidado, "Chica de los Apuntes". El río no tiene piedad con los perfeccionistas.
Era Julián. Estaba allí, con los pantalones remangados hasta las pantorrillas y una sonrisa de medio lado. La ayudó a incorporarse, pero no soltó su brazo de inmediato. Valeria sintió un chispazo eléctrico donde sus pieles se tocaban, uno que no tenía nada que ver con la estática de la escuela.
—Gracias... —logró decir ella, tratando de recuperar su compostura y ajustándose los lentes—. Estaba distraída.
—Se nota. Estabas mirando ese frasco como si fuera a darte todas las respuestas del universo —Julián se sentó en la piedra junto a ella—. Yo solo vine aquí porque el Chino y los demás están haciendo un concurso de quién lanza las piedras más lejos, y Camila no deja de hablar de lo mucho que odia el sol. Necesitaba un respiro.
Valeria lo miró. Julián se veía diferente bajo la luz del sol; sus ojos parecían más claros y su actitud, aunque relajada, tenía un matiz de sinceridad que no mostraba en los pasillos.
—¿Te molesta que me quede aquí un momento? —preguntó él, lanzando una pequeña piedrita al agua—. Prometo no desordenar tus muestras.
Valeria dudó un segundo. Su plan era trabajar, terminar rápido y alejarse de cualquier distracción. Pero la brisa del río y la presencia de Julián la hacían sentir extrañamente en paz.
—Puedes quedarte. Pero si mojas mi cuaderno, estás muerto.
Se quedaron en silencio un rato. No era un silencio incómodo; era un momento suspendido. Julián la observaba anotar datos con una caligrafía impecable, mientras ella, de reojo, notaba cómo él dibujaba patrones abstractos en la arena con una rama.
—Sabes, Valeria —dijo Julián de repente—, a veces me pregunto si alguna vez te permites simplemente... no tener un plan.
—Los planes evitan los errores, Julián.
—Los planes también evitan las sorpresas. Y algunas sorpresas valen la pena.
Antes de que Valeria pudiera responder, una voz aguda rompió el encanto.
—¡Julián! ¡Te encontré!
Camila caminaba hacia ellos, sorteando las piedras con dificultad y una expresión de puro disgusto. Al ver a Valeria junto a Julián, sus ojos se entrecerraron.
—El profesor dice que tenemos que reunirnos para la merienda —dijo Camila, ignorando por completo a Valeria y tomándolo de la mano para que se levantara—. Vamos, Juli, te guardé un lugar a la sombra.
Julián suspiró, pero se levantó. Miró a Valeria una última vez antes de dejarse arrastrar por Camila.
—Nos vemos luego, Valeria. Buena suerte con tus bacterias.
Valeria se quedó sola en la piedra. El agua seguía corriendo, pero el momento se había evaporado. Miró hacia donde se alejaban y vio cómo Camila le lanzaba una mirada gélida por encima del hombro.
El conflicto no acababa de empezar; acababa de declararse. Y Valeria, que siempre tenía una respuesta para todo, no sabía cómo reaccionar ante la extraña sensación de vacío que le dejó la partida de Julián.