Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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Un duelo que no puedo perder
Eleanor Bianchi
Despierto de golpe, como si alguien hubiera tirado de mí desde la oscuridad más profunda, mi cuerpo reacciona antes que mi mente y mi respiración se vuelve irregular mientras abro los ojos con dificultad, la sensación de haber caído durante horas aún me pesa en los huesos.
Todo mi cuerpo está agotado, como si la magia me hubiera drenado hasta dejarme vacía, pero aun así estoy viva, y eso es lo primero que me desconcierta, porque recuerdo demasiado bien el inframundo, la torre, el calor, el poder de Gio desatándose como una tormenta imposible de detener, y luego nada, solo oscuridad.
Un vacío que me tragó por completo. Parpadeo varias veces intentando enfocar la vista y poco a poco reconozco el lugar, el techo alto, las cortinas oscuras, la tenue luz rojiza filtrándose por la ventana; estoy en mi habitación, en el castillo, en Ismorth, lo cual no debería tranquilizarme, pero de alguna forma lo hace. Me incorporo lentamente, apoyándome con los codos, mientras siento un leve mareo que me obliga a cerrar los ojos por un segundo.
Respiro hondo, una, dos veces, hasta que logro estabilizarme, y entonces los veo: Azrael está cerca de la ventana, completamente inmóvil, como una estatua de sombra y elegancia, y Perseo está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados; su presencia es pesada, tensa. Ambos me están mirando, y no es una mirada normal; hay algo más ahí, preocupación, sí, pero también tensión, como si algo hubiera salido mal.
Algo importante, algo que me involucra directamente; trago saliva y me obligo a incorporarme completamente, ignorando el cansancio que aún pesa en mi cuerpo. Mis dedos se aferran a las sábanas mientras los observo con atención, tratando de leer sus expresiones antes de siquiera abrir la boca, pero no dicen nada, y ese silencio es lo que termina de inquietarme.
—¿Qué pasó?
Mi voz sale un poco ronca, más débil de lo que me gustaría, pero firme, lo suficiente como para exigir una respuesta. Azrael se separa lentamente de la ventana, su mirada roja fija en mí con una intensidad que antes no tenía, como si me estuviera evaluando, como si buscara algo en mí que aún no entiendo. Perseo no se mueve, pero su mandíbula está tensa, y eso es suficiente para que mi corazón se acelere.
—Ama…
—¿Dónde está Gio?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla, porque es lo primero que me viene a la mente, lo último que recuerdo con claridad, sus ojos, su voz, su poder, el beso, y el silencio que sigue a mi pregunta es peor que cualquier respuesta, porque ninguno de los dos habla de inmediato, y eso me dice todo lo que necesito saber; algo no está bien, frunzo el ceño, mi paciencia se rompe en ese mismo instante.
—¿Dónde está?
Perseo finalmente se separa de la pared; su voz es grave cuando responde.
—Desapareció después de la explosión.
Aprieto los labios; una parte de mí lo esperaba, otra parte no quiere aceptarlo, porque sé que sin él todo se complica, todo se vuelve más difícil, pero no tengo tiempo para detenerme en eso, no ahora, no cuando algo más claramente está mal, algo que aún no me han dicho, y eso hace que mi estómago se contraiga.
—¿Y Paipper?
El cambio en el ambiente es inmediato, lo siento, es como si el aire se volviera más pesado de repente. Azrael baja la mirada apenas un segundo, Perseo aprieta los dientes, y en ese instante lo entiendo incluso antes de que hablen: algo le pasó, algo malo.
—¿Qué pasó?
—Su hermanastra lo secuestró.
El mundo parece detenerse por un segundo, mi mente tarda en procesarlo, pero cuando lo hace, la reacción es inmediata, la rabia sube como fuego por mi pecho.
—¿Qué?
—¿Cómo que lo secuestró?
—Mientras estábamos en el inframundo.
Siento cómo la frustración me golpea, no tanto hacia ellos, sino hacia la situación, hacia esa maldita mujer que claramente no pierde el tiempo, que ataca cuando sabe que no estamos, que aprovecha cada debilidad, y lo peor es que tiene razón en hacerlo, porque le hemos dado la oportunidad perfecta.
—¿Y ahora qué?
—Hoy es el día del duelo.
Las palabras caen como una sentencia, y todo encaja de golpe: el desafío, el tiempo, su ausencia, su jugada; todo es perfecto desde su punto de vista, una trampa impecable, y yo caí directo en ella.
—Está diciendo que ya ganó.
—Que usted no se presentó.
—Que el ducado es suyo.
Aprieto los puños con fuerza, siento la magia vibrar débilmente bajo mi piel, reaccionando a mi enojo, a mi determinación.
—Nos vamos.
El silencio que sigue no es de sorpresa, es de desacuerdo; lo siento en la tensión de sus cuerpos incluso antes de que hablen.
—Ama…
—Sin Gio no ganaremos.
—Aun así iremos.
Me levanto de la cama, ignorando el cansancio, ignorando el peso en mis músculos, camino directo hacia el armario sin mirar atrás, porque si lo hago sé que dudaré, y no puedo permitirme eso ahora, empiezo a quitarme la ropa con movimientos firmes, decididos, mi mente está en otra parte, en Paipper, en su sonrisa, en su mirada cuando lo curé, en cómo me llamó “amo” con esa mezcla de miedo y esperanza, y ahora está en manos de esa mujer, y eso no lo voy a permitir, pero a medida que me muevo siento el cambio detrás de mí, el silencio se vuelve distinto, más denso, más… incómodo, y eso me hace sonreír apenas, porque incluso en medio de todo esto, no puedo evitar notar cómo reaccionan, giro ligeramente la cabeza, lo suficiente para verlos, Azrael completamente rígido, su mirada fija pero intensa, Perseo evitando mirarme directamente, su respiración más pesada, dejo escapar una pequeña risa divertida.
—¿Les gusta lo que ven?
—Ama…
—No es apropiado…
—Relájense.
Continúo cambiándome con total naturalidad, disfrutando un poco más de la situación de lo que debería, es curioso cómo han cambiado las cosas, hace nada querían matarme, y ahora ni siquiera pueden sostener la mirada sin perder el control, elijo mi ropa con cuidado, necesito algo que no solo sea elegante, sino que imponga presencia, que transmita exactamente lo que quiero, poder, seguridad, desafío, el pantalón negro tipo sastre se ajusta perfectamente a mi cuerpo, la chaqueta larga cae con elegancia, y los detalles de diamantes color esmeralda brillan con cada pequeño movimiento, cuando termino me observo un segundo en el espejo, y por un momento no me reconozco del todo, no soy la Amelia frustrada de Nueva York, ni tampoco la Eleanor cruel que describen, soy algo intermedio, algo nuevo, algo que aún se está formando, y eso me gusta, me giro hacia ellos con una sonrisa leve.
—¿Qué tal?
—Imponente.
Asiento satisfecha, camino hacia ellos con paso firme, cada paso seguro, decidido.
—Ahora quiero información.
—Sobre el demonio de mi hermanastra.
—Es poderoso.
—Clasificación alta.
—Completamente leal a ella.
—A diferencia de nosotros.
Eso último pesa, lo noto, pero no lo cuestiono, no ahora.
—Entonces tendremos que compensarlo.
—¿Cómo?
—Improvisando.
Una pequeña sonrisa se forma en mis labios mientras camino hacia la puerta; mi mente ya está trabajando, analizando, buscando cualquier ventaja posible, incluso si parece imposible. Me detengo un segundo antes de salir, una última idea cruzando mi mente.
—Si Gio aparece…
—No contaría con eso.
Asiento lentamente.
—Entonces ganaremos sin él.
Abro la puerta. Y salgo sin mirar atrás, porque una cosa es clara en mi mente. No voy a perder.