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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 19: El Aliento del Invierno
El descenso por la falda sur de la montaña fue un calvario de sombras y hielo. El grupo se movía como una hilera de espectros bajo la luz plateada de una luna que parecía observar su huida con una indiferencia cruel. El bosque, que desde la altura parecía un refugio seguro, se reveló como una trampa de pinos apretados y raíces cubiertas de nieve traicionera. Cada crujido de una rama bajo el peso de las botas de los rebeldes sonaba en los oídos de Isolde como el disparo de una ballesta.
Ella caminaba con los pulmones ardiendo. El aire gélido entraba en su garganta como si fuera cristal molido, y sus piernas, todavía debilitadas por las noches de pasión y los días de encierro, empezaban a fallarle. Su cuerpo pequeño y delgado no estaba diseñado para este nivel de exigencia física. La capa de piel de lobo pesaba sobre sus hombros como si fuera de plomo, y sus manos, a pesar de los guantes de cuero, estaban tan entumecidas que dudaba poder desenvainar la daga de acero negro si un enemigo aparecía de repente entre los árboles.
Delante de ella, Alaric avanzaba sin vacilar. Era una fuerza de la naturaleza abriendo camino a través de la nieve virgen. Su metro noventa y cinco de estatura y sus hombros masivos lo hacían parecer un depredador en su elemento. No miraba atrás, pero Isolde sabía que estaba atento a cada uno de sus pasos; lo notaba en la forma en que él ralentizaba ligeramente su marcha cuando el terreno se volvía más inclinado, o en cómo su mano buscaba instintivamente el pomo de su espada cada vez que ella tropezaba.
—No podemos seguir mucho más tiempo —susurró Cédric, acercándose a Alaric. El plebeyo estaba cubierto de escarcha, y su respiración formaba densas nubes de vapor—. Los caballos de Valerius son rápidos, y si han encontrado la salida del túnel, estarán sobre nosotros antes de que salga el sol. Necesitamos ocultar nuestro rastro.
Alaric se detuvo y se giró. Su rostro de malo, iluminado por el reflejo de la nieve, era una máscara de furia contenida. Sus ojos café se clavaron en Isolde. Vio cómo ella se tambaleaba, sus ojos azules entrecerrados por el cansancio extremo, y la marca morada en su mejilla resaltando sobre su piel ahora mortalmente pálida.
Sin decir una palabra, Alaric caminó hacia ella. Su presencia era tan imponente que los rebeldes se apartaron instintivamente. Se detuvo frente a Isolde, obligándola a levantar la mirada. La diferencia de altura era, como siempre, abrumadora; ella apenas le llegaba a la mitad del pecho.
—Dije que no iría despacio por ti —dijo él, su voz era un ronquido áspero que cortó el aire helado—. Estás retrasando al grupo, niña.
Isolde apretó los labios, su orgullo herido dándole una última ráfaga de energía.
—No he pedido que te detengas, Alaric. Sigue caminando —respondió ella, intentando que su voz no temblara.
Alaric soltó un gruñido bajo, un sonido que era mitad frustración y mitad una extraña forma de respeto. Sin previo aviso, la agarró por la cintura con sus manos enormes y la levantó en vilo. Isolde soltó un pequeño jadeo de sorpresa mientras sentía la fuerza bruta de esos brazos de acero. Él la cargó como si fuera una pluma, acomodándola contra su hombro masivo mientras seguía caminando con zancadas poderosas.
—¡Suéltame! ¡Puedo caminar! —protestó ella, golpeando débilmente su espalda endurecida por la armadura de cuero.
—Cállate, Isolde —le siseó él—. Tu terquedad nos va a hacer matar a todos. Si quieres ser una reina, aprende cuándo dejar que tu rey te cargue.
El calor que emanaba del cuerpo de Alaric era casi doloroso en contraste con el frío ambiental. Isolde, a pesar de su protesta inicial, terminó por rendirse. Apoyó la cabeza en el hombro de él, cerrando los ojos y dejándose envolver por el olor a pino, acero y hombre que era tan característico de Alaric. Sintió la vibración de su respiración en su propio pecho y la firmeza de su agarre; él la sujetaba con una posesividad que no dejaba lugar a dudas. Era su dueño, su protector y su verdugo, todo al mismo tiempo.
Caminaron otra hora hasta que encontraron una pequeña hondonada oculta bajo las ramas bajas de unos cedros milenarios. Era un refugio precario, pero suficiente para ocultarlos de la vista de los exploradores. Alaric la bajó con una brusquedad que delataba su propia tensión, pero no la soltó del todo hasta que se aseguró de que ella podía mantenerse en pie.
—No podemos encender fuego —ordenó Alaric a los hombres—. El humo sería una invitación para Valerius. Comeremos raciones secas y dormiremos en turnos de dos horas.
Se giró hacia Isolde y la señaló con un dedo largo y calloso.
—Tú, conmigo. Al fondo.
La llevó hacia la parte más protegida de la hondonada, donde el suelo estaba cubierto de agujas de pino secas. Alaric se sentó contra el tronco de un cedro y, con un gesto imperioso, la atrajo hacia él. La sentó entre sus piernas, rodeándola con sus brazos de gigante y cubriéndola con su propia capa de piel de oso, sumándose a la que ella ya llevaba.
La cercanía era asfixiante y necesaria. Isolde sentía la dureza de los músculos de Alaric contra su espalda, y sus manos grandes se cerraron sobre las de ella, intentando devolverles el calor. La brutalidad de su agarre era ahora una caricia tosca, una forma de decir que, a pesar de sus palabras duras, no permitiría que el invierno se la llevara.
—¿Por qué me tratas así? —susurró Isolde, su voz amortiguada por la piel de oso—. Un momento me cargas con ternura y al siguiente me gritas como si fuera tu enemiga.
Alaric guardó silencio durante un largo rato. Isolde podía sentir el latido pesado de su corazón contra su espalda.
—Porque eres mi debilidad, Isolde —dijo finalmente, con una voz tan baja que apenas se distinguía del susurro del viento—. Y en este mundo, las debilidades se mueren. Si tengo que ser un monstruo para que tú sigas respirando, lo seré. Incluso si ese monstruo tiene que romperte un poco para mantenerte a salvo.
Se inclinó y le besó la nuca, un contacto breve y ardiente que hizo que un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío recorriera la espina dorsal de Isolde. Ella se acurrucó más contra él, buscando su calor, su fuerza y esa oscuridad que empezaba a amar más que la luz.
Afuera, en la distancia, el aullido de un lobo se mezcló con el sonido lejano de un relincho. La cacería de Valerius continuaba, pero en ese rincón olvidado del bosque, entre el acero y la piel, el Carnicero y su pequeña duquesa compartían un aliento que desafiaba al mismísimo invierno.