En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 07: El Evento Benéfico
Tres días después, el ambiente en Beijing había cambiado. La tormenta se había ido, dejando un aire inusualmente fresco y un cielo despejado que permitía ver las estrellas sobre las luces de neón. Pero para Mei Ling, la calma exterior era un contraste cruel con el caos que sentía por dentro.
Había evitado la Torre Li. Había trabajado hasta el agotamiento en su estudio, volcando toda su frustración en los planos de "El Ala del Fénix". Cada vez que trazaba una línea, recordaba el tacto de las manos de Li Wei sobre el papel, o peor aún, su aliento contra su piel. Lo odiaba por su frialdad, pero se odiaba más a sí misma por seguir buscándolo en cada notificación de su teléfono.
Sin embargo, aquella noche no podía esconderse. La Gala Anual de Desarrollo Urbano era el evento más importante del año, y su estudio había sido invitado gracias a la pre-aprobación del proyecto por parte del Grupo Li.
—Estás espectacular, Mei. Si las miradas mataran, ya habrías reducido a cenizas a la mitad de la junta directiva de Li Corp —dijo Zhang Bo, ajustándose la pajarita mientras entraban en el Gran Salón del Hotel Peninsula.
Mei Ling llevaba un vestido de seda color esmeralda, con un corte asimétrico que recordaba a las capas de su propio diseño arquitectónico. Su cabello estaba recogido en un moño elegante que dejaba al descubierto su cuello largo y unos pendientes de jade que habían pertenecido a su abuela. Se sentía como una intrusa en aquel mundo de diamantes y sonrisas de plástico, pero mantenía la barbilla alta.
—Solo quiero pasar la noche sin causar un incidente internacional, Bo —respondió ella, aceptando una copa de champán de una bandeja que pasaba.
El salón era una oda al exceso. Arañas de cristal que colgaban como estalactitas de luz, mesas cubiertas de lino blanco y la flor y nata del poder empresarial chino moviéndose en una danza de favores y alianzas. En el centro de todo, como el eje sobre el que giraba la habitación, estaba Li Wei.
Llevaba un esmoquin negro que parecía haber sido esculpido sobre su cuerpo. Estaba rodeado de políticos y magnates, riendo ante algún comentario ingenioso con una elegancia que Mei Ling encontró irritante. No parecía un hombre que hubiera estado atrapado en una oficina oscura tres noches atrás. Parecía el dueño del mundo.
—Ah, la joven arquitecta que ha domado al dragón —una voz untuosa y familiar hizo que Mei Ling se tensara.
Se giró para encontrarse con Chen Hui, el principal competidor de Li Wei. Era un hombre más joven que Li, con una sonrisa permanente que nunca llegaba a sus ojos calculadores.
—Señor Chen —dijo Mei Ling con frialdad—. No sabía que se interesara por la arquitectura que no sea para demolerla.
Chen Hui se rió, acercándose un poco más de lo necesario.
—Me interesa todo lo que Li Wei considera valioso. Y me han dicho que se ha vuelto... inusualmente protector con su proyecto, señorita Mei. Es curioso, Li no es conocido por su aprecio a la estética. Suele preferir lo que puede medirse en metros cuadrados rentables.
—El proyecto habla por sí solo, señor Chen. No necesita protección —respondió ella.
—Quizás. Pero si alguna vez se cansa de las jaulas de cristal de Li Corp, sepa que en mi empresa valoramos... la libertad. Y a las mujeres con visión —Chen Hui le lanzó una mirada que hizo que a Mei Ling se le erizara la piel de puro asco—. Disfrute de la fiesta.
Mei Ling se quedó mirando cómo Chen se alejaba. Sintió una mirada quemándole la nuca. Al girarse, se encontró con los ojos de Li Wei a través de la sala. Él no estaba sonriendo. La observaba con una intensidad sombría, ignorando por completo al hombre que le estaba hablando en ese momento. Durante un segundo, el ruido de la gala se desvaneció para ambos. Él la recorrió con la mirada, desde el verde intenso de su vestido hasta el fuego desafiante de sus ojos.
La cena transcurrió como un borrón de discursos y platos minimalistas. Mei Ling apenas probó bocado. Sentía la presencia de Li Wei como una presión constante en el aire. Cuando finalmente comenzó la música y las parejas se desplazaron hacia la pista de baile, Mei Ling decidió que ya había tenido suficiente.
—Bo, me voy. No aguanto más este teatro —le susurró a su socio.
—Espera, Mei, acaban de anunciar la donación de Li Corp y...
Pero ella ya se dirigía hacia la salida. Necesitaba aire, necesitaba escapar de la sensación de ser observada, de ser una pieza más en un tablero que no comprendía. Sin embargo, antes de llegar a las puertas dobles, una mano firme la sujetó por la muñeca.
—No puede irse todavía, señorita Mei. Es la arquitecta principal de la obra que acabamos de presentar como el futuro de Beijing —la voz de Li Wei era baja, una vibración que ella sintió en la boca del estómago.
Mei Ling se giró, tratando de soltarse, pero él no la soltó. La arrastró suavemente hacia el borde de la pista de baile, donde la luz era más tenue.
—Suélteme, señor Li. Ya cumplí con mi cuota de relaciones públicas por esta noche —siseó ella, aunque su corazón empezaba a traicionarla de nuevo.
—Baile conmigo —ordenó él. No era una petición, era una súplica disfrazada de mando.
—¿Perdón? ¿Quiere "añadir otra anomalía" a su registro?
Li Wei la atrajo hacia sí con un movimiento fluido. Una mano se posó en su cintura, la otra tomó la suya. La proximidad fue un choque térmico. Mei Ling pudo oler su perfume, esa mezcla de sándalo y algo puramente suyo que la hacía sentir mareada.
—Quiero que me perdone —dijo él en voz tan baja que solo ella pudo escucharlo, mientras empezaban a moverse al ritmo de un vals lento—. He pasado tres días sin dormir, Mei Ling. Y no ha sido por los balances de situación.
Mei Ling lo miró, buscando la mentira en su rostro, pero solo encontró una honestidad cruda que la desarmó.
—Usted me echó de su oficina como si fuera basura, Li Wei.
—La eché porque tenía miedo —confesó él, haciéndola girar bajo las luces doradas—. Miedo de que si se quedaba un minuto más, habría dejado todo esto —hizo un gesto vago hacia el salón lleno de gente poderosa— para seguirla a donde fuera.
Mei Ling sintió que el mundo se detenía. El orgullo, la rabia, la barrera invisible... todo empezó a tambalearse bajo la presión de sus palabras. Bailaban en medio de cientos de personas, bajo la mirada crítica de la élite de Beijing, pero en ese círculo de seda y terciopelo, volvían a estar solos.
—Míreme, Mei Ling —pidió él.
Ella levantó la vista y vio al Dragón de Hielo derritiéndose. Sus ojos estaban llenos de una necesidad tan antigua como el tiempo, una búsqueda de algo que ni todo el dinero ni todos los edificios del mundo podían comprar.
—Esta noche no soy el CEO —susurró él—. Solo soy un hombre que no puede dejar de pensar en una arquitecta que cree que las piedras tienen voz. Y necesito saber si usted también me oye.
La música continuó, envolviéndolos en una burbuja de tensión y deseo. Mei Ling sabía que dar un paso más en esa dirección era caer por un precipicio, pero mientras él la sostenía contra su pecho, se dio cuenta de que ya era demasiado tarde. El fénix ya había emprendido el vuelo, y no había vuelta atrás.