Jessica trabaja como secretaria en una empresa de comida enlatada. Su vida es rutinaria, predecible… segura.
Aquella mañana, como cualquier otra, estaba en el comedor desayunando junto a sus compañeros, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir.
Entonces, un escándalo estalló en la recepción.
Gritos. Golpes. Algo no estaba bien.
Movida por la curiosidad, Jessica se acercó con los demás, sin imaginar que ese sería el último momento de normalidad en sus vidas.
Porque lo que vieron… no era humano.
Ese día, el mundo cambió.
Y nadie estaba preparado para sobrevivir.
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CAPÍTULO 13
Enrique apretó ligeramente la mandíbula.
—No necesito que tú me digas eso.
Dos ladeó la cabeza, divertido.
—¿Ah, no?
El silencio entre ellos se volvió denso.
Incómodo.
Peligroso.
—Oigan… —intenté intervenir, pero mi voz quedó atrapada entre los dos.
En ese momento, Omar apareció detrás de Enrique.
Su presencia fue más silenciosa.
Más contenida.
Pero sus ojos…
iban directo a mí.
—Jessica —dijo con tono firme—. ¿Estás herida?
Negué con la cabeza.
—No… solo me caí.
Omar observó un instante más.
Como si evaluara cada detalle.
Luego asintió levemente.
Pero cuando su mirada pasó por Dos…
se endureció apenas.
—Veo que estuvo… acompañada —añadió, en un tono neutral que no lograba ocultar del todo lo que había detrás.
Dos sonrió.
—No podía dejar que se muriera tan pronto.
—Qué considerado de tu parte —respondió Omar.
La frase sonó correcta.
Pero no lo fue.
Había filo en ella.
Uno que no era tan evidente… pero sí real.
Sentí el ambiente cargarse aún más.
Como si algo invisible se tensara entre los tres.
Enrique dio un paso más cerca de mí.
Casi de forma inconsciente.
—Nos separamos por un momento —dijo, más para Omar que para mí—. No volverá a pasar.
Sus palabras eran claras.
Pero su mirada…
seguía fija en Dos.
Como si lo desafiara en silencio.
Dos no retrocedió.
Ni un centímetro.
Al contrario.
Se acercó apenas lo suficiente para invadir ese espacio invisible que Enrique intentaba marcar.
—Deberías agradecerme —dijo con una media sonrisa—. La mantuve con vida.
Sentí un ligero temblor en el pecho.
No por lo que dijo.
Sino por cómo lo dijo.
Como si yo…
fuera algo que podía reclamar.
—No necesito que la “mantengas” nada —respondió Enrique, esta vez más frío—. Yo me encargo de eso.
El aire se volvió pesado.
Demasiado.
—¿En serio? —murmuró Dos—. Porque no estabas aquí.
Silencio.
Esa frase golpeó más de lo que debería.
Vi cómo la expresión de Enrique se tensaba.
Cómo sus manos se cerraban ligeramente.
Y por primera vez…
sentí que esto ya no era solo una discusión.
Era algo más profundo.
Más personal.
—Basta —intervine, dando un paso al frente antes de que escalara más—. No es momento para esto.
Los tres me miraron.
Y por un segundo…
me sentí en medio de algo que no entendía del todo.
Omar desvió la mirada primero.
—Tiene razón —dijo—. Mientras más tiempo perdamos, más riesgo corremos.
Su tono volvió a ser el de siempre.
Controlado.
Pero algo en su expresión…
había cambiado.
Enrique exhaló con fuerza, como conteniéndose.
Luego asintió.
—Sigamos.
Dos no dijo nada.
Pero antes de moverse…
me miró.
Y sonrió.
Una sonrisa leve.
Casi imperceptible.
Como si todo esto…
le resultara divertido.
......................
Finalmente, llegamos al primer piso.
La cafetería estaba a unos metros.
Las puertas estaban entreabiertas, manchadas de sangre seca.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más cuidadosa.
Entramos.
El lugar era un desastre...
estaba en silencio.
Un silencio extraño… incómodo.
Había charcos de sangre seca en el suelo, mesas volcadas, bandejas tiradas en el suelo, comida descompuesta… y ese olor… más fuerte que nunca.
Pero no había muertos.
No a la vista.
Aun así, nadie bajó la guardia.
—Rápido —murmuró Enrique—. Tomen lo que puedan.
Nos dispersamos.
Mis manos temblaban mientras abría una alacena. Tomé latas, botellas de agua, cualquier cosa que pudiera caber en mis brazos.
Escuchaba mi propia respiración… el leve sonido metálico de las latas chocando… los pasos apresurados de los demás.
Y en medio de todo eso…
el silencio seguía siendo lo más aterrador.
No tardamos mucho.
—Nos vamos —ordenó Enrique en voz baja.
Asentí, ajustando lo que llevaba, y nos dirigimos de nuevo hacia el pasillo.
Todo parecía ir bien.
Demasiado bien.
Y eso… fue el problema.
Íbamos avanzando con cuidado, atentos a cualquier sonido, cuando de repente—
CLANG… CLANG… CLANG…
El ruido metálico resonó en todo el pasillo.
Se me heló la sangre.
Uno de los hombres había dejado caer una lata.
Rodó por el suelo.
Rebotando.
Haciendo eco.
Demasiado fuerte.
Demasiado claro.
—No… —susurré.
El hombre se quedó paralizado, mirando la lata como si pudiera deshacer lo que acababa de pasar.
Pero ya era tarde.
El sonido no se detuvo ahí.
Se extendió.
Se arrastró por los pasillos.
Y entonces—
respondieron.
Gruñidos.
Muchos.
Demasiados.
Mi estómago se hundió.
—Corran —dijo Omar, en voz baja… pero firme.
No gritó.
No hizo falta.
Los vimos aparecer.
Primero uno.
Luego varios más.
Y en cuestión de segundos…
una horda.
Avanzaban hacia nosotros, torcidos, cubiertos de sangre, moviéndose con esa velocidad antinatural que me hacía querer huir sin mirar atrás.
—¡Muévanse! —gritó Enrique.
Todo se volvió caos.
Corrimos.
El sonido de sus pasos detrás de nosotros se mezclaba con nuestros propios latidos.
Sentía que en cualquier momento me alcanzarían.
Uno de los hombres tropezó.
—¡Ayuda! —gritó.
Pero cuando volteé—
ya era tarde.
Los muertos cayeron sobre él.
Sus gritos…
se apagaron demasiado rápido.
El otro hombre intentó ayudarlo, pero fue un error.
Lo rodearon.
Lo tiraron.
Y lo siguiente que escuché fue el sonido húmedo de la carne siendo desgarrada.
Apreté los dientes.
No podía detenerme.
No debía.
—¡Por aquí! —gritó Enrique.
Giramos bruscamente por otro pasillo, tratando de alcanzar las escaleras de emergencia.
Pero al doblar—
me detuve en seco.
Había más.
Bloqueando el camino.
—Maldición… —escuché a Omar.
No había salida por ahí.
—¡Retrocedan! —ordenó Enrique.
Pero ya venían detrás también.
Estábamos atrapados.
El pánico me golpeó con fuerza.
Miré alrededor desesperada, buscando una salida.
Cualquier cosa.
—¡Allí! —señaló Omar.
Una puerta.
Oficinas.
No lo pensamos.
Corrimos hacia ella.
Pero en ese instante—
todo se desordenó otra vez.
Un muerto se lanzó desde el costado.
Enrique lo esquivó, pero eso nos separó.
—¡Jessica! —escuché su voz.
Extendí la mano.
Pero no lo alcancé.
Alguien me jaló con fuerza.
Omar.
—¡Por aquí!
No tuve tiempo de protestar.
Me arrastró dentro de una oficina y cerró la puerta de golpe.
Empujamos un escritorio contra ella mientras los golpes comenzaban casi de inmediato desde el otro lado.
Mi respiración estaba completamente fuera de control.
Mis manos temblaban.
—Enrique… —susurré, sintiendo cómo el miedo me apretaba el pecho.
Omar no respondió de inmediato.
Solo se quedó mirando la puerta, atento, tenso… escuchando cada golpe.
Cada gruñido.
Cada intento de entrar.
Después de unos segundos que se sintieron eternos, habló.
—Estamos separados… pero siguen vivos.
Su tono era firme.
Como si necesitara que yo lo creyera.
Como si él mismo también lo necesitara.
Me dejé caer ligeramente contra la pared, intentando recuperar el aliento.
Pero no podía.
Mi mente seguía allá afuera.
Con Enrique.
Con Dos.
—Esto… salió mal… —murmuré.
Omar giró apenas el rostro hacia mí.
—No —dijo—. Aún no ha terminado.
Sus palabras no fueron reconfortantes.
Fueron una advertencia.
Y en ese momento entendí—
que estar encerrados ahí…
no significaba estar a salvo.
Solo significaba…
que teníamos un poco más de tiempo.
absurdo pelearle a la mujer que básicamente se salvó sola de morir en último minuto.
😒😒
en fin, se creen que la mujer es de hierro.
que goze hasta que se transforme otra vez
es que tonsentia que iba a estar con Jackson alias dos
bello
autora aaaaa necesitamos más capitulos, en qué altar te ponemos ? 🤣🤣🤣
cómo me dejas con semejante evento 🤩🤩🤩🤩🤩
necesito más capitulos esto está intensoooo