Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 1
El sol brillaba con fuerza aquella mañana de domingo en Eldoria una nación insular enclavada entre cadenas montañosas y costas escarpadas. Eldoria es famosa por sus antiguas tradiciones místicas y por poseer diversas culturas, pero dentro del supermercado el aire acondicionado creaba una atmósfera fresca y agradable, contrastando con el calor húmedo que se sentía en las calles.
Alejandra Santos caminaba entre los pasillos con una tranquilidad que pocas veces tenía. A sus 23 años, su vida era una mezcla perfecta entre los sueños que guardaba en su corazón y la realidad dura que había aprendido a manejar con fuerza de voluntad.
Nacida y criada en ese pueblo tranquilo llamado Resfriado, en la provincia Luminara conocida como "La Ciudad de los Mil Faroles". Construida a orillas de un vasto lago alimentado por cascadas que descienden de las montañas, Luminara es un espectáculo de luces y arquitectura etérea.
Alejandra llevaba en la sangre la calidez de su tierra, pero también la desconfianza que muchas mujeres aprenden con el tiempo. Desde niña escuchó historias, vio lágrimas y comprendió que el amor, aunque hermoso, podía ser también un arma de doble filo.
"Los hombres son así", solían decir las mujeres mayores en el pueblo. "Aunque tengas la mejor comida, la casa más limpia y el amor más sincero, siempre hay alguno que busca lo ajeno".
Esas palabras se grabaron en la mente de Alejandra, formando su carácter. Ella creía en el amor, sí, soñaba con casarse, tener una familia y ser feliz al lado de alguien que la valorara, pero jamás permitiría que un hombre fuera el centro de su universo.
Su prioridad era clara: estudiar, ser una mujer profesional, tener su propio dinero, su propio trabajo y su independencia. Quería ser alguien que pudiera mantenerse por sí misma, que si algún día el amor llegaba, fuera para sumar y no para restar. "El amor es necesario", se repetía a sí misma mientras tomaba un paquete de arroz y lo colocaba en su canasta, "pero no es indispensable. Mis sueños valen más".
Estaba tan concentrada en su lista de compras que no notó cómo el tiempo pasaba volando. Cuando finalmente decidió ir a pagar, se llevó la sorpresa de que el lugar estaba lleno a reventar.
Parecía que toda la ciudad había decidido hacer el mercado a la misma hora. Las cajas registradoras sonaban sin parar y las filas parecían no avanzar. Lo peor de todo es que faltaban cajeros; varias cajas estaban cerradas, lo que hacía que las colas fueran interminables.
—Dios mío, ¿y ahora qué hago? —murmuró Alejandra, acomodándose un mechón de su
cabello que se le había escapado de su coleta.
Buscó la fila más corta y vio que, al final de una de ellas, solo había una persona. Un hombre. Estaba de espaldas, pero su postura era erguida, llevaba una camisa polo de color azul marino y unos jeans oscuros. Se veía elegante, serio. Alejandra suspiró y se colocó detrás de él. "Al menos es rápido", pensó. "Solo lleva unas pocas cosas".
Estaba tranquila, mirando su teléfono un momento, cuando de repente sintió una presencia fuerte a su lado. Una mujer de unos cincuenta años, bien vestida pero con una expresión que no invitaba a la amabilidad, la miró de arriba abajo y habló con voz autoritaria.
—Oye, chica... ¿detrás de quién tú vas? —preguntó la señora, señalando con la cabeza al hombre que estaba adelante.
Alejandra parpadeó, confundida, y miró la fila.
—Pues... yo voy detrás de él, señora —respondió con educación, aunque ya empezaba a sentirse incómoda—. Cuando llegué, solo estaba él aquí.
—¡Ay no, hijita, tú estás confundida! —la interrumpió la mujer con firmeza, cruzándose de brazos—. Yo voy detrás de él. Mira mi canasta, ahí está puesta desde hace rato. Yo solo fui a buscar una cosa que se me olvidó, pero mi lugar es este.
Alejandra sintió que se le subían los colores a la cara. No era rencillosa, pero tampoco le gustaba que le quisieran imponer cosas que no eran verdad.
—Mire, señora, yo no le voy a mentir —dijo Alejandra, tratando de mantener la compostura—. Yo llegué aquí y vi la canasta, sí, pero no había nadie. Usted no estaba. Yo juraría que el último era él, por eso me puse detrás. No es que le quiera quitar el lugar, es que realmente no la vi.
—No, no, no —insistió la otra, elevando un poco la voz, lo que hizo que algunas personas empezaran a mirar—. La canasta habla por sí sola. Aquí la dejé y aquí estoy. Pregúntale a él, pregúntale al muchacho que está al frenta. Pregúntale de quién es el turno después de él y te va a decir que soy yo.
La situación se estaba volviendo violenta y vergonzosa. Alejandra se mordió el labio inferior. No quería problemas, pero su orgullo le dolía. En ese momento, el hombre que estaba adelante, que hasta entonces parecía ajeno a todo, se giró lentamente.
Fue la primera vez que Alejandra lo vio de frente. Y fue como si el tiempo se detuviera por un segundo. Tenía unos ojos oscuros, profundos, una mandíbula marcada y una expresión tranquila, serena. No parecía molesto, sino más bien observador. Miró a la señora, luego miró a Alejandra, y habló con una voz grave y suave al mismo tiempo.
—En realidad... sí —dijo él, rompiendo el silencio—. Creo que la señora salió un momento y dejó la canasta. Entiendo la confusión.
Alejandra sintió una mezcla de alivio y frustración. Bajó la mirada un momento, sintiéndose pequeña.
—Está bien, está bien... —dijo ella, levantando las manos en señal de paz—. No hay problema. Si usted dice que llegó primero, pase usted. Yo me pongo detrás. Las personas que vienen atrás se ponen detrás de mí, total, cuando yo llegué ellas no estaban. No quiero líos.
Se hizo a un lado para dejar pasar a la señora, sintiéndose un poco derrotada, aunque sabía que tenía razón. Pero entonces, el hombre volvió a hablar.
—No, espere un momento —dijo él, y su mirada se clavó directamente en los ojos de Alejandra. Hubo una conexión instantánea, algo una conexión que ella no supo explicar—. Mire, para qué vamos a estar complicando la vida. ¿Qué le parece si usted pasa antes que yo?
Alejandra lo miró sin entender.
—¿Cómo?
—Sí —sonrió él levemente, y esa sonrisa cambió todo su rostro, volviéndolo mucho más accesible y cálido—. Yo me paso detrás de la señora. Así ella queda contenta porque va primero como dice, y usted no tiene que esperar tanto tiempo. Me parece lo más justo.
—Pero... y usted? —preguntó ella, impresionada por su caballerosidad—. Usted estaba primero.
—No importa —respondió él encogiéndose de hombros con naturalidad—. Yo no tengo prisa. Y además, veo que usted trae cosas para cocinar, seguro tiene hambre o tiene prisa para llegar a su casa. Pase, por favor.
Ese gesto, esa forma de hablar, esa tranquilidad y esa generosidad desinteresada golpearon el corazón de Alejandra como un martillo. Nunca un hombre, y menos un desconocido, había sido tan amable con ella sin esperar nada a cambio. Sintió un chispa extraño en el pecho, una sensación de seguridad y admiración inmediata.
—De verdad... muchísimas gracias —dijo ella, sintiéndose emocionada—. Es usted muy amable. No tenía por qué hacerlo.
—No es nada, de verdad —respondió él, y sus ojos brillaron con amabilidad—. A veces hay que hacer las cosas fáciles.
Alejandra pasó, colocó sus productos en la banda y pagó. Sus manos temblaban un poco, no por nervios de pagar, sino por la presencia de ese hombre detrás de ella. Cuando terminó, se giró para darle las gracias nuevamente, para decirle algo más, para preguntarle su nombre al menos... pero él ya se había movido. Había visto que otra caja se acababa de abrir y se había dirigido hacia allá rápidamente para evitar más problemas.
Alejandra salió del supermercado con las bolsas en la mano y el corazón acelerado. No sabía quién era, no sabía su nombre, ni de dónde venía. Pero ese hombre, con su simple gesto de caballerosidad, había plantado una semilla en su mente y en su alma.
"¿Quién serás?", pensó mientras caminaba hacia su transporte. "Ojalá el destino me permita verte otra vez".
Y aunque ella no lo sabía en ese momento, el destino ya estaba tejiendo su red, y ese encuentro casual no sería el último. Sería solo el comienzo de una historia que le marcaría la vida para siempre, hasta el último aliento.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.