En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 13: La ley del camino
La marcha hacia el norte no era un paseo, era una agonía de kilómetros, polvo y el frío que empezaba a morder la piel. Evangeline, cuyo cuerpo no estaba acostumbrado a pasar horas sobre la montura de un caballo de guerra, sentía que sus músculos se desgarraban. Cada paso del semental era una sacudida que le recorría la columna, pero Alistair no mostró ni un ápice de compasión. Al contrario, su agarre sobre ella era férreo, casi doloroso, manteniéndola pegada a su armadura de metal que le lastimaba la espalda.
Cuando finalmente el sol se ocultó tras las montañas y Alistair dio la orden de acampar, Evangeline estaba al borde del desmayo. Sus piernas temblaban tanto que, cuando Alistair la bajó del caballo, no lo hizo con la firmeza protectora de antes, sino con una brusquedad que la hizo caer de rodillas sobre la tierra dura y seca.
—Levántate —gruñó Alistair. Su voz estaba cargada de la irritación del viaje y el polvo del camino—. No te he comprado para que te arrastres por el suelo como un animal herido.
Evangeline intentó ponerse en pie, pero el dolor en sus muslos era insoportable. Al ver que ella vacilaba, Alistair la tomó del brazo con una fuerza que le dejó los dedos marcados en la piel blanca. La puso en pie de un tirón seco, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Escúchame bien —dijo él, su rostro a centímetros del de ella, destilando una furia gélida—. En el camino hacia la frontera, no hay espacio para la debilidad. Si no puedes mantenerte en pie, te arrastraré detrás de mi caballo. ¿Es eso lo que quieres?
—No... mi señor —susurró ella, con lágrimas de agotamiento asomando en sus ojos negros.
—Entonces camina.
La empujó hacia la tienda que los soldados acababan de levantar. Una vez dentro, Alistair no le dio tiempo para descansar. Se sentó pesadamente en un taburete de campaña y comenzó a desabrocharse las piezas de su armadura, arrojándolas al suelo con estrépito.
—Quítame las botas —ordenó, extendiendo una de sus piernas macizas—. Y hazlo rápido. Tengo hambre y este uniforme me molesta.
Evangeline se arrodilló a sus pies. Sus manos pequeñas y temblorosas lucharon con el cuero grueso y las hebillas llenas de barro. Alistair, impaciente por el cansancio, le dio un empujón con el pie que la hizo retroceder.
—¡Más rápido! —rugió él—. ¿Acaso tus padres no te enseñaron a ser útil? Parece que solo sabes llorar y estorbar.
Con los dedos doliéndole y la visión borrosa por las lágrimas que se negaba a dejar caer, Evangeline logró quitarle las botas. Pero Alistair no había terminado. Se puso en pie, dominando todo el espacio de la tienda con su inmensidad ruda. Se acercó a ella y la tomó de la nuca, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para que viera su rostro marcado por la fatiga y el desprecio.
—Hoy no habrá caricias, Evangeline —sentenció él, su voz siendo un latigazo—. Hoy recordarás que eres mi sierva antes que cualquier otra cosa. Prepararás el baño, limpiarás cada una de mis piezas de cuero y no te acostarás hasta que yo lo ordene. Si te duermes antes de terminar, volveré a usar las cuerdas de seda, pero esta vez no seré tan paciente al desatarlas.
La soltó con un gesto de desdén y se dirigió a la mesa de mapas. Evangeline se quedó allí, arrodillada en la tierra, sintiendo el peso de su dominio más fuerte que nunca. Comprendió que el Alistair que la había protegido en el bosque podía desaparecer en cualquier momento, dejando solo al General despiadado que no veía en ella a una mujer, sino a un objeto de utilidad que debía ser doblegado hasta que no quedara ni un rastro de voluntad propia.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰