"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 7: Pruebas de Sangre y Fuego
POV: SEBASTIÁN
El mensaje de Julián quemaba en mi bolsillo. Bernardo era una bomba de tiempo con un detonador cargado de alcohol y resentimiento. Si llegaba a hablar con la prensa, no solo destruiría la carrera de Elena, sino que pondría una diana en su vientre antes de que pudiéramos protegerla.
—Tengo que irme —dije, mirando a Elena y luego a la Condesa con desconfianza—. Elvira, si de verdad le importa esta chica, no deje que nadie entre. Ni mi madre, ni su marido. Nadie.
Salí de la habitación a zancadas. En el pasillo, llamé a Julián.
—¿Dónde está exactamente? —pregunté, mi voz era puro hielo.
—En el muelle de carga, detrás de las ambulancias. Hay un reportero de Social Élite con él. Sebastián, si esto sale a la luz, tu padre te quitará la dirección del hospital.
—No si yo lo detengo antes —respondí.
Llegué al muelle justo cuando Bernardo, tambaleándose y con una sonrisa amarillenta, gesticulaba frente a una cámara de video.
—...y les digo que esa "doctorcita" es una cualquiera que se metió en la cama del heredero Alarcón para salir de la miseria —decía Bernardo, con la voz pastosa—. ¡Está preñada! ¡Y yo tengo las pruebas de cómo me trató cuando fui a pedirle lo que me debe!
La furia me nubló la vista. No llamé a seguridad. Lo hice yo mismo. Me acerqué y, de un manotazo, bajé la cámara del reportero.
—Este hombre está sufriendo un brote psicótico por intoxicación etílica —sentencié, mirando al periodista con una intensidad que lo hizo retroceder—. Si publicas una sola palabra, mi equipo legal se encargará de que no vuelvas a escribir ni el obituario de un periódico local. Borra eso. Ahora.
Bernardo intentó abalanzarse sobre mí, pero lo detuve por el cuello de su camisa sucia.
—Vas a desaparecer de esta ciudad, Bernardo —le susurré al oído—. Te daré el dinero que quieres, pero si vuelves a mencionar a Elena o a este hospital, te juro por el apellido Alarcón que terminarás en una celda donde nadie recordará tu nombre.
POV: LA CONDESA ELVIRA DE MONTECLARO
Sebastián salió de la habitación como una ráfaga, dejándome a solas con ella. Con la chica que podría ser mi mayor milagro o mi peor pesadilla.
Elena me miraba con una mezcla de miedo y esperanza que me partía el alma. Estaba tan indefensa en esa cama... tan parecida a la imagen que guardé en mi mente durante años de cómo sería mi hija si hubiera sobrevivido.
—Usted... usted no puede hablar en serio —murmuró Elena, con la voz temblorosa—. Mi familia me odia porque soy una carga. No porque sea una Condesa.
—Te odian porque no eres de ellos, Elena —dije, acercándome a la cama—. Te odian porque tu sola presencia les recordaba el crimen que cometieron al robarte.
Me senté al borde de la cama. Necesitaba una prueba. No podía basarme solo en latidos del corazón y corazonadas. Miré el cepillo para el cabello que estaba sobre la mesa de noche, con varios cabellos castaños enredados. Pero necesitaba algo más fresco, algo irrefutable.
—Elena, mírame —le pedí. Ella lo hizo. Tomé un pañuelo de seda de mi bolso—. Tienes un poco de sangre en la comisura del labio, por el golpe. Déjame limpiarte.
Con una delicadeza que no sabía que poseía, deslicé el pañuelo por su labio partido. La mancha roja quedó grabada en la seda blanca. El ADN de Elena. Mi llave a la verdad.
—Descansa —le dije, guardando el pañuelo como si fuera un diamante—. Voy a investigar esto. Y si eres quien creo que eres, te daré el mundo entero, hija mía.
POV: ELENA
"Hija mía". Esas palabras resonaron en mi cabeza como una campana. Nadie me había llamado así con ese tono de amor.
En cuanto la Condesa salió, me quedé sola en la penumbra. Me toqué el vientre. Mi bebé, un heredero prohibido de los Alarcón, y yo, posiblemente una Monteclaro robada. Mi vida parecía una novela de terror y lujo entrelazada.
Pero la paz duró poco. La puerta se abrió de golpe. No era Sebastián, ni la Condesa.
Era Victoria De la Vega, la prometida de Sebastián. Entró con una elegancia depredadora, cerrando la puerta con llave tras de sí. En su mano llevaba un sobre.
—Vaya, la cenicienta del hospital resultó ser más astuta de lo que pensaba —dijo, lanzando el sobre sobre mis piernas—. He visto las grabaciones de seguridad del invernadero, Elena. Y he hablado con tu "padre" antes de que Sebastián lo silenciara.
Abrí el sobre. Eran fotos nuestras. Sebastián y yo, besándonos desesperadamente entre las orquídeas.
—Sebastián se casará conmigo —siseó Victoria, acercándose a mi cama—. Y ese bastardo que llevas dentro nunca verá la luz del sol si no desapareces de este hospital esta misma noche. Tú decides: te vas por las buenas con una cuenta llena de dinero, o te encargas de que el "accidente" que vas a tener en estas escaleras sea fatal para ambos.
El miedo que sentí por Bernardo no era nada comparado con el odio puro que vi en los ojos de Victoria. Estaba atrapada. El linaje de Sebastián ya había empezado a intentar borrarme.