Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 20
Mis dedos se tensaron sobre el gatillo. Escuché el clic del percutor moviéndose hacia atrás. En ese instante, un sonido de succión inmenso llenó la sala. El tanque de Julián terminó de vaciarse, pero no de líquido, sino de aire. El cuerpo de Julián se colapsó sobre sí mismo como una cáscara de huevo vacía, desapareciendo por el sumidero en un parpadeo de violencia mecánica.
—¡Julián! —gritó Lucía, despertando por el estruendo.
La distracción me hizo dudar. Bajé el arma un milímetro, y en ese segundo de debilidad, la sala de espejos se transformó. Las paredes de cristal desaparecieron, dejando paso a un pasillo de hormigón crudo, iluminado por luces rojas de emergencia. Mi otro yo se desvaneció en una nube de estática azulada, dejando el revólver en mis manos. Ya no era un objeto de luz; era metal real, manchado de algo oscuro.
Estábamos en la zona prohibida del sótano, el "Archivo de la Conductora". Pero no estábamos solas. Al final del pasillo, una figura alta, vestida con el uniforme del servicio pero sin máscara, nos esperaba. Era el hombre del sótano, el que me dijo que yo era la pieza clave. Tenía una tablet en la mano y nos miraba con una mezcla de aburrimiento y decepción profesional.
Has dudado demasiado, Elena. Has permitido que la variable "Lucía" interfiriera en tu proceso de aceptación. El anfitrión no estará complacido con el retraso.
—¿Dónde está Julián? —pregunté, avanzando hacia él con el arma en alto—. ¿Qué le habéis hecho?
El hombre soltó una risita suave.
—Julián ha sido "archivado". Su perfil psicológico era redundante. Ya tenemos suficientes datos sobre la cobardía empresarial. Pero tú... tú eres un enigma. Sigues aferrada a una versión de la historia que los espejos acaban de demostrar que es falsa.
—Los espejos mienten —dije, sintiendo que el arma pesaba cada vez más—. Este lugar miente.
—¿Miente? —el hombre se acercó, ignorando el revólver—. Mira tus manos, Elena.
Miré mis manos. No estaban manchadas de sangre, sino de hollín. El mismo hollín que queda después de un incendio forestal... o después de que un coche explote en una zanja.
—El Capítulo 15 está a punto de empezar —dijo el hombre, señalando una puerta de metal reforzado al final del pasillo—. Es la última fase del Acto I. La fase donde cortamos los lazos con el exterior de forma definitiva. Lucía, tú irás por el conducto de la derecha. Elena, tú entrarás en la Cámara de Reconciliación.
—No voy a dejarla sola —dije, agarrando a Lucía.
—No tienes elección. El sistema ya ha segregado vuestros perfiles. Marcus está siendo "recalibrado" en el área médica. Julián está fuera de la ecuación. Solo quedáis vosotras dos para decidir quién será la Primera Víctima del Capítulo 16.
De repente, el suelo bajo Lucía se abrió. No fue una trampilla lenta; fue un movimiento hidráulico instantáneo. Lucía cayó al vacío soltando un grito que se cortó en seco cuando las placas de metal volvieron a cerrarse.
—¡Lucía! —golpeé el suelo, pero era inútil. Estaba sellado al vacío.
Me quedé sola en el pasillo rojo con el hombre de la tablet. Él me miró y luego señaló la puerta de la Cámara de Reconciliación.
—Entra, Elena. El anfitrión te está esperando para el primer diálogo directo. Y trae el arma. La vas a necesitar para lo que hay dentro.
Caminé hacia la puerta, sintiendo que cada paso me alejaba más de la mujer que entró en Aethelgard hace catorce capítulos. El lujo era un recuerdo lejano. El misterio se había vuelto una carnicería psicológica. Puse la mano en el pesado portón de metal y sentí una vibración que venía del otro lado. No era maquinaria. Era el sonido de alguien llorando.
Un llanto que conocía perfectamente.
Empujé la puerta y la luz blanca me cegó por un instante. Cuando mis ojos se ajustaron, vi que la cámara no era una sala de tortura, ni un laboratorio. Era una réplica exacta de la sala de espera de un hospital. Había revistas viejas sobre la mesa, un televisor sin sonido mostrando noticias de hace diez años y un olor penetrante a desinfectante.
Sentado en una de las sillas de plástico, con la cabeza entre las manos, había un hombre. Al levantar la vista, su rostro me hizo soltar el revólver.
—¿Papá? —susurré, sintiendo que el mundo se desmoronaba por completo.
Mi padre, que había muerto tres años después del accidente por un fallo cardiaco, estaba allí, con la misma ropa que llevaba el día que fui a visitarlo a la cárcel de mi propia conciencia. Se levantó lentamente, con los ojos llenos de una tristeza infinita.
—Elena —dijo su voz, cargada de una fatiga que me rompió el alma—. Te estábamos esperando. El anfitrión dice que es hora de que dejes de huir de lo que hiciste en la carretera.
Me acerqué a él, pero algo me detuvo. En la pared, detrás de él, una pantalla gigante se encendió, mostrando un cronómetro que descontaba los últimos segundos para el inicio del Capítulo 15. Y bajo el cronómetro, una frase que me heló la sangre:
*"La reconciliación exige una ofrenda de sangre. Elige a quién sacrificar para salvar tu memoria".*
Giré la cabeza y vi que, en otra esquina de la sala, había una camilla. Sobre ella, Lucía estaba atada, con una máscara de oxígeno y una vía conectada a una máquina que bombeaba ese líquido negro que había borrado a Julián.
—Elena, ayúdame... —susurró Lucía, su voz apenas audible a través de la máscara.
Miré a mi padre. Miré a Lucía. El revólver estaba en el suelo, entre los tres. El latido de la isla se volvió un rugido ensordecedor, y las luces de la sala empezaron a parpadear, alternando entre el hospital y la morgue.
—Es el final del prólogo, hija —dijo mi padre, señalando el arma—. La anatomía del pecado requiere un cirujano. Y hoy, el bisturí está en tu mano.
Me agaché para recoger el revólver, pero mis dedos se detuvieron a milímetros del metal. Una sombra se proyectó sobre la pared, una sombra que no pertenecía a nadie en la sala. Una figura alta, con el rostro oculto por la estática, emergió de la pantalla.
Era el Anfitrión. Por primera vez, no era una voz. Era una presencia física que llenaba la habitación de un frío polar.
—Bienvenida a casa, Elena —dijo la figura, y su voz hizo que los espejos que aún quedaban en mi mente estallaran en mil pedazos.