De Rusia a México
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16
El aire en San Petersburgo se volvió una trampa de escarcha y hierro. Mikhail caminaba con una urgencia que rozaba el delirio, ignorando el protocolo que dictaba que un Petrov jamás debía exponerse de esa manera. A su lado, Alexei mantenía el paso, con la mano firme sobre el arma oculta, pero con la mirada de quien vigila a un hombre que camina por el borde de un abismo.
—Estás actuando como un loco, Misha —dijo Alexei, su voz formando nubes de vapor—. Igor me va a despellejar si te pasa algo por seguir una corazonada. Un Petrov no sale a la calle sin un plan.
Mikhail soltó una risa seca, desprovista de humor.
—No es una corazonada, es una certeza. Es como si toda la vida hubiera escuchado una radio con estática y, de repente, la señal fuera nítida. Está aquí, Alexei. En algún lugar de estas calles, ella está respirando mi mismo aire.
Alexei suspiró, sintiendo el peso de sus propias cadenas.
—Masha está usando al imbécil de Viktor para castigarme —soltó de pronto, incapaz de contener el veneno—. Cada vez que lo mira, me busca para ver si sangro. Y tiene razón; lo hago. Me estoy volviendo loco en esa mansión, entre las órdenes de tu padre y los caprichos de tu hermana. Soy una bomba de tiempo.
—Lo sé —respondió Mikhail, deteniéndose para mirar a su amigo a los ojos—. Por eso estamos aquí. Para recordar que no somos solo peones. Ivanito arriesga la vida por la hija de un enemigo, tú te quemas por Masha... y yo simplemente estoy tratando de no desaparecer. Porque si no la encuentro hoy, dejaré de existir.
Siguieron caminando hacia la Plaza del Palacio, mientras el destino, ese bromista cruel, preparaba el escenario.
Camila estaba a solo cincuenta metros. Se había detenido ante un escaparate, observando unas matrioskas, cuando la chispa en su pecho se transformó en un incendio rugiente. Se giró bruscamente, sintiendo un llamado que no iba dirigido a sus oídos, sino a su esencia. Sus ojos café buscaron desesperadamente entre la multitud de abrigos oscuros.
Mikhail giró la cabeza en el mismo instante. Sus pupilas se dilataron al captar una figura morena que resaltaba contra la blancura espectral de la plaza. El corazón le dio un vuelco que le robó el aliento. Era ella. Era el dibujo cobrando vida, el sol de México derritiendo el invierno ruso. Estaban a diez pasos de romper la barrera del tiempo. El encuentro cocinado durante dieciocho años estaba a segundos de consumarse.
Pero el destino tiene una brújula propia y un sentido del humor perverso.
Justo cuando Mikhail iba a pronunciar su nombre, un convoy de camionetas negras de la Bratva frenó chirriando sobre el pavimento helado, bloqueando la visión entre ambos como un muro de acero. De la primera camioneta bajó Igor con el rostro desencajado.
—¡Mikhail! ¡Alexei! —rugió, interceptándolos con una fuerza física que no admitía réplicas—. ¡Al auto, ahora! Han interceptado a Ivan Jr. en la frontera del sector enemigo. El viejo está furioso; la guerra ha estallado. ¡Es una orden directa!
Alexei reaccionó por puro instinto militar, sujetando a Mikhail por el hombro mientras los guardias los rodeaban. Misha forcejeó, sus ojos buscando desesperadamente a través de los cristales blindados, tratando de recuperar la silueta de Camila.
Del otro lado del convoy, Camila solo vio un despliegue de hombres armados y motores rugientes que le recordaron la oscuridad de la tierra en la que se encontraba. El calor en su pecho se transformó en una punzada de pérdida agonizante. El "eco" se alejó a toda velocidad.
Tan cerca y tan lejos. Mikhail fue arrastrado al caos de su sangre, mientras Camila permanecía sola en la inmensidad de la plaza, preguntándose por qué, a pesar de la belleza de los palacios, el frío de San Petersburgo de pronto se sentía más insoportable que nunca.