Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 7
—Eres una perra astuta —le dije a Hana.
Ella sonrió con esa sonrisa sin dientes que tanto odiaba.
—Lo aprendí de ti.
Nos miramos fijamente. Dos depredadoras reconociéndose.
Afuera, el sonido de un carruaje anunció su llegada.
El funcionario entró al yuukaku como si el lugar le perteneciera. La dueña hizo reverencias, los clientes apartaron la mirada, las otras mujeres desaparecieron por los pasillos.
Lo llevé a la habitación.
—Tengo que decirte algo —dije en cuánto cerré la puerta—. Es muy importante.
—Dime —respondió, con ese tono suyo que podía ser tierno o mortal según el día.
—Me están chantajeando. Una mujer del yuukaku quiere venir conmigo. Debemos llevarla o no me devolverá el sello.
El cambio fue instantáneo.
Su rostro se torció. Sus manos se cerraron en puños.
—Maldita —siseó—. ¿Sabes lo complicado que es esto? Bastantes dificultades pasé para llevarte a ti. ¿Y ahora quieres que meta a otra?
—Lo sé. Lo sé. —Levanté las manos en señal de paz—. Pero no tienes que llevarla realmente.
Se detuvo.
—¿A qué te refieres?
Sonreí. Mi sonrisa perfecta.
—No seas tonto. Obviamente no puedes llevarnos a las dos. Es muy peligroso. Así que escúchame. Esto es lo que vamos a hacer...
Hablé.
Él escuchó.
Cuando terminé, sus ojos brillaban con algo que no supe identificar. ¿Respeto? ¿Miedo? ¿Admiración?
—Eres terrible —dijo.
—Gracias.
Salió de la habitación primero. Yo lo seguí.
Hana nos esperaba abajo, con su hatillo de ropa y esa sonrisa de triunfo que no sabía que era su sentencia de muerte.
—Escucha —le dijo el funcionario—, está todo listo. Puedes venir con nosotros. No fue fácil convencerlo.
Hana se iluminó como una niña con dulce.
—¡Gracias! —exclamó—. ¡Gracias, no se arrepentirán!
Salió corriendo a juntar sus últimas cosas, emocionada, casi saltando.
Yo me acerqué a Kimi.
Estaba en un rincón, con los ojos hinchados de llorar. Pequeña. Frágil. La única persona en este mundo que había sido buena conmigo sin esperar nada.
—Adiós, mi hermana —dije, abrazándola con fuerza—. Te amo. Siempre volveré. Hasta que pueda llevarte conmigo.
—Ai... —lloriqueó contra mi hombro—. No te olvides de mí.
—Nunca.
La solté. Caminé hacia la salida sin mirar atrás.
Si miraba atrás, me rompía.
Afuera esperaban dos carruajes.
Negros. Sencillos. Con los sellos del palacio apenas visibles en las puertas.
—Tú en ese —dijo el funcionario, señalando el primero.
Hana salió en ese momento, jadeando por el esfuerzo de cargar su hatillo.
—¿Ese es el mío? —preguntó, señalando el segundo.
—Sí —dijo el funcionario, con una sonrisa amable—. El tuyo es ese.
Hana subió feliz. Yo subí al otro.
Los carruajes arrancaron.
Hana iba emocionada.
Mirando por la ventanilla. Imaginando su nueva vida. Una criada en el palacio. Comida caliente todos los días. Un techo seguro. Quizás, con el tiempo, hasta algún hombre bondadoso...
Pero entonces se dio cuenta.
Los árboles.
Cada vez más árboles. Cada vez menos casas. El camino empedrado se volvió tierra. El paisaje urbano se volvió bosque.
—¿Qué es esto? —preguntó, asomándose—. ¿A dónde me llevan? ¿Dónde está el palacio?
El carruaje se detuvo.
Los guardias reales bajaron. Abrieron la puerta.
—Lo siento —dijo uno, sin emoción en la voz—. Pero hiciste algo que no debías. Ahora te toca rendir cuentas.
Hana abrió la boca para gritar, para suplicar, para ofrecer algo, cualquier cosa.
Pero no tuvo tiempo.
El guardia sacó su espada y se la clavó en el pecho.
Ella cayó hacia atrás, con los ojos abiertos, sin entender qué había pasado. La sangre brotó, caliente, oscura, empapando su hatillo, su ropa, la tierra del bosque.
—Revisa bien —dijo el guardia a su compañero.
El otro se arrodilló. Registró el cuerpo con eficiencia profesional. Metió la mano bajo el kimono ensangrentado y sacó algo.
El sello.
—Lo encontré —dijo—. Estaba en su ropa.
El primer guardia asintió, satisfecho.
—Bien. Lo conseguimos.
Guardaron el sello. Dejaron el cuerpo ahí, en medio del bosque, para que los animales hicieran lo suyo.
Y se fueron.
En el otro carruaje, yo miraba por la ventanilla.
El palacio se acercaba. Blanco. Inmenso. Hermoso.
Toqué la horquilla de jade en mi cabello.
Pensé en Hana. En su sonrisa de triunfo. En su estupidez al creer que podía jugar conmigo.
Pensé en Kimi. En su abrazo. En su "te amo".
Pensé en Kakashi. En su promesa de esperarme.
Pensé en el funcionario. En lo rápido que aceptó mi plan. En lo mucho que debía odiarme para ayudarme a matar a alguien.
O tal vez no era odio. Tal vez era miedo. Miedo a lo que yo era capaz de hacer.
El carruaje cruzó las puertas del palacio.
Yo iba dentro.
Como sierva. Como amenaza. Como asesina.
Y recién empezaba.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.