"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 18: Alianzas de Sombras y Sueños Rotos
Este capítulo marca el inicio de una alianza oscura y desesperada. La ambición de Juan y la obsesión de Elena se entrelazan para crear una trampa que pretende destruir no solo el negocio de Bianca, sino la voluntad misma del Dueño.
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La noche en San Judas era un manto espeso que ocultaba las peores intenciones. Mientras Bianca intentaba calmar su corazón tras el encuentro con Andrés, en las sombras del viejo muelle, dos enemigos del destino se daban la mano.
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El Pacto de los Buitres
Elena y Juan Aguilar se reunieron en una bodega abandonada. Elena buscaba eliminar a la mujer que le robaba el alma a Andrés; Juan buscaba debilitar el imperio de Urrieta para tomar el control.
— No bastará con sabotear su harina, Elena —dijo Juan, apoyado en una caja de madera—. Mientras Andrés siga respirando por ella, la Repostería Primavera siempre tendrá un guardián.
— Lo sé —respondió Elena, con los ojos brillando de una maldad fría—. Necesito atarlo a mí de una forma que ni siquiera él pueda romper. Necesito un heredero. Un hijo de Andrés Urrieta que borre para siempre el nombre de Bianca de esta mansión.
Juan sonrió con cinismo.
— Yo te daré lo que necesitas para doblegarlo. Una sustancia que anula la voluntad, pero que deja el cuerpo listo para... obedecer. A cambio, tú me darás las rutas de vigilancia de sus camiones.
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El Acecho de Juan
Antes de ejecutar el plan, Juan decidió marcar su territorio. Se presentó en la repostería justo al cierre. Bianca, al verlo, sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la emoción que le provocaba Andrés; esto era puro instinto de supervivencia.
— Bianca, mi flor... qué bajo has caído, horneando pan para campesinos —dijo Juan, intentando tocarle el cabello.
— No te acerques, Juan —respondió ella, tomando un cuchillo de pastelería con firmeza—. Ya no soy la chica asustada del muelle. Vete de mi local.
— Disfruta de tu independencia mientras dure —susurró Juan al oído de ella—. Muy pronto, tu querido Andrés estará demasiado ocupado con su "familia" como para preocuparse por tus pasteles.
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La Noche de la Traición
Horas después, en la mansión, Elena preparó la trampa. Sirvió una copa del whisky favorito de Andrés, vertiendo en ella el frasco que Juan le había entregado.
— Por tu recuperación, Andrés —dijo ella, entregándole la copa con una sonrisa ensayada.
Andrés, cansado de las batallas del día, bebió el licor sin sospechar que el veneno venía de la mano que más lo "cuidaba". En pocos minutos, la visión se le nubló. La droga de Juan era potente, diseñada para inducir un estado de trance, pero el cuerpo de Andrés, curtido por años de abusos y resistencia, reaccionó de forma inesperada. En lugar de volverse maleable, su sistema simplemente se apagó.
Andrés se desplomó en el sofá, sumido en un sueño profundo y pesado, como si fuera de piedra.
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El Error de la Desesperación
Elena lo arrastró hasta la habitación con ayuda de un guardaespaldas cómplice, pero una vez allí, el pánico la invadió. Andrés no respondía; era un cuerpo inerte. Ella lo intentó todo para despertarlo, para que el plan del embarazo diera fruto, pero él estaba en un estado casi comatoso.
— ¡Maldita sea! ¡Despierta! —gritaba Elena, sacudiéndolo, pero no había rastro de vida en sus ojos.
Frustrada, rabiosa y consumida por la necesidad de no perder la oportunidad de esa noche, Elena cometió un error fatal. Llamó a Juan por la línea privada.
— No despierta, Juan. La dosis fue demasiado fuerte. Si alguien entra y lo ve así, estoy muerta —dijo ella, temblando.
— Voy para allá —respondió Juan.
Cuando Juan llegó a la habitación por la entrada de servicio, encontró a una Elena desesperada. En medio de la adrenalina, el odio compartido y la oscuridad de la habitación, la traición se completó de la forma más retorcida. Elena, en un arrebato de despecho y ambición, se entregó a Juan Aguilar en la misma cama donde el cuerpo inconsciente de Andrés descansaba, pensando que si lograba concebir esa noche, nadie dudaría que el hijo era del Dueño.
Elena buscaba vida en el hombre equivocado, mientras el verdadero dueño de la mansión dormía un sueño inducido que, al despertar, cambiaría el curso de San Judas para siempre.