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Lo Que El Silencio Esconde

Lo Que El Silencio Esconde

Status: Terminada
Genre:Apocalipsis / Aventura / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:507
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Lo que el silencio esconde

Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.

Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.

Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.

Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.

Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Los fantasmas que no se ahogan

El bar "La Negra" quedaba a tres cuadras de la biblioteca.

Era un sitio de mala muerte, de esos donde la luz apenas llega y el tiempo parece haberse detenido en los años ochenta. Las sillas de madera están desgastadas. La barra, pegajosa. El olor a alcohol y cigarro lo impregna todo.

Allí estaba Julio.

Sentado en la misma esquina de siempre, con el décimo trago entre las manos. Whisky. Solo. Sin hielo. La botella medio vacía junto a su codo.

—Décimo, Julio —dijo el camarero, un hombre calvo de delantal sucio—. Ya van diez. Son las once de la mañana.

—¿Y? —respondió él sin levantar la vista.

—Que no bebas más. Es de mañana todavía.

Julio levantó el vaso y lo miró contra la luz mortecina del local. El líquido ámbar brilló un instante. Luego, con un gesto cansado, lo vació de un trago.

—Déjame —murmuró—. Es mejor para trabajar.

El camarero negó con la cabeza y se alejó. Conocía a Julio desde hacía dos años. Sabía que no valía la pena discutir. Sabía también que detrás de esa fachada de policía duro se escondía alguien que apenas podía mantenerse en pie.

Julio apoyó la frente en la palma de la mano y cerró los ojos.

Y entonces, ella volvió.

La niña del atentado.

La veía siempre que cerraba los párpados. Tenía unos siete años, el pelo lleno de polvo y los ojos abiertos como platos. No lloraba. Eso era lo peor. No lloraba. Solo lo miraba mientras él le presionaba el pecho con las manos para intentar detener la sangre que no paraba de salir.

—Todo va a estar bien —le había dicho, mintiendo.

La niña no respondió. Solo movió los labios, como si quisiera decir algo. Pero no salió ningún sonido. Y entonces sus ojos se apagaron.

Todavía hoy, dos años después, Julio sentía el peso de aquel cuerpo pequeño en sus brazos. El calor que se iba. La sangre pegajosa en sus dedos. El ruido de las sirenas llegando tarde, siempre tarde.

—No pude salvarla —susurró, con los ojos aún cerrados.

Apretó el vaso vacío hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Abrió los ojos. La imagen de la niña se desvaneció, pero el vacío quedó.

El alcohol no ayudaba. Lo sabía. Cada trago era un parche, no una cura. Pero al menos, durante unas horas, los recuerdos se volvían borrosos. Menos afilados. Menos capaces de clavarse en su pecho.

El tiempo no pasaba. Esa era la peor parte. Por fuera habían pasado dos años, pero por dentro seguía siendo aquella madrugada. El olor a pólvora. Los cristales rotos en el suelo. Los gritos que se convertían en llanto y luego en un silencio peor que cualquier grito.

—El mejor de la promoción —se burló de sí mismo, alzando la botella para servirse otro trago—. El mejor policía investigador. Mira dónde estoy, papá. ¿Orgulloso?

No hubo respuesta. Nunca la había.

El teléfono vibró sobre la barra. Julio lo miró sin interés. Una notificación del cuartel. Algo sobre una biblioteca. Algo sobre un hombre desaparecido.

Lo ignoró. Cogió la botella y sirvió el undécimo trago.

Pero antes de beber, algo le hizo detenerse.

En la puerta del bar, un hombre de chaqueta negra entraba y salía sin decidirse. Su mirada recorrió el local y se posó en Julio. Solo un segundo. Luego se dio la vuelta y se fue.

Algo en esa mirada le resultó familiar. Algo oscuro. Algo que le recordó al hombre que nunca encontraron del atentado.

Julio dejó el vaso sobre la barra.

—Otra vez será —murmuró, y se levantó tambaleándose un poco.

El camarero lo miró con preocupación.

—¿Estás seguro de que puedes conducir?

—No voy a conducir. Voy a caminar.

—¿Adónde?

Julio miró hacia la puerta por donde había salido el desconocido.

—A la biblioteca —respondió—. Alguien tiene que hacer su trabajo.

Salió del bar con el paso inseguro pero la mirada fija. El aire fresco de la mañana le golpeó la cara. El alcohol le nublaba los reflejos, pero no la conciencia.

Sabía que no debería presentarse así a un caso. Sabía que su padre lo reprendería. Sabía que estaba cometiendo un error.

Pero la niña del atentado seguía en sus brazos. Y el tiempo, para él, todavía no pasaba.

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