Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 11: Mensaje definitivo
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Continuando;
—Lo segundo —continuó Roberto con una sonrisa afilada— es un incentivo. El abogado que logre el mayor aumento en su número de casos resueltos en los próximos tres meses será el encargado de representar al bufete en la capital para un acuerdo comercial millonario. Esto no solo significa un bono histórico, sino una proyección nacional para su currículum. Eso es todo.
Brisa sintió una chispa de ambición. “Claramente ganaré ese reto”, pensó mientras observaba a sus compañeros. Muchos parecían abrumados, otros sobrados en sus asientos, pero ella ya estaba trazando una ruta crítica en su mente. Ella no solo quería el dinero; quería la excusa perfecta para estar demasiado ocupada para las "cenas de comadres" de su madre.
La reunión con el cliente de malversación duró más de dos horas. Brisa analizó cada recibo, cada compra y cada venta del último año con una precisión clínica. Al terminar, llamó a Elena a su despacho.
—Elena, sabes que tenemos que ganar ese reto, ¿verdad? No es una opción perder.
—Si usted lo dice, jefa, cuente con ello —respondió Elena con determinación—. Ya mismo organizo el horario de mañana para que tengamos cuatro clientes por día. Haré un cronograma semanal de audiencias y citas para que no perdamos ni un segundo.
—Gracias, Elena. Me gusta tu eficiencia. Mañana, cuando llegue el nuevo equipo de pasantes, enséñales cómo trabajamos aquí: disciplina absoluta. Ahora me voy, tengo una cena... obligatoria.
Como de costumbre, Brisa llegó tarde al restaurante donde su madre la esperaba rodeada de sus amigas de toda la vida. En el centro de la mesa, un hombre de unos treinta y pocos años, con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero resultaba intrusiva, la observaba fijamente.
—Mi amor, finalmente llegas —dijo Doña Julia con tono triunfal—. Te presento a Juan, el hijo de mi comadre. Estudió en el exterior y ahora está aquí para establecerse.
—Es todo un placer conocerte, belleza —dijo Juan, levantándose y tomándole la mano con una confianza excesiva—. Las fotos que me mostró tu madre no te hacen justicia.
Brisa retiró la mano con una cortesía gélida.
—Gracias. Quisiera decir lo mismo —respondió, dejando que la ironía flotara en el aire.
La cena fue una tortura de anécdotas vacías y preguntas inquisitivas sobre su soltería. Juan no dejaba de lanzarle miradas que la hacían sentir como una mercancía en exhibición. A mitad del plato principal, Brisa no aguantó más.
—¿Me acompañas a la cocina un momento, madre? Necesito preguntarte algo sobre la casa —mintió.
Una vez a solas en el pasillo cerca de los baños, Doña Julia explotó en un susurro.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué le hablas así? Es un muchacho educado y de buena familia.
—¿Educado? Es un baboso, madre. Me come con la mirada y no ha dejado de hacer comentarios fuera de lugar. No tengo tiempo para esto, tengo un bufete que dirigir.
—¡Eres insoportable, Brisa! Siempre el trabajo, siempre la frialdad. Algún día te quedarás sola con tus leyes —sentenció Julia antes de salir de la cocina, dejándola sola y frustrada.
Brisa se apoyó contra la pared, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. Por un lado, la presión del bufete de ser la mejor, de duplicar su carga laboral y viajar a la capital. Por otro, el asedio constante de su madre por "acomodarla" con cualquier desconocido. En ese momento de saturación absoluta, la voz de Rafael Arismendi volvió a su mente: "Sería un movimiento estratégico... un contrato más".
Sacó su teléfono con las manos temblorosas pero decididas. Buscó el chat de Rafael y escribió sin permitirse dudar:
📲“Cuenta conmigo. Mañana mismo redacto el acuerdo con las cláusulas necesarias. Hagámoslo”.
El teléfono vibró casi al instante, como si él estuviera esperando esa señal en medio de sus propias reuniones en la capital.
📲Rafael: “Perfecto. Sabía que tu lógica ganaría. Estaré atento al borrador. Bienvenida a la sociedad, socia”.
Brisa guardó el teléfono y respiró hondo. Había aceptado casarse con su amigo de la infancia para poder estar sola. Era una paradoja absurda, pero en su mundo de leyes y negocios, un contrato era la única forma de garantizar su libertad. Regresó a la mesa con una sonrisa nueva, una que Juan interpretó como interés, pero que en realidad era la calma de quien ya ha decidido incendiar el puente para salvar el bosque.
Al volver al trabajo la luz del bufete parecía más blanca y aséptica que de costumbre. Brisa se sentía como una directora de orquesta en medio de un estruendo legal. Su oficina se había convertido en un centro de mando donde la miseria humana y la ambición financiera se daban la mano a través de los expedientes. El reto de la junta directiva ya estaba en marcha, y ella no tenía intención de dejar que nadie le arrebatara la oportunidad de la capital y el contrato millonario.
Frente a ella estaban Marcel, Andrea, Fabiola y Martha. Sus caras eran un mapa de nerviosismo y admiración. Eran jóvenes, con los títulos todavía oliendo a tinta fresca y los ojos muy abiertos, esperando aprender de la "invicta" del bufete.
—Escuchen bien —dijo Brisa, apoyando las palmas de sus manos sobre la mesa mientras Elena terminaba de repartir las carpetas—. Aquí no venimos a calentar sillas. Marcel, tú irás con el caso de fraude financiero; quiero que desmenuces cada transferencia como si fuera tu propia cuenta bancaria. Andrea, te encargas del intento de homicidio; necesito que busques cada falla en la coartada de ese marido. Fabiola, Martha, ustedes trabajarán en el secuestro y en el caso de la mujer maltratada. El que demuestre mayor agudeza mental antes del viernes, tendrá un incentivo en su bono mensual.
Elena les explicó sus funciones con rapidez militar mientras Brisa ya se colocaba la toga. Tenía una audiencia por un caso de custodia que venía arrastrando desde la semana pasada.
El día fue un torbellino de adrenalina. Pasó de la sala de vistas, donde desarticuló el testimonio de un testigo falso con tres preguntas punzantes, a la sala de conferencias para reunirse con la víctima de maltrato.
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