Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 8
Días después y Lilian ya no despertaba con el corazón acelerado por el miedo cerval que la había definido durante años; ahora, el pulso le vibraba con una anticipación eléctrica. La parálisis había muerto. En su lugar, algo afilado y hambriento comenzaba a estirar las extremidades en el fondo de su conciencia.
Bajó al despacho de Killian antes de que él la llamara, moviéndose por los pasillos con la seguridad de quien ya no se siente una prisionera, sino una pieza central del tablero. Al entrar, el resplandor azulado de tres computadoras portátiles cortaba la penumbra, mostrando flujos incesantes de transacciones financieras y cascadas de código que parecían latir al ritmo de un corazón artificial.
Killian estaba allí, una silueta imponente recortada contra la luz de las pantallas. Sostenía una taza de café negro, el vapor subiendo en espirales perezosas, y mantenía esa mirada implacable que parecía ver a través de las paredes y las almas.
—Hoy no habrá pólvora —dijo él, sin apartar los ojos de los gráficos—. Hoy aprenderás que se puede desangrar a un hombre sin tocarle la piel. El acero corta el cuerpo, Lilian, pero el vacío financiero cercena la identidad.
Lilian se acercó, sus ojos fijos en una de las cuentas que parpadeaba en rojo. El dolor que solía sentir al pensar en su familia se había cristalizado, convirtiéndose en una gema fría y dura. La tristeza por la madre ausente y el padre "Perfecto" se había evaporado, dejando un sedimento de pura venganza.
—El dinero de las fundaciones de mi madre —murmuró ella, y su voz no tembló—. Mi padre lo usa para lavar los activos que recibe de Ramos. Él cree que nadie puede rastrearlo porque usa el nombre de una muerta. Es su mayor debilidad: cree que el pasado es un cementerio silencioso.
Killian asintió, una chispa de genuina admiración cruzando sus facciones. La rapidez con la que ella conectaba los puntos era el testimonio de una inteligencia que él mismo se había encargado de liberar de sus cadenas morales.
—Exacto. Entra en el servidor. Te he dado acceso a las llaves de encriptación —indicó él, cediéndole el asiento principal—. Quiero que desvíes el fondo de contingencia hacia una cuenta puente en las Islas Caimán. No lo robaremos todavía; solo vamos a dejarle una nota de que el dinero ya no es suyo. Vamos a quitarle el oxígeno antes de encender la cerilla.
Lilian se sentó. El cuero de la silla todavía conservaba el calor de Killian. Sus dedos, que alguna vez temblaron al sostener una pluma, ahora volaron sobre el teclado con una precisión quirúrgica. Hubo un segundo, un breve parpadeo, donde una sombra de la "antigua Lilian " —la chica que creía en la justicia y los tratados internacionales— intentó gritar que esto era un crimen federal, una traición absoluta. Pero el recuerdo del rostro de su padre en aquel video, negando su existencia, borrándola como si fuera un error tipográfico para salvar su carrera, asfixió ese grito. La duda murió instantáneamente, reemplazada por un placer gélido.
Con un último clic, diez millones de dólares se desvanecieron del fondo privado del Juez.
—Hecho —susurró ella. Una sonrisa pequeña, afilada y peligrosa, transformó su rostro. Ya no era la princesa de nadie.
—Ahora, la estocada —Killian se inclinó sobre ella, apoyando sus manos en el escritorio, rodeándola con su aroma a café y peligro—. Envíale esto a su correo personal. Desde una dirección que sus técnicos no puedan rastrear en un siglo.
La imagen apareció en pantalla. No era una foto de ella sufriendo, ni una prueba de su cautiverio. Era una foto de la moneda de plata que Killian le había dado al principio, descansando con arrogancia sobre el escritorio de caoba de la mansión familiar, bajo la luz de una lámpara que Lilian conocía bien. Debajo, un texto corto que pesaba más que cualquier amenaza de muerte: "Tu deuda ha vencido".
—Esto lo va a volver loco —dijo Lilian , saboreando cada palabra—. Él vive por el control. Esto le dirá que no solo sé dónde está su dinero, sino que estoy con la única persona que no puede comprar, ni asustar, ni enterrar.
—Eso es lo que quiero. Un hombre desesperado comete errores, y los errores dejan cadáveres —Killian la obligó a girar la silla. La tomó por la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada—. ¿Cómo te sientes, Lilian? ¿Sientes el peso de lo que acabas de hacer? ¿Sientes el abismo reclamándote?
—Me siento ligera —respondió ella, y la sinceridad de sus palabras fue lo que más lo sorprendió—. Como si durante toda mi vida hubiera llevado una armadura que no era mía, una que pesaba demasiado y me impedía respirar. Me la he quitado. Y ahora me doy cuenta de que prefiero el frío de la intemperie a la seguridad de esa celda de oro.
Killian la observó en silencio. Había algo en su mirada que iba más allá de la estrategia militar o el pragmatismo criminal; era una mezcla de orgullo oscuro y una posesividad que empezaba a bordear lo enfermizo. Él no solo la había rescatado; la estaba tallando de nuevo, convirtiendo sus heridas en armas.
—Cuidado, princesa —murmuró él, su pulgar rozando el labio inferior de ella con una ternura que quemaba—. Una vez que pruebas el poder de destruir, el mundo ordinario se vuelve insípido. No hay vuelta atrás. No podrás volver a ser la chica que se preocupa por las leyes o la moral de los hombres pequeños.
—Las leyes son solo las cercas que los hombres mediocres construyen porque tienen miedo de lo que son capaces de hacer si fueran libres —sentenció ella, sus ojos brillando con una determinación que rivalizaba con la de él.
En ese instante, el teléfono privado de Killian vibró, rompiendo el hechizo. Él lo tomó y activó el altavoz. La voz del detective Ramos brotó, cargada de una estática nerviosa, casi frenética.
—¡Killian! ¿Qué demonios han hecho? El Juez ha perdido la cabeza. Acaba de llamar a su equipo de seguridad "especial". No son policías, Killian. Son mercenarios de la vieja escuela, hombres que no dejan testigos. Va a ir a por ustedes con todo. Dice que si no puede recuperar a su hija para callarla, prefiere que regrese en una bolsa de plástico. Ha dado la orden de eliminación total.
Lilian sintió una ráfaga de frío glacial recorrer su columna, pero sus manos no se movieron. El dolor de ser "desechable" para su propio padre ya no le dolía; le servía de combustible. Killian miró a Lilian, buscando una grieta en su armadura recién estrenada, pero solo encontró acero.
—Que venga —dijo Killian con una calma que erizaba la piel—. He estado esperando años para que ese hombre pise mi terreno, para que deje de esconderse tras su mazo y sus togas. Gracias por el aviso, Ramos. Reza para que las balas no te alcancen a ti también.
Killian colgó. El despacho parecía más pequeño ahora, cargado con la electricidad de una tormenta inminente.
—Ya no hay más juegos mentales, Lilian —dijo él, su voz volviéndose profunda, de combate—. Ha dado la orden. A partir de este momento, eres oficialmente una enemiga del Estado... o al menos del estado podrido que tu padre cree gobernar.
Lilian se puso en pie con una lentitud deliberada. Caminó hacia la mesa lateral donde Killian guardaba su arsenal personal. Sus ojos recorrieron las armas hasta detenerse en la pistola con la que había practicado hasta que sus manos sangraron. La tomó, sintiendo el peso familiar, el frío del metal contra su palma, y verificó el cargador con un movimiento seco que denotaba una confianza nueva.
—Entonces dejemos de escondernos en las sombras —dijo ella, mirando a Killian con una fijeza que lo dejó, por un segundo, sin palabras—. Si él quiere una bolsa de plástico, tendrá que venir a buscarla él mismo. Pero asegúrate de que tengamos suficiente espacio en el coche para la suya también. No pienso dejar que descanse en paz.
Killian soltó una carcajada ronca, llena de una admiración oscura y vibrante. Se acercó a ella en dos zancadas, le arrebató el arma solo para enfundarla en el cinto de ella y luego la atrapó en un abrazo brusco, casi violento, uniendo sus cuerpos en una alianza de sangre y sombras.
—Esa es mi reina —susurró contra su oído, su aliento cálido en medio de la frialdad de la habitación—. Bienvenida a la guerra, Lilian. Te prometí que sería sangrienta, y voy a cumplir cada palabra.
Ella cerró los ojos y se apretó contra él, buscando el ancla de su fuerza. Sabía que el camino que tenía por delante estaba sembrado de cadáveres y que probablemente no habría redención al final del trayecto. Pero por primera vez en su vida, no se sentía sola, ni pequeña, ni víctima. Tenía al diablo de su lado, y juntos, estaban a punto de incendiar el cielo para ver cómo ardía el mundo de los hombres que se creían dioses.