Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Visión
La noche había caído con una calma engañosa.
El departamento estaba en silencio, apenas iluminado por la luz cálida de una lámpara sobre la mesa. Ella cenaba sola, como tantas otras noches, moviendo distraídamente el tenedor sobre el plato sin demasiado apetito. El tic-tac del reloj parecía más fuerte de lo normal, marcando cada segundo como un recordatorio de lo cansada que estaba.
Hacía días que no dormía bien.
No era solo el insomnio… era esa sensación de agotamiento que se acumulaba en el pecho, en los hombros, en la mente que no dejaba de pensar incluso cuando todo estaba en silencio. Esa noche, sin embargo, había decidido que descansaría. Sí o sí.
Se levantó, fue hasta la cocina y tomó el frasco de pastillas que su médico le había recetado. Dudó un segundo… pero el cansancio pesaba más que la duda.
—Solo hoy —murmuró para sí misma.
Tomó el doble de la dosis.. o quizas un poco mas..
Volvió a la mesa, dio un par de bocados más y, al notar el ligero mareo que comenzaba a aparecer, pensó que quizás esta vez funcionaría. Que al fin podría dormir profundamente.
Se levantó de nuevo, esta vez hacia el pequeño rincón donde estaba la lavadora. Había dejado ropa acumulada por días, y en un intento automático de sentirse productiva, comenzó a meter prendas dentro. El sonido del tambor al girar, el agua llenándose… todo parecía lejano, como si ocurriera detrás de una pared invisible.
Entonces recordó algo.
Las pastillas.
Su mente, ya nublada, no registró que ya las había tomado.
Volvió sobre sus pasos, tomó el frasco otra vez… y repitió el gesto.
Menos de diez minutos habían pasado.
No hubo dramatismo.
No hubo gritos.
No hubo tiempo para darse cuenta.
El sueño llegó de golpe, pesado, absoluto.
Se dejó caer en el sofá, aún con la ropa de casa, con el sonido lejano de la lavadora girando como único testigo. Sus párpados se cerraron lentamente, y su respiración se volvió cada vez más profunda… más distante…
Hasta que simplemente…
no despertó.
No hubo ruido.
No hubo una luz brillante.
No hubo voces llamándola.
Solo oscuridad.
Una oscuridad tranquila, infinita… como si el mundo hubiera contenido la respiración.
Y entonces.. muy, muy a lo lejos.. algo cambió.
Un latido.
Suave.
Ajeno.
Como si no fuera suyo.
Otro.
Y otro más.
El calor reemplazó al frío.
La nada comenzó a llenarse de algo… extraño… envolvente… casi reconfortante.
Y en ese espacio entre la ausencia y el regreso, donde el tiempo no parecía existir, una sensación se abrió paso.. No era el final.
Era un comienzo.
Los latidos, que al principio eran lejanos y desordenados, comenzaron a tomar ritmo… a volverse constantes, envolventes. Ya no eran solo una sensación: eran el pulso de algo vivo.
Luego vinieron las voces.
Difusas al inicio, como ecos atrapados en agua, susurraban palabras que ella no entendía. Pero poco a poco, como si alguien ajustara una perilla invisible, esas voces se volvieron claras… humanas… cargadas de emoción.
Y entonces llegaron las imágenes.
No eran recuerdos propios.
Eran… la vida de alguien más.
Una niña pequeña, de cabello oscuro y mirada insegura, observando desde la distancia un gran salón iluminado por candelabros. Nadie la llamaba. Nadie la buscaba. Solo miraba… como si supiera que no pertenecía allí.
Rebecca Sallow.
El nombre apareció en su mente como un suspiro.
Hija ilegítima de un hombre noble, Lord Sallow. Un hombre que alguna fue respetado.. pero incapaz de darle un lugar verdadero. Aunque había enviudado, nunca se casó con la madre de Rebecca. Nunca la reconoció como algo más que un error silencioso que debía mantenerse al margen.
Y aun así… Rebecca creció.
Con lo justo. Con lo mínimo. Con ese amor incompleto que duele más que la ausencia total.
Las imágenes avanzaron.
Rebecca, un poco mayor, aferrándose a la mano de su madre, sonriendo por primera vez con algo de esperanza. Había sido aceptada en la academia. Un lugar donde, por fin, podría ser alguien más que “la hija ilegítima”.
Pero incluso ahí… no brillaba.
No porque no pudiera.
Sino porque no lo intentaba.
Su atención estaba puesta en otra cosa.
En él.
Lord Whitemond.
Al principio, las imágenes mostraban gestos suaves. Miradas cómplices. Promesas susurradas bajo los árboles del jardín de la academia. Él la hacía sentir elegida… especial… como si por primera vez alguien realmente la viera.
Y Rebecca se aferró a eso con todo lo que tenía.
Pero las imágenes comenzaron a cambiar.
Las sonrisas se volvieron tensas.
Las palabras, cortantes.
Las manos… ya no eran suaves.
Él la aisló poco a poco. Le hizo creer que el mundo era hostil, que solo él podía entenderla. Que debía obedecer… ceder… aguantar.
Rebecca dejó de estudiar.
Dejó de hablar con otros.
Dejó de ser ella misma.
Pensaba que si era lo suficientemente dócil, si era lo suficientemente sumisa… él volvería a ser el de antes.
Pero nunca lo hizo.
Las escenas se volvieron más oscuras, más difíciles de sostener. No eran golpes evidentes ni escándalos públicos… era algo peor.. un desgaste constante, cruel, silencioso. Palabras que herían. Actitudes que la hacían sentir pequeña, inútil, atrapada.
Y aun así… ella se quedaba.
Porque no sabía cómo irse.
Porque creía que ese era el amor que merecía.
Entonces, una escena cambió todo.
Su hermano.
Un joven de mirada firme, el único que parecía verla de verdad. El único que no la juzgaba. El único que intentó sacarla de ese infierno.
Las imágenes se volvieron caóticas.
Un enfrentamiento.
Gritos.
Un empujón.
Y luego… silencio.
El cuerpo de su hermano en el suelo.
Inmóvil.
Los doctores
Las miradas graves.
No volvería a caminar.
Rebecca gritaba, pero nadie parecía escucharla.
No pudo volver a ver a su madre después de eso. Todo se desmoronó demasiado rápido. Fue separada, aislada aún más, consumida por la culpa… por el dolor… por la certeza de que todo lo que tocaba terminaba roto.
Las últimas imágenes eran… insoportables.
Una habitación vacía.
Una ventana abierta.
El viento moviendo suavemente las cortinas.
Rebecca, de pie, con la mirada completamente apagada.
Ya no había lágrimas.
Ya no había miedo.
Solo… cansancio.
Un cansancio profundo, absoluto.
Tenía menos de veintiún años.
Y aun así, sentía que ya había vivido demasiado.
Cuando dio ese último paso… no lo hizo por impulso.
Lo hizo porque no veía salida.
Porque creía que desaparecer era la única forma de dejar de hacer daño.
Las imágenes se rompieron ahí.
Como un cristal que estalla.
Y en medio de ese vacío… de ese dolor que no era suyo pero ahora lo sentía como propio…
una certeza emergió con fuerza.
Esa vida…
esa historia…
ya había terminado.
Pero ahora…
ella estaba ahí.