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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: Sangre, dolor y una anciana con paciencia de santa.

El dinero del viejo alcanzó para un hotel en el Bronx que olía a desinfectante y a decisiones malas.

No fue su primera opción. Vincent caminó durante dos horas por una ciudad que apenas reconocía, buscando algo que se pareciera a los hoteles baratos que conocía: esos lugares sin nombre donde pagabas en efectivo, no hacían preguntas, y si alguien moría en la habitación lo sacaban por la puerta trasera antes del amanecer. El problema era que cada hotel que encontraba le pedía algo que no tenía: una identificación.

¿Identificación? En mis tiempos entrabas, ponías los billetes en el mostrador y te daban la llave. Nadie te preguntaba ni cómo te llamabas.

Después de dos horas arrastrando un cuerpo que sudaba como si estuviera en un horno, con los pies destrozados y el vestido pegado a la espalda, encontró uno. Un edificio estrecho de ladrillo sucio, con un letrero que parpadeaba en rojo y un tipo detrás del mostrador que la miró de arriba abajo con cara de haber visto cosas peores.

—Efectivo —dijo Vincent, poniendo billetes sobre el mostrador. No sabía cuánto costaba. Puso lo que le pareció suficiente.

El tipo miró los billetes. Miró a Vincent. Miró los billetes otra vez.

—¿Identificación?

—Se me perdió.

—Sin identificación no hay habitación.

Vincent puso otro billete encima.

El tipo agarró la llave.

Al menos eso no ha cambiado. El dinero sigue abriendo puertas.

La habitación era un asco. Cama individual con una colcha que probablemente había sido blanca en otra vida, una ventana que daba a un callejón, un baño con una cortina de ducha amarillenta y una televisión vieja atornillada a la pared. Pero tenía cerrojo, tenía paredes y nadie sabía que estaba ahí. Para Vincent Moretti, eso era un palacio.

Se sentó en la cama. Los resortes gimieron bajo el peso. Se quitó las zapatillas y miró los pies hinchados, llenos de ampollas. Pies suaves. Pies que nunca habían caminado más de tres cuadras seguidas.

Emilia. Te llamas Emilia.

Pobrecita. Le tocó peor que a mí, y a mí me mataron a balazos.

Se acostó. El colchón era una porquería, pero el cuerpo estaba tan destrozado que se sintió como una nube. Cerró los ojos.

Mañana. Mañana pienso.

Durmió catorce horas seguidas.

Se despertó con hambre. Un hambre brutal, animal, que le rugía en el estómago como si tuviera un gato encerrado. Se vistió —otra vez la pesadilla de la ropa, todo apretado, todo incómodo, cada prenda diseñada para recordarle que este cuerpo era un territorio hostil— y bajó a la calle.

Lo primero que necesitaba era información. Necesitaba saber una cosa: si alguien estaba buscando a la mujer que mató a un viejo en un pent-house.

Encontró un puesto de periódicos. Al menos eso existía todavía.

Periódicos. Papel. Tinta. Algo que entiendo.

Compró tres. Los abrió uno por uno en la esquina, pasando las páginas con dedos torpes mientras el viento le volaba el pelo en la cara cada tres segundos.

¿Cómo hacen las mujeres para vivir con este pelo? Es como tener una cortina pegada a la cabeza.

Nada. Ni una línea. Ni una foto. Ni una mención de un viejo muerto en un pent-house de Manhattan. Página tras página: política, economía, deportes, una actriz que se separó de otro actor, un escándalo de alguien que no conocía.

Nada de nada.

O todavía no lo encuentran, o a este viejo no lo quería nadie.

Probablemente las dos cosas.

Se compró un café y algo de comer en un lugar que tenía un menú con fotos —benditas fotos, porque no entendía la mitad de las palabras— y se sentó junto a la ventana. Afuera, Nueva York hacía lo que siempre hacía: moverse. Pero todo era distinto. Los carteles publicitarios eran pantallas que cambiaban solas. Los semáforos tenían cuenta regresiva. La gente cruzaba la calle con esas tablitas pegadas a la cara, sin mirar, confiando ciegamente en que nadie los iba a atropellar.

En mis tiempos, si cruzabas sin mirar te pasaba un tranvía por encima y nadie lloraba por ti. Selección natural.

Un tipo en la mesa de al lado tenía una de esas tablitas. Grande, brillante, con imágenes que se movían cuando la tocaba con el dedo. Vincent lo observó durante diez minutos sin disimular. El tipo deslizaba el dedo hacia arriba y las imágenes cambiaban. Tocaba algo y aparecía otra cosa. Escribía sin teclado, solo tocando la pantalla.

Brujería. Esto es brujería con pantalla.

Se terminó el café. Guardó los periódicos en el bolso. No tenía plan. No tenía contactos. No tenía idea de cómo funcionaba nada. Pero tenía efectivo, tenía una habitación, y tenía algo que nunca le había fallado: paciencia. La paciencia de un hombre que había esperado cuatro horas escondido en un callejón para cobrar una deuda. La paciencia de quien sabe que la desesperación mata más rápido que una bala.

Primero sobrevivir. Después entender. Después actuar.

Las reglas no habían cambiado. Solo el escenario.

Volvió al hotel. Contó el dinero que quedaba. Suficiente para unos días. Tal vez una semana si comía poco, que iba a ser difícil porque este cuerpo parecía tener hambre cada tres horas como si tuviera un agujero en el estómago.

Se acostó. Pensó en el viejo. No le importó. Pensó en Tommy Gallagher. Le importó demasiado. Pensó en Emilia, en su cara en el espejo, en sus recuerdos tristes, en su familia de mierda.

Voy a necesitar un plan. Un buen plan. Pero primero necesito entender dónde carajos estoy.

Cerró los ojos.

Al tercer día, el infierno llegó sin avisar.

Vincent se despertó a las cuatro de la mañana con un dolor en el abdomen que lo hizo doblarse en la cama como una cucaracha boca arriba. No era un dolor de golpe, ni de bala, ni de puñalada. Era algo peor. Algo profundo, interno, como si alguien le estuviera estrujando las tripas con las dos manos y retorciendo.

¿Me envenenaron? ¿Fue la comida? ¿El café?

Se arrastró al baño. Encendió la luz.

Sangre.

En las piernas. En la ropa interior. En el camisón que usaba para dormir. Sangre oscura, espesa, que no venía de ninguna herida visible.

Estoy sangrando. ¿De dónde estoy sangrando? No tengo heridas. No me cortaron. ¿DE DÓNDE VIENE ESTA SANGRE?

El pánico duró exactamente quince segundos. Quince segundos de Vincent Moretti, el hombre que no le temía a nada, mirando sangre entre sus piernas con los ojos más abiertos que cuando le dispararon seis veces bajo un puente.

Y entonces los recuerdos de Emilia le dieron la respuesta.

Oh.

Oh, no.

No. Esto no. Cualquier cosa menos esto.

La menstruación.

Vincent se sentó en el piso del baño. Frío. Sucio. Con sangre en las manos y un dolor que subía y bajaba en oleadas como si su abdomen tuviera vida propia.

Necesitaba... algo. Los recuerdos de Emilia le decían que necesitaba algo, pero las imágenes eran borrosas, confusas. Algo que se ponía... ¿adentro? ¿Afuera? ¿Encima? No tenía nada. No tenía idea.

Se limpió como pudo. Se puso ropa limpia. Salió del hotel caminando como si tuviera un cuchillo clavado en la cintura. Eran las cinco de la mañana y las calles estaban casi vacías.

Encontró una tienda abierta. Entró. Fue directo al pasillo donde un letrero decía algo de higiene femenina. Lo que encontró fue un muro entero de paquetes rosados, azules, verdes, blancos, con alas, sin alas, nocturnos, diurnos, regulares, súper, ultra, con aroma, sin aroma...

¿Qué clase de infierno tiene tantas opciones para sangrar?

Agarró uno al azar. Fue a la caja. La chica que atendía —joven, con audífonos, mascando chicle— lo miró y pasó el paquete sin decir nada. Vincent pagó y salió.

De vuelta en el hotel, abrió el paquete. Miró el contenido. Le dio la vuelta. Lo miró de nuevo.

¿Esto se pega? ¿Dónde se pega? ¿Cómo se pega?

Tardó quince minutos. Se lo puso al revés. Se le pegó al muslo. Se arrancó tres pelos.

Necesito ayuda.

Se tragó el orgullo —todo el orgullo, cada gota— y bajó a la recepción. Una mujer esperaba el ascensor. Treinta y tantos, traje de oficina, tacones, maletín.

—Disculpe —dijo Vincent—. ¿Me puede ayudar con... con algo?

La mujer lo miró de arriba abajo. La ropa arrugada, el pelo desordenado, la cara hinchada de dormir mal. Algo cruzó su expresión. No fue compasión.

—Estoy ocupada —dijo, y entró al ascensor.

Hija de...

Lo intentó de nuevo. Otra mujer en el lobby. Joven, con una maleta de ruedas. Le hizo la misma pregunta. La chica soltó una risita, dijo "ay, no sé" y se fue mirando su teléfono.

En mis tiempos la gente era más hija de puta, pero al menos te lo decían a la cara.

Y entonces la vio. Sentada en un sillón del lobby, con un periódico abierto y un vaso de café de plástico. Una anciana. Pelo blanco, lentes gruesos, suéter tejido, cara de abuela que ha visto de todo y ya nada la sorprende.

Vincent se acercó. Se sentó a su lado. Y por primera vez en dos vidas, pidió ayuda con honestidad.

—Señora, me va a sonar raro, pero es la primera vez que me pasa esto y no tengo idea de qué hacer.

La anciana lo miró por encima de los lentes. Bajó el periódico. Le miró la cara, le miró las manos —que temblaban sobre el paquete sin abrir de toallas que había comprado de repuesto—, y le miró los ojos.

No preguntó nada. No juzgó. No soltó una risita.

—Ven conmigo, mi niña —dijo, y se levantó.

Subieron a la habitación de la anciana —que era igual de horrible que la de Vincent pero olía a lavanda— y durante los siguientes veinte minutos, una mujer de setenta y tantos años le enseñó a un gángster de los años veinte atrapado en el cuerpo de una mujer gorda cómo ponerse una toalla sanitaria.

—El lado adhesivo va abajo, cariño. Abajo. Pegado a la ropa interior, no a ti.

—Eso tiene más sentido —murmuró Vincent.

—¿De verdad es la primera vez? —preguntó la anciana, sin malicia.

—No tiene idea —dijo Vincent.

La anciana le dio un té caliente, dos pastillas para el dolor, y una palmadita en la mano.

—Bienvenida al club, mi niña. Esto pasa todos los meses. Te acostumbras.

Todos los meses.

Vincent se tomó el té. Se tragó las pastillas. Volvió a su habitación. Se acostó en la cama con la toalla sanitaria puesta —correctamente esta vez— y el dolor mordiéndole el abdomen como un animal con paciencia.

Miró el techo.

Me dispararon seis veces y no lloré. Me traicionó mi mejor amigo y no lloré. Morí en el piso de un almacén y no lloré.

Un cólico le retorció las entrañas.

Le salió una lágrima.

Malditas hormonas.

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MarlingJCF
Joda!!!! ya lo dijo! ☺️
MarlingJCF
Ja!, 🤣🤣🤣
MarlingJCF
Viejo buitre desgraciado /Smug/
MarlingJCF
Esta es la mejor opcion!, usa esa inteligencia tuya
Sabri Nahir Zapata Zini
Súper súper recomendable historia!! La ame
Sabri Nahir Zapata Zini
Aplausos 👏🏽 autora !!! Estuvo fascinante la historia!!! Gracias 😍
MarlingJCF
Tengo dos teorias:

Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.

El viejo Reencarno!
MarlingJCF
Hasta yo estaria en shock🤭🤭🤭
MarlingJCF
Mielga esto se puso de locos! osea que te casaste con tu bisnieto! ay Vicent no te enamores😂😂😂
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
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