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EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

Status: En proceso
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina Yolanda Olivares Carrasco

El Legado de la Ambición En la cúspide del éxito corporativo, los apellidos no son solo nombres; son sentencias. Samantha San Lorenzo ha pasado su vida bajo el escrutinio de una familia que valora la perfección por encima de la libertad. Su mundo de porcelana se agrieta cuando colisiona con Vladimir Musk, un hombre cuya visión del futuro es tan audaz como peligrosa. Lo que comienza como una rivalidad por el control de un imperio se transforma en una atracción prohibida que desafía toda lógica. Entre juntas de accionistas y secretos que podrían hundir industrias enteras, Samantha y Vladimir descubrirán que, en el juego del poder, el corazón es el único activo que no pueden permitirse perder. Una historia de redención, deseo y la lucha por escribir su propio destino.

NovelToon tiene autorización de Paulina Yolanda Olivares Carrasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

La Rebelión del Cielo

POV: Samantha San Lorenzo

Desperté con el sonido de un trueno que pareció nacer en el centro mismo de la habitación. No era el rugido distante al que estaba acostumbrada en la ciudad; era un crujido seco, violento, que hizo vibrar las paredes de vidrio templado de mi dormitorio. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas, y miré hacia el exterior.

El paraíso de Vladimir Musk había desaparecido. En su lugar, un muro de agua gris y sombras feroces envolvía la isla. Las palmeras, que ayer se mecían con elegancia aristocrática, ahora se doblaban hasta casi tocar el suelo, como súbditos aterrorizados ante la ira de un dios pagano.

—Clara... —llamé por instinto, olvidando por un segundo que mi asistente no estaba aquí. Olvidando que, por orden de Vladimir, el personal había sido evacuado a la plataforma de seguridad en el lado opuesto de la isla para darnos "privacidad".

Me levanté y caminé descalza hacia el ventanal. El cristal estaba frío, una barrera invisible entre mi fragilidad y la furia de la naturaleza. De repente, las luces de la habitación parpadearon dos veces y se apagaron. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el viento que aullaba como una bestia herida en los aleros de la casa.

—Fantástico —susurré, abrazándome a mí misma—. Atrapada en una jaula de cristal con el hombre que destruyó mi vida, y ahora sin luz.

Salí al pasillo, guiándome por los destellos de los relámpagos que iluminaban intermitentemente la arquitectura minimalista de la mansión. Cada sombra parecía un recordatorio de mi nueva realidad: una San Lorenzo convertida en moneda de cambio. Llegué a la sala principal, donde las paredes de vidrio ofrecían una vista panorámica del desastre.

Allí estaba él.

Vladimir estaba de pie frente al ventanal, con una linterna táctica en la mano y una tableta que emitía una luz azulada y fantasmal sobre su rostro. No parecía asustado. Parecía... analítico. Como si estuviera tratando de encontrar un error de código en la tormenta.

—El sistema de respaldo de energía ha fallado —dijo, sin girarse. Su voz era tranquila, una bofetada de pragmatismo en medio de mi pánico—. Un rayo alcanzó la matriz de paneles solares del ala norte. Estamos operando con el mínimo de emergencia.

—¿Y el personal? ¿Pueden venir a arreglarlo? —pregunté, acercándome con cautela.

Él se giró finalmente. La luz de su tableta resaltaba las líneas duras de su mandíbula y la intensidad de sus ojos grises.

—Nadie puede moverse en la isla con vientos de ciento cincuenta kilómetros por hora, Samantha. Estamos solos. Tú, yo y esta estructura de diez millones de dólares que, según mis ingenieros, es indestructible. Espero que tengan razón.

Se acercó a mí, y por primera vez en días, no vi al empresario depredador, sino a un hombre enfrentado a algo que no podía comprar ni optimizar. El olor a ozono y lluvia saturaba el aire.

—Tienes frío —observó. No era una pregunta, era un hecho.

—Tengo rabia, Vladimir. El frío es solo un efecto secundario —respondí, aunque mis dientes castañearon ligeramente.

Él suspiró, un sonido humano que me descolocó. Se quitó el suéter de cachemira negra que llevaba y, antes de que pudiera protestar, me lo puso sobre los hombros. El calor de su cuerpo aún impregnaba la prenda, junto con ese aroma a sándalo que empezaba a asociar con el peligro.

—Deja el orgullo para cuando vuelva la luz —dijo, su voz bajando a ese tono barítono que vibraba en mi pecho—. Ahora mismo, necesitamos bajar a la cocina. Si vamos a estar atrapados aquí por las próximas doce horas, prefiero no hacerlo con el estómago vacío. Camina delante de mí, la linterna iluminará tu camino.

Obedecí porque no tenía otra opción, pero mientras bajábamos las escaleras de mármol en la penumbra, sentí que la tormenta exterior no era nada comparada con la que empezaba a gestarse entre nosotros. Estábamos solos en el fin del mundo, y las reglas del mercado ya no se aplicaban.

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