Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 6
La cantina era un refugio de madera oscura y luz ámbar que contrastaba violentamente con la esterilidad del resto de la base. El aire estaba saturado con el aroma de té negro, tabaco fuerte y el eco de risas ruidosas de pilotos que vivían cada día como si fuera el último.
Susana estaba sentada en una mesa circular, rodeada por Dmitri, Sergei e Ivan. Había una botella de vodka premium sobre la mesa, un "regalo" de los mecánicos para celebrar el primer vuelo de la estadounidense. Susana manejaba el ambiente con una naturalidad que desarmaba a los rusos; contaba historias de aterrizajes forzosos en el desierto de Mojave, gesticulando con sus manos pequeñas pero firmes, mientras su cabello borgoña brillaba bajo las bombillas desnudas.
Mikhail estaba sentado frente a ella, pero parecía estar a kilómetros de distancia. No participaba en las bromas. Se limitaba a observar, con un vaso de agua mineral en la mano y esa mirada azul que funcionaba como un escáner de alta precisión. Cada vez que Susana soltaba una carcajada sonora, los ojos de Mikhail se entrecerraban un milímetro, capturando el movimiento de su cuello, la línea de su clavícula y la chispa de desafío que ella le lanzaba constantemente.
—¿Y tú, Mikhail? —preguntó Dmitri, ya con las mejillas encendidas por el alcohol—. ¿Cuándo fue la última vez que aterrizaste con un motor en llamas y una sonrisa en la cara?
Mikhail dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que silenció el grupo.
—Yo no sonrío cuando el equipo falla, Petrov. Yo aterrizo el avión porque es mi deber, no para tener una anécdota que contar en un bar —su voz cortó la alegría como una guillotina.
Susana se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de madera.
—Es una lástima, Capitán —dijo ella, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un ronroneo peligroso—. Debe ser agotador ser perfecto todo el tiempo. Debe ser solitario vivir en una cima donde el aire es tan fino que nadie más puede respirar con usted.
Mikhail le sostuvo la mirada. Durante diez segundos, el resto de la cantina desapareció. No había pilotos, ni música rusa, ni vodka. Solo dos depredadores midiéndose.
—El aire es fino, Reyes, pero la vista es clara —respondió él, poniéndose de pie con una elegancia depredadora—. Señores, mañana el briefing es a las seis. No lleguen tarde. Teniente Reyes, espero que su resistencia al alcohol sea tan alta como su ego.
Se dio la vuelta y salió, dejando tras de sí una estela de autoridad gélida. Susana esperó unos minutos, intercambió un par de frases cortas con Dmitri y luego se disculpó. Su sangre hervía, pero no era por el vodka. Era por él.
El Pasillo de las Sombras
El pasillo que conducía a los alojamientos de oficiales era estrecho y estaba sumergido en una penumbra grisácea. Susana caminaba con paso decidido, escuchando el eco de sus propias botas. Vio la figura de Mikhail al final del corredor, justo antes de que él entrara en el ala de oficiales superiores.
—¡Volkov! —llamó ella.
Él se detuvo, pero no se giró de inmediato. Susana aceleró el paso hasta alcanzarlo. Cuando él finalmente se dio la vuelta, ella no se detuvo. Lo presionó contra la pared de concreto frío, invadiendo su espacio personal con una audacia que habría hecho palidecer a cualquier soldado de la base.
Susana era mucho más baja, pero en ese momento, su presencia llenaba el pasillo. Apoyó una mano en el pecho de él, sintiendo la dureza del músculo bajo el uniforme, y la otra contra la pared, atrapándolo.
—Eres un hombre demasiado apuesto, Mikhail —le dijo, su voz cargada de una honestidad cortante mientras lo miraba directamente a esos ojos de hielo—. Demasiado guapo para ser tan miserable. Eres frío como este maldito país, pero sé que hay algo quemándose ahí dentro. ¿Por qué te esfuerzas tanto en ser una estatua?
Mikhail no se movió. No intentó apartarla, ni mostró sorpresa. Su rostro permaneció impasible, pero su respiración se volvió más profunda, enviando ráfagas de aire cálido sobre la frente de Susana.
—¿Es eso lo que crees, Reyes? —Su voz bajó una octava, volviéndose una caricia peligrosa—. ¿Crees que soy una estatua que puedes esculpir con tus provocaciones?
De repente, la dinámica cambió. Con un movimiento tan rápido que Susana no tuvo tiempo de reaccionar, Mikhail invirtió las posiciones. Sus manos, grandes y fuertes, atraparon las muñecas de Susana y las inmovilizaron sobre su cabeza contra la pared. El cuerpo de Mikhail se presionó contra el de ella, una masa de 1.90 de puro poder alfa que la dejó sin aliento.
Él se inclinó, su rostro a milímetros del de ella. Ya no había rastro del instructor serio; lo que Susana vio fue la crueldad de un hombre que sabía exactamente cuánto poder ejercía. Su mirada azul no era fría ahora; era oscura, hambrienta y letalmente seductora.
—Quieres ver lo que hay bajo el hielo —susurró él contra sus labios, su aliento rozando la boca de Susana—. Pero no estás lista para el incendio, Teniente. Eres una niña jugando con cerillas en una habitación llena de combustible.
Mikhail soltó una de sus muñecas solo para pasar el dorso de sus dedos por la mejilla de Susana, bajando por su cuello con una lentitud tortuosa que le erizó la piel. Su toque era firme, posesivo, cargado de una arrogancia que exigía sumisión absoluta.
—Crees que tu carácter fuerte me impresiona —continuó él, su voz vibrando en el pecho de ella—. Pero aquí, en la oscuridad, tu carácter no te sirve de nada. Soy yo quien decide cuándo respiras, cuándo vuelas y cuándo te quemas. No me busques, Susana. Porque si me encuentras, no quedará nada de la chica orgullosa que llegó de Arizona.
Mikhail se alejó un paso, liberándola de golpe. La dejó allí, apoyada contra la pared, con el corazón latiendo desbocado y los labios entreabiertos por la sorpresa. Él recuperó su máscara de granito en un segundo, ajustando su uniforme como si nada hubiera pasado.
—Mañana a las seis —dijo él, su voz volviendo a ser el barítono gélido de siempre—. Trate de que sus manos no tiemblen cuando tome los controles. Sería una lástima que su "fuego" se apagara tan pronto.
Entró en su habitación y cerró la puerta con un clic metálico que resonó como un disparo en el pasillo vacío. Susana se quedó sola, sintiendo el frío del concreto en su espalda y el calor residual de Mikhail en sus muñecas. Había querido provocar al oso ruso, pero acababa de descubrir que el oso no solo tenía garras, sino un hambre que podría consumirla por completo.
Sonrió para sí misma en la oscuridad, aunque sus manos realmente temblaban un poco.
—Puntual a las seis, Capitán —murmuró—. Y créeme... el incendio solo está empezando.