Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 7.
Tres años pasaron...
Tres años pasaron, tres años que no se miden en calendarios. Se miden en cicatrices que dejan de doler cuando cambia el alma.
Se miden en noches donde el nombre de alguien, deja de salir en voz alta y empieza a repetirse solo por dentro o en un solo susurro cuando lo recuerdas.
Tres años desde el incendio.
Tres años desde que corrí sin mirar atrás.
Tres años desde que entendí que sobrevivir no era lo mismo que vivir… pero era lo único que tenía.
El primer invierno fue el más difícil y no por el frío. Fue por el silencio.
Estaba acostumbrada a caminar con Gabriel a mi lado. A dividir el pan, a discutir estrategias en voz baja y a sentir una presencia respirando cerca cuando el mundo se volvía demasiado grande.
¡Y de pronto, todo dependía de mí!.
Me moví de ciudad en ciudad los primeros meses, nunca demasiado tiempo en el mismo lugar. Trabajos pequeños, como de limpieza y nada que oliera a pólvora o a jerarquías de drogas.
Aprendí a usar nombres distintos sin titubear, a mirar salidas antes de sentarme y a no dormirme profundamente.
La herida de la pierna cerró mal. La cicatriz quedó gruesa e irregular, quedó como un recordatorio permanente de que correr tiene precio.
La otra cicatriz "La invisible" no tardó más en acomodarse.
Al principio buscaba su rostro en cada persona, en cada chico que caminaba con las manos en los bolsillos o en cada risa baja detrás de una esquina.
Después dejé de buscar y no porque dejara de importarme. Mas bien fue porque si te quedas mirando hacia atrás te conviertes en blanco fácil.
El segundo año dejé de huir y empecé a construir una vida. Necesitaba algo estable.
Encontré un departamento en un barrio donde nadie hacía demasiadas preguntas si pagabas a tiempo y mantenías la cabeza baja.
Así que conseguí trabajo en un taller mecánico.No porque supiera de motores, sino porque siempre fui buena observando y aprendo fácilmente.
También supe que la organización que nos había reclutado se disolvió después del incendio. Que “El Loco” ya no tenía el mismo control, que algunos lo traicionaron y que otros desaparecieron.
Empecé a entrenar, al principio por la pierna y para que dejara de fallarme en los momentos críticos. Después por la cabeza, donde leí todo lo que pude sobre movimientos, defensa personal, psicología básica. No para convertirme en heroína.
Fue para no volver a ser una presa fácil.
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Mi cuerpo también cambió, ya no era la chica delgada con ojos grises y cabello castaño con cuerpo de niña.
A los 20 años mi silueta no pasaba desapercibida, demasiado llamativa para los hombres diría y eso en lagunas ocasiones me jugaba en contra.
El tercer año fue el más peligroso. porque fue el año en que dejé de tener miedo de morir, más bien de recordar.
Un día escuche a un cliente del taller mencionar un nombre que me congeló la sangre.
"Gabriel"... No como susurro nostálgico, era un rumor actual.
_ Dicen que hay uno que sobrevivió a la purga de la bodega _ comentó a uno de los mecánicos _ Se movió al sur ahora y trabaja solo. Y todos lo que lo conocen dicen que es frío y meticuloso.
No pregunté nada y no reaccioné... Pero por dentro algo volvió a latir con fuerza.
Esa noche no dormí, si Gabriel estaba vivo, significaba que también había aprendido, que también había cambiado y que si nuestros caminos volverían a cruzarse, no sería nunca como antes... Porque seríamos como dos sobrevivientes que se deben una explicación.
Yo también me había vuelto más dura. Puesto que en varias ocasiones los hombres intentaron sobrepasarse conmigo y donde a mas de uno lo tuve que dejar con la nariz fracturada.
Una noche, dos chicos intentaron seguirme después del trabajo. No sabían quién era, solo buscaban vulnerabilidad en una mujer.
Ese dia la encontraron en la Aurora equivocada. Ya que cuando uno de ellos intentó tocarme casi mato a golpes a los dos y cuando uno de ellos se levantó del suelo con la nariz sangranda... Aprendió que algunas mujeres no corren.
También hubo reconstrucción, compré un cuaderno, no para escribirle a Gabriel. Más bien era para escribirme a mí.
Donde me convertí en estratega de mi propia vida, porque si alguna vez volvía a enfrentarme a alguien, quería hacerlo desde la ventaja.
También empecé a ahorrar... Pero no para huir, porque tres años me enseñaron a quedarme.
A veces, en las madrugadas más silenciosas, me permitía recordar sin que me doliera tanto... El beso detrás del galpón, la camiseta de mangas largas que me hacía parecer peligrosa, su risa baja cuando decía “siempre el pan”.
No lloro, porque ya no quiera hacerlo. Si no porque aprendí que la tristeza prolongada te ralentiza y yo no puedo permitirme ir lenta.
No sabia si Gabriel estaba vivo o si ese rumor era real o solo una coincidencia cruel... Pero supe algo con absoluta certeza: Si vivía , ya no era el mismo chico que me empujó hacia la salida de carga y yo tampoco era la chica que dudó en correr.
Tres años sola no me rompieron.... Me templaron como acero que pasa por fuego y martillo hasta perder la forma original.
Caminando con la cicatriz visible marcando cada paso cuando cambia el clima y con la línea invisible, recordándome que amar fue mi mayor riesgo y mi mayor fuerza.
ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora