En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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capitulo 13
El Altar de la Noche no era una construcción, sino una cicatriz en el corazón del mundo. Se encontraba en la base misma del cañón, donde el aire era tan denso y pesado que cada respiración se volvía un esfuerzo consciente. Era un anfiteatro natural de roca volcánica, cuyas paredes estaban pulidas por eones de vientos místicos y grabadas con las crónicas olvidadas de los primeros reyes del Vacío. En el centro, un monolito de hierro estelar levitaba a un metro del suelo sobre una grieta en la roca de la que emanaba un vapor violeta: el aliento del Abismo Primordial.
Valerius me esperaba allí, su silueta recortada contra la bruma etérea. Había abandonado su armadura de guerra; vestía una túnica de seda negra y sujeta por un cinturón de obsidiana. Su piel, expuesta a la magia pura del lugar, parecía irradiar una luz fría, y sus ojos eran dos pozos de gravedad absoluta. Los siete generales observaban desde las sombras de las gradas, sus rostros ocultos tras máscaras de hueso, sus posturas rígidas como estatuas.
—Este es el punto de no retorno, Elena —dijo Valerius, su voz resonando en las paredes del abismo como el trueno de un juicio final—. Si tu sangre no es lo suficientemente fuerte para contener el Vacío, no habrá cuerpo que enterrar. Solo quedará un eco de tu nombre, y ese eco se desvanecerá en la nada.
Lo miré. Sus palabras no buscaban infundir miedo, sino medir la extensión de mi voluntad.
—Mi sangre ha esperado tres siglos por este momento, Valerius —respondí, mi voz serena pero cargada de una determinación de acero. Caminé hacia el altar, mis pasos firmes sobre la roca helada. Mis propias sombras se agitaron a mi alrededor, ansiosas, como mascotas preparadas para una caza—. No vine aquí para ser un eco. Vine para ser el estruendo que borre los viejos nombres.
El Vínculo de Sangre y Alma
Nos colocamos a ambos lados del altar, enfrentándonos. La distancia entre nosotros se cargó de una electricidad tensa, casi palpable. Valerius desenvainó una daga de cristal transparente que parecía absorber la poca luz del lugar, haciendo que la punta brillara con una oscuridad propia. Hizo un corte preciso en su palma derecha, y su sangre, oscura como el vino añejo y espesa como la brea, goteó sobre la superficie del hierro estelar. El monolito rugió, una vibración profunda que sentí en lo más hondo de mis huesos, respondiendo al llamado de su linaje.
Tomé la daga. El frío del cristal era doloroso contra mi piel, pero real. Mis dedos temblaron ligeramente, no por miedo, sino por la magnitud de lo que estaba a punto de hacer. Corté mi propia palma, uniendo mi mano a la suya sobre la piedra levitante.
En el instante en que nuestras sangres se mezclaron, fundiéndose en un remolino carmesí sobre el altar, el mundo se disolvió.
No estábamos en el cañón. Estábamos en un espacio sin dimensiones, un vacío donde el tiempo era una espiral y el espacio una mentira. Sentí la mente de Valerius fundirse con la mía: sus batallas, la soledad milenaria de su trono, su ambición desmedida que no conocía límites. Y él sintió la mía: mi acecho en el Sur, mi hambre por su oscuridad, el poder latente de los Vallemont que finalmente encontraba su cauce. Era como si nuestros cerebros se hubieran fusionado en un solo torbellino de emociones y recuerdos.
El Despertar de la Sombra Primordial
Pero algo salió horriblemente mal. La unión de nuestros linajes actuó como una llave en una cerradura que nunca debió abrirse. Desde las profundidades del Vacío Primordial, una presencia ancestral, vasta y sin forma, la Sombra Primordial que mis antepasados habían intentado contener y dominar, despertó.
Era una masa de oscuridad consciente, sin ojos, sin voz, pero con una voluntad abrumadora que no reconocía a reyes ni a emperadores. Era el hambre misma. Sentí cómo empezaba a drenar la vida de Valerius. Él, el hombre que nunca había retrocedido, que había resistido el tormento y la magia más oscura, empezó a palidecer. La entidad lo estaba usando como un puente, como un embudo para cruzar a nuestro mundo, consumiendo su esencia vital segundo a segundo.
—¡Elena... corta... el vínculo! —logró gruñir Valerius, su voz desgarrada. Sus ojos, antes llenos de la fiereza del cuervo, empezaron a perder el brillo, y su mano tembló contra la mía, fría y débil.
—No —susurré, aunque mis propios sentidos empezaban a fallar. Mi cabeza latía con una presión insoportable, como si fuera a explotar—. No voy a dejar que te lleve.
En lugar de soltarlo, hundí mis dedos en la herida de su palma, forzando a mi propia oscuridad, el legado Vallemont, a entrar en su sistema, a luchar por él. Recordé las palabras del libro prohibido con una claridad cegadora: "La estirpe de los Vallemont no sirve al Vacío; lo reclama. La sombra es el poder que alimenta, no el amo que esclaviza." Dejé de resistirme a la entidad. En cambio, le abrí las puertas de mi propia mente, de mi propia alma, de par en par, no para que pasara a través de mí, sino para devorarla. Usé mi voluntad, forjada en la soledad y la ambición, como un lazo, envolviendo a la Sombra Primordial y arrastrándola hacia mi propio núcleo. El dolor fue indescriptible; sentí que mis venas se llenaban de fuego líquido y que mi mente se fragmentaba en mil pedazos, un millón de gritos silenciosos.
Pero funcionó.
El Renacimiento de la Emperatriz del Abismo
Con un grito que no era mío, sino de la propia entidad, un grito que sacudió los cimientos del Reino Oscuro, la Sombra Primordial fue absorbida. El altar estalló en una onda de choque que lanzó a los generales por los suelos, haciéndolos retroceder entre gemidos de dolor.
Cuando el humo violeta se disipó, Valerius y yo seguíamos de pie, con las manos aún entrelazadas. Pero algo había cambiado. Mi piel, antes pálida, ahora tenía un brillo nacarado, como si la luna misma hubiera dejado un beso en ella. Mis ojos, antes oscuros, ahora tenían motas de ese violeta eléctrico del Vacío, pulsando con una energía que el mundo nunca antes había visto.
Valerius me miró. Recuperó el aliento, su pecho subiendo y bajando. Su expresión ya no era solo de deseo, sino de puro asombro y, quizás por primera vez en su vida, de una reverencia profunda.
—Lo has hecho —murmuró, su voz temblando ligeramente—. Has reclamado el hambre del Abismo. Lo has convertido en tu propia sangre.
Se arrodilló ante mí, allí mismo, sobre el hierro estelar, frente a sus generales que aún intentaban ponerse en pie, con el respeto forzado por una nueva era de terror. Tomó mi mano herida, ya cicatrizada y brillante, y la besó con una solemnidad que selló el pacto de una forma que nadie en el Norte olvidaría.
—Ya no eres solo mi igual, Elena —dijo, mirando hacia arriba con una sonrisa depredadora que habría hecho temblar al sol—. Eres la razón por la que este mundo finalmente conocerá el verdadero miedo.
Me incliné hacia él, sintiendo el poder absoluto recorriendo cada fibra de mi ser, un poder que ahora era mío.
—Levántate, Valerius —dije, mi voz ahora con un matiz de autoridad que hacía que las sombras del cañón se postraran ante mí—. El Sur nos espera. Y esta vez, no iremos de incógnito. Iremos a reclamarlo.