El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 9
El capítulo 7 es el punto de ruptura donde el pasado de Valeria en Madrid choca frontalmente con su presente en Seúl. La burbuja onírica se ve amenazada por la realidad más mundana: una llamada telefónica.
Capítulo 7: El Eco del Teléfono
Despertar en Seúl después de lo que ocurrió en Insadong fue como tener una resaca de emociones. Mis labios todavía guardaban el hormigueo del "casi" de anoche, esa electricidad estática que se queda en el aire después de un rayo. Me quedé mirando el techo del hotel, escuchando el murmullo lejano del tráfico de Gangnam, intentando procesar que el hombre más frío de Corea del Sur me había sujetado como si fuera lo único sólido en su universo.
—Es solo trabajo, Valeria. Concéntrate —me mentí mientras me ponía un vestido de lana color teja y unas botas altas.
Pero mi cuerpo sabía que no era solo trabajo. Mi cuerpo recordaba el calor de su pecho y la forma en que su aliento se mezcló con el mío en el frío de la noche.
Llegué a la oficina con una mezcla de nervios y una confianza renovada. Al entrar en la planta 42, me crucé con Min-ho en el pasillo. Él iba caminando rápido, rodeado de tres asistentes que le leían informes en tablets. Al verme, se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron mi rostro durante un segundo que pareció una eternidad, buscando algún rastro de arrepentimiento o incomodidad por lo de anoche.
—Buenos días, señorita Valeria —dijo. Su voz era plana, profesional, perfecta. Pero apretó la mandíbula de una forma que lo delató.
—Buenos días, señor Kang —respondí con una sonrisa ligera, manteniendo el tipo.
Él asintió brevemente y siguió su camino sin decir nada más. La frialdad había vuelto, pero esta vez se sentía como una máscara mal ajustada. Sabía que él estaba luchando contra sus propios impulsos, y esa pequeña victoria me dio fuerzas para afrontar la mañana.
Me encerré en mi despacho para terminar el plan de medios para el lanzamiento. Llevaba dos horas sumergida en hojas de cálculo cuando mi teléfono personal, que estaba sobre la mesa, empezó a vibrar con una insistencia que me distrajo. Miré la pantalla.
Marcos. Llamada de FaceTime.
Sentí un vuelco en el estómago. En los últimos días, Marcos se había convertido en un recuerdo borroso, una sombra de una vida que ya no sentía como mía. Con un suspiro de culpa, deslicé el dedo por la pantalla y acepté la llamada.
—¡Val! ¡Por fin te pillo! —la cara de Marcos llenó la pantalla. Estaba en nuestro salón en Madrid, con su sudadera de la universidad y esa sonrisa de "chico bueno" que siempre me había parecido reconfortante y que ahora me resultaba extrañamente ajena—. Llevo dos días intentando hablar contigo. Elena dice que estás haciendo un trabajo increíble, pero que apenas contestas a los correos.
—Hola, Marcos. Lo siento, es que el cambio horario es criminal y el ritmo aquí es una locura —dije, intentando forzar una naturalidad que no sentía.
—Te echo de menos, fea. La casa está vacía sin tus dramas con el café por la mañana. He estado mirando vuelos para ir a verte el mes que viene. Podríamos pasar un fin de semana en esa zona de playa que me dijiste... ¿Busan se llama?
—Marcos, no... no creo que sea buena idea ahora. Estoy enterrada en trabajo y apenas tengo tiempo para dormir —respondí, sintiendo cómo el pecho se me apretaba.
—Venga, Val, no seas así. Necesitas desconectar. Además, he estado hablando con mis padres sobre lo de la reforma de la cocina. Han dicho que nos ayudan con la financiación si nos decidimos por...
En ese preciso momento, la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso.
Min-ho entró con una carpeta en la mano. Se detuvo a mitad de camino al verme con el teléfono en alto. Su mirada cayó sobre la pantalla, donde Marcos seguía hablando de encimeras y reformas.
—¿Quién es ese? —preguntó Min-ho. No lo preguntó en coreano, lo hizo en un inglés afilado como un bisturí.
Me quedé helada. Marcos, al otro lado del mundo, también se quedó en silencio al ver una figura masculina en mi despacho.
—Valeria, ¿quién está ahí? —preguntó Marcos, frunciendo el ceño.
—Marcos, tengo que colgar. Es mi jefe. Te llamo luego —dije rápidamente, cortando la comunicación antes de que él pudiera protestar.
Dejé el teléfono sobre la mesa con un golpe seco. El silencio en el despacho se volvió pesado, casi asfixiante. Min-ho no se movió. Seguía mirándome con una expresión que no supe descifrar: ¿era enfado? ¿era decepción? ¿o eran celos?
—¿Es su novio? —preguntó él, ignorando por completo la carpeta que traía.
—Es alguien de mi vida en Madrid, sí —respondí, recuperando la compostura—. Pero eso no tiene nada que ver con el trabajo, señor Kang.
Min-ho soltó una risa seca, desprovista de humor. Se acercó a mi mesa y apoyó las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia mí.
—Usted viene aquí, entra en mi despacho, me roba una foto personal, me sigue a un mercado nocturno, me habla de "conexiones del alma" y de "corazón"... ¿y luego se encierra a hablar de reformas de cocina con un hombre en Madrid?
—No es lo que parece —dije, sintiendo que la rabia empezaba a ganarle al miedo—. Mi vida personal es mía. Yo no le pregunto con quién cena usted cuando no está conmigo en el mercado.
—¡Yo no ceno con nadie! —exclamó él, levantando la voz por primera vez—. Yo estoy aquí, intentando salvar esta empresa y luchando contra la sensación de que estoy perdiendo la cabeza por una mujer que parece saberlo todo de mí sin conocerme de nada.
Se hizo un silencio sepulcral. Min-ho se dio cuenta de lo que acababa de admitir y apartó la mirada, visiblemente alterado. Se pasó una mano por el pelo, despeinándose por primera vez en toda la semana.
—He venido a decirle que la reunión de esta tarde se ha adelantado —dijo, recuperando su tono frío con un esfuerzo sobrehumano—. Prepárese. Y por favor, mantenga sus asuntos domésticos fuera de estas oficinas.
Salió del despacho cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Me quedé sentada, temblando. "¿Perdiendo la cabeza?", había dicho.
Pasé el resto del día como un autómata. La reunión fue tensa. Min-ho me ignoró sistemáticamente, rebatiendo cada una de mis sugerencias con una agresividad técnica que me dejó agotada. Los demás ejecutivos intercambiaban miradas incómodas. Era obvio que algo se había roto entre nosotros, o que algo estaba intentando nacer y él lo estaba asfixiando.
Al terminar la jornada, no quise volver al hotel. Sabía que Marcos me llamaría de nuevo y no estaba preparada para mentirle. Me fui a una cafetería cerca del edificio de Han-Guk, una de esas modernas con paredes de cemento visto y música indie coreana. Pedí un té matcha y me quedé mirando por el ventanal cómo empezaba a llover.