El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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La guerra total estaba por empezar
La mansión Volkov, bajo la vigilancia de Ben Connors, se había convertido en un búnker de alta eficiencia.
Esa noche el aire estaba inusualmente pesado. Ben se encontraba en su habitación, tratando de ignorar el dolor en el hombro y la presencia eléctrica de Valerius, que rumiaba en el despacho de al lado. Mientras tanto, en el ala este, Sage terminaba de arrullar a Leo.
El joven omega se movía con una agilidad que no tenía hace una semana. Sus ojos, antes nublados por el opio, ahora escaneaban cada rincón. Ben le había enseñado una regla de oro: "El silencio no existe. Si no escuchas nada, es porque alguien está conteniendo el aliento".
Sage se detuvo junto a la cuna. Un olor sutil, casi imperceptible, atravesó su nariz. No era el aroma de los guardias de Boris (pólvora y tabaco), ni el de la señora Martha (lavanda). Era aceite de precisión para ballesta.
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Sage no gritó. Con una calma que le heló la sangre a él mismo, tomó el cuchillo de madera, que Ben había reemplazado por uno de metal esa tarde, y se ocultó tras las cortinas.
Unos segundos después, una sombra se deslizó desde el techo con fluidez reptil. El espía, vestido con un traje de camuflaje térmica del Círculo de la Noche, aterrizó sin ruido. Su objetivo era claro: la cuna de Leo. El Círculo no quería matar al heredero. Quería al rehén perfecto para doblegar al Fantasma y al Lobo.
El intruso estaba a un paso de la cuna del bebé, cuando Sage salió de las sombras.
No hubo advertencia. Sage recordó la lección de una mañana: "Usa tu centro. Busca sus puntos ciegos". Se lanzó bajo el brazo del hombre, clavando el cuchillo en el muslo del espía con toda su fuerza.
-¡Agh!- el grito del hombre fue ahogado por la mano de Sage, que le cerró la boca mientras lo empujaba contra la pared, tal y como Ben le había enseñado.
-¡BEN! ¡VALERIUS!- Gritó Sage con todas sus fuerzas.
La puerta de la habitación estalló en pedazos. Ben entró primero con el arma en mano y el brillo azul de su mutación iluminando la habitación como relámpago. Valerius entró a un milisegundo después, liberando una ráfaga de feromonas tan violentas que el espía, ya herido, se desplomó de rodillas, asfixiándose bajo la presencia del Alfa Real.
Ben se acercó al intruso, le quitó la máscara de un tirón y le propinó un golpe seco en la mandíbula para desorientarlo. Luego, miró a Sage. El joven estaba temblando, con el cuchillo ensangrentado en la mano, pero no había bajado la guardia. Estaba protegiendo la cuna con su propio cuerpo.
-Informe, Sage- la voz de Ben estaba cargada con orgullo profesional que hizo que el muchacho se irguiera.
-Entró por el techo. Aceite de ballesta. Iba por Leo.- respondió Sage, con la respiración entrecortada.
Volkov caminó hasta el espía, que intentaba tragarte una cápsula para suicidio. El mafioso le fracturó la mandíbula con un movimiento brutal de su bota antes.
-En mi casa no se muere tan fácil.- gruñó Valerius, miró a Ben y luego a Sage -Boris, llévenlo al sótano. Quiero saber cuantos más hay en la ciudad antes del amanecer.-
Ben guardó su arma y se acercó a Sage. Le quitó el cuchillo con suavidad y le puso una mano en la nuca, transmitiéndole una calma de mando.
-Lo hiciste, Sage. Detectaste el rastro, mantuviste la posición y neutralizaste la amenaza. Hoy, Leo sigue vivo gracias a ti.-
Sage comenzó a llorar, pero esta vez no era de tristeza. Era la euforia de haber dejado de ser una víctima.
Valerius observó la escena, impresionado. Miró a Ben cuya herida en el hombro había empezado a sangrar levemente, pero no mostraba ni un ápice de debilidad.
-Tu sistema funciona, Ben Connors.- admitió el alfa, acercándose al policía -Has convertido a un omega roto en un arma. Pero el Círculo de la Noche acaba de declarar la guerra total. Ya no podemos esperar los días restantes.-
Ben giró el mapa imaginario en la cabeza. La grieta en la seguridad era la señal.
-Salimos mañana.- Sentenció Ben -Si quieren jugar sucio en nuestra casa, nosotros quemaremos la suya.-
Valerius sonrió de esa forma que prometía masacre.
-Entonces prepárate. Por que esta noche, el sótano va a cantar y mañana... mañana Puerto Gris verá por qué el Fantasma y el Lobo son los dueños de este infierno.
El sótano de la mansión Volkov no figuraba en los planos de Puerto Gris. Era un búnker de hormigón qué olía a humedad y miedo. Bajo la única bombilla parpadeante, el espía jadeaba, atado en una a silla de hierro.
Ben Connors entró. Ya no vestía seda, sino su equipo táctico completo. Valerius caminaba a su lado, despojándose del abrigo para revelar su musculatura de un depredador, listo para un festín.
-Tienes tres minutos para convencerme de no dejar que mi socio use sus métodos.- Sentenció Valerius, apoyándose en la mesa.
Ben se acercó con una calma gélida. Su rostro resultaba más aterrador qué cualquier rugido. Sacó una jeringa con un líquido traslúcido.
-Escolpolomina con feromonas de sumisión.- explicó Ben en un susurro - En mi mundo lo llamábamos "el fin de los secretos". No te dolerá, pero tu mente me contará hasta lo que almorzó tu jefe ayer.-
Valerius observó a Ben con una devoción casi religiosa. Ver al Capitán tomar el mando con esa frialdad técnica lo exitaba más que la violencia bruta. Ben inyectó el suero y, en segundos, la voluntad del espía se desmoronó.
-¿Dónde está Valtor?- la voz de Ben era como un látigo.
-La mina de azufre... "El Abismo Negro"... nivel cinco.- balbuceó el hombre con las pupilas dilatadas -Escuadrones solo esperan la señal... quieren al Lobo muerto y al Fantasma como trofeo... El contrato de Leo está en la caja fuerte de cromo.-
Ben se enderezó, guardando la jeringa. Ya tenía las coordenadas. La misión de rescate ahora era una operación de exterminio.
-Boris, llévenlo a una celda.- ordenó Valerius -Que no se mate. Aún es una moneda de cambio.-
Cuando quedaron solos, el silencio se volvió denso. Ben se apoyó en la mesa, sintiendo que el agotamiento y el dolor del hombro finalmente lo alcanzaban. Valerius se acercó y, sin medir palabras, lo rodeó con sus brazos. Ben, contra todo su orgullo, no se resistió. Apoyó su frente contra el pecho del alfa, inhalando el aroma a bosque y tormenta qué ahora sentía como su único refugio.
-Lo hiciste.- Susurró Valerius, hundiendo el rostro en su cabello -Tienes la ubicación. Mañana Puerto Gris sabrá por qué nadie toca lo que es nuestro.-
Ben cerró los ojos, dejando que la calidez den Lobo filtrada sus defensas. Su antigua vida como Capitán Connors se sentía como un eco lejano. En este mundo despiadado, ya no estaba solo. Tenía un ejército, un hijo y un hombre que lo mirara como si fuera un dios de la guerra.
-Pronto habrá mucha sangre Valerius.- Murmuró Ben.
-Que así sea.- respondió el alfa, levantando su barbilla para sellar la promesa con un beso que sabía a pólvora y posesión.
Ben no retrocedió. Aceptó el contacto, reconociendo finalmente que, aunque su mente siguiera el mando, su alma ya había elegido su hogar. El Fantasma de Puerto Gris había aceptado a su Lobo, y la guerra total estaba por empezar.