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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: LOS QUE LLEGARON DEL BOSQUE

La mañana amaneció con un silencio que no era normal. No cantaban los pájaros, no se movían las ramas de los árboles, no había viento en el lago. Alessandra lo sintió antes de abrir los ojos: algo había cambiado. Algo estaba ahí afuera.

Se levantó de la cama con el corazón latiendo rápido. Las sombras a su alrededor se movían inquietas, como si también sintieran algo en el aire. El collar colgaba de su cuello, más caliente que otros días, casi quemando contra su piel.

Bajó las escaleras sin hacer ruido. Aeron ya estaba en la cocina, de pie junto a la ventana que daba al bosque. No se giró cuando ella entró.

—¿Ya lo sientes? —preguntó.

—Sí. ¿Qué es?

—No lo sé. Pero no es como la otra vez. Esto es diferente.

Clarissa y Fiorella bajaron detrás de ella. Sebastián y Nicolás ya estaban en el jardín, con los sentidos alerta, mirando hacia los árboles que se extendían como un muro oscuro.

—¿Qué pasa? —preguntó Fiorella, con la voz más baja de lo habitual.

—No lo sabemos —respondió Sebastián—. Pero algo viene.

Salieron al jardín. El aire estaba frío, más frío de lo que debería para esa época. El lago estaba quieto, negro, como si también estuviera esperando. Y en el borde del bosque, las sombras se movían.

No eran las sombras de Alessandra. Eran más grandes. Más oscuras. Como si algo estuviera saliendo de entre los árboles, algo que había estado dormido mucho tiempo.

Aeron se puso delante de ella.

—No te separes de mí —dijo.

—No pienso hacerlo.

Las sombras del bosque comenzaron a solidificarse. De entre los árboles salieron figuras, una tras otra. No eran como los hombres de las capuchas. Eran más altos, más delgados, con piel pálida que brillaba en la penumbra. Sus ojos no tenían color, solo un vacío blanco que miraba sin ver.

—¿Qué son? —susurró Fiorella.

—No lo sé —respondió Nicolás, con la voz tensa—. Pero no son humanos.

El que iba delante levantó una mano. Su piel era tan blanca que parecía transparente, y en sus dedos, algo brillaba. Una luz fría, como hielo, que se extendía hacia ellos.

—Alessandra Montenegro Valerius —dijo, y su voz era como el crujir del hielo—. Te hemos buscado por mucho tiempo.

—¿Quiénes son? —preguntó Aeron.

—Somos los que estuvieron antes. Los que esperaron. Los que vieron nacer la maldición y la vieron crecer.

—¿Qué quieren con ella?

—Lo que siempre quisimos. Que cumpla su destino.

Alessandra sintió que la sangre se le helaba. Las sombras a su alrededor se agitaron, creciendo, protegiéndola.

—¿Qué destino? —preguntó.

—El que tu sangre eligió hace mil años. El que tu abuela trató de evitar. El que ninguna de las que vinieron antes pudo cumplir. Romper la maldición.

—¿Y si no quiero?

El ser de piel blanca la miró con sus ojos vacíos. En ellos no había amenaza. No había odio. Había algo más viejo. Algo que parecía esperanza.

—Entonces la maldición seguirá. Y con ella, la guerra. Y con la guerra, la muerte. De lobos. De brujas. De humanos. Todo lo que tu abuela trató de evitar.

Alessandra sintió que el collar quemaba contra su piel. La piedra brillaba con una luz que no había visto antes.

—¿Por qué yo? —preguntó—. ¿Por qué tengo que ser yo?

—Porque tu sangre es la única que puede. Porque tu línea fue la que hizo la promesa. Porque sin vos, no hay vuelta atrás.

Aeron dio un paso adelante. Su cuerpo comenzó a cambiar, sus ojos brillaron con una luz dorada.

—Si quieren llegar a ella, van a tener que pasar por mí.

El ser de piel blanca lo miró. En sus ojos vacíos, algo se movió.

—Lobo —dijo—. Tú también eres parte. Sin ti, no hay unión. Sin ti, no hay vuelta. Los dos tienen que elegir. Los dos tienen que estar.

Alessandra miró a Aeron. En sus ojos dorados vio algo que no esperaba. No era miedo. No era duda. Era certeza.

—¿Qué eliges? —preguntó ella.

—A ti. Siempre a ti.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo. Tomó la mano de Aeron y la apretó con fuerza.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó.

El ser de piel blanca levantó la mano. La luz fría en sus dedos se extendió, tocando el lago, tocando el árbol, tocando el suelo.

—Ir al origen. Al lugar donde empezó todo. Donde la primera bruja hizo la promesa al primer lobo. Donde la sangre se unió por primera vez.

—¿Y después?

—Después, vos elegís. Como eligió ella. Como eligieron todas las que vinieron antes. Romper la maldición o dejarla seguir. Unir a los que estuvieron separados o dejarlos como están.

Alessandra apretó el collar en su mano. La piedra brillaba con una luz que parecía venir de otro lugar.

—¿Dónde está ese lugar?

—Aquí. Donde siempre estuvo. Donde tu abuela plantó el árbol. Donde vos aprendiste a sentir. El origen está en vos. En tu sangre. En tu memoria.

El árbol comenzó a brillar. No como las otras veces. Era una luz más profunda, más antigua, que venía de las raíces, del tronco, de las ramas. Una luz que llamaba a Alessandra, que la reconocía, que la esperaba.

—¿Qué hago? —preguntó.

—Lo que tengas que hacer.

Alessandra soltó la mano de Aeron. Caminó hacia el árbol con pasos lentos, sintiendo la tierra bajo sus pies descalzos, sintiendo las sombras moverse a su alrededor, sintiendo el collar quemar contra su piel.

Puso las manos sobre la corteza. Estaba caliente, viva, como si también estuviera esperando.

Cerró los ojos.

Y entonces lo vio.

No era un recuerdo. Era algo más. Algo que estaba en su sangre desde antes de nacer.

Vio a una mujer de cabello oscuro y ojos grises como los suyos, arrodillada junto a un árbol pequeño. Vio a un lobo de pelaje dorado, sentado frente a ella, con los ojos fijos en los suyos. Vio cómo sus manos se unían, cómo su sangre se mezclaba, cómo una promesa se hacía en la luz de la luna.

“Siempre”, dijo la mujer. “Pase lo que pase, siempre.”

“Siempre”, respondió el lobo.

Y en ese momento, Alessandra supo.

No era una maldición lo que los separó. Era el miedo. El miedo de los que vieron lo que podían hacer juntos. El miedo de los que no entendían. El miedo que se transmitió de generación en generación, hasta que nadie recordaba por qué empezó.

Pero ella recordaba. Ahora sí.

Alessandra abrió los ojos. Las lágrimas corrían por su rostro, pero no era tristeza. Era liberación.

—¿Qué viste? —preguntó Aeron.

—A ellos. A la primera. Al primer lobo. Vi la promesa. Vi el miedo que los separó. Vi todo lo que perdimos.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Alessandra lo miró. En sus ojos dorados vio al lobo que había esperado doscientos años. Al hombre que la había encontrado cuando no sabía quién era. Al compañero que la había esperado sin pedir nada a cambio.

—Voy a cumplir la promesa —dijo—. Voy a romper la maldición.

Aeron se acercó. Tomó sus manos entre las suyas.

—Entonces lo hacemos juntos.

—Juntos.

Alessandra cerró los ojos otra vez. Las sombras a su alrededor explotaron en un remolino de oscuridad y luz. El collar brillaba con una intensidad que cegaba. El árbol cantaba con una voz que no era humana.

Y en el centro de todo, ella y Aeron.

Su sangre se mezcló en la tierra. Su magia se unió a su lobo. Su corazón latió junto al suyo.

Y algo se rompió.

No era un sello. Era algo más viejo. Algo que había estado ahí desde antes de que ella naciera. Algo que había separado a los lobos de las brujas durante mil años.

Alessandra sintió que el mundo se abría a su alrededor, que algo fluía libre, que algo que había estado atado por fin se soltaba.

Cuando abrió los ojos, los seres de piel blanca ya no estaban. El lago brillaba bajo el sol. El árbol estaba quieto, en paz. Y en el aire, algo había cambiado.

—¿Qué pasó? —preguntó Fiorella, con la voz temblorosa.

—Se rompió —dijo Alessandra—. La maldición. Se rompió.

Clarissa soltó un suspiro que parecía haber estado guardando años.

—¿Y ahora qué?

—Ahora vivimos. Como ella querría. Como siempre debió ser.

Aeron la tomó de la mano. En sus ojos dorados había algo que Alessandra no había visto nunca. Paz.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien. Por primera vez, estoy bien de verdad.

Aeron la besó. No fue un beso de despedida. Fue un beso de comienzo.

Y en el jardín, junto al lago, las sombras de Alessandra descansaban en paz.

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