Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 04
Valeria comienza a entrenar sus poderes junto a Isabella.
El amanecer antes de la partida no trajo consigo la luz del sol, sino una niebla espesa que cubría los campos de entrenamiento de la mansión Mondragón. Isabella estaba de pie en el centro del círculo de piedra, vistiendo ropas de cuero cómodas para el combate. Frente a ella, Valeria intentaba regular su respiración, pero pequeñas chispas de electricidad bailaban entre sus dedos.
—La magia no es solo fuerza, Valeria —dijo Isabella, su voz cortando la niebla—. En la guerra, la magia es una extensión de tu voluntad. Si tu voluntad flaquea, tu fuego te quemará a ti y tu hielo se romperá.
—Lo sé, madre. Es solo que... siento que todo está ocurriendo demasiado rápido —admitió Valeria, levantando las manos.
—Entonces, haz que el tiempo se detenga para ti —ordenó Isabella.
De repente, Isabella lanzó una ráfaga de viento cortante hacia su hija. Valeria reaccionó por instinto, levantando un muro de hielo supremo. El impacto hizo que la tierra vibrara. Sin darle respiro, Isabella invocó llamas carmesíes que rodearon a Valeria.
—¡Usa el agua! —gritó Isabella—. ¡Recuerda que el hielo es solo agua que ha decidido ser fuerte! ¡Transforma tu miedo!
Valeria cerró los ojos y visualizó el núcleo de calor en su pecho. Extendió los brazos y el muro de hielo se derritió en un instante, convirtiéndose en una marea hirviente que apagó el fuego de su madre y se transformó en vapor denso. En medio de la ceguera del vapor, Valeria sintió una presencia a su izquierda. Giró y lanzó un rayo de energía pura, que Isabella bloqueó con un escudo de viento.
Ambas se detuvieron, jadeando. El poder que emanaba de Valeria era crudo, casi salvaje.
—Tienes los cuatro dones —dijo Isabella, acercándose para limpiar una mancha de hollín de la frente de su hija—. Rayo, fuego, viento y hielo. Tu abuelo Viktor estaría orgulloso, pero también aterrorizado. Ese nivel de poder atrae a los enemigos como la miel a las moscas.
—Madre... —Valeria bajó la mirada—. ¿Tuviste miedo la primera vez que peleaste por tu vida?
Isabella guardó silencio por un largo momento. Las imágenes de su "primera vida", de la traición de Mathias y la oscuridad de la celda, cruzaron su mente.
—Tuve terror, Valeria. Pero el miedo es una herramienta. Te mantiene alerta. El problema es cuando el miedo se convierte en desesperación. Prométeme que, pase lo que pase en el frente, no dejarás que la venganza o el odio nublen tu juicio.
—Lo prometo —respondió la joven, abrazando a su madre con fuerza. Isabella la sostuvo, sintiendo la fragilidad de la juventud bajo la capa de guerrera.
Mientras tanto, en el campamento militar de la capital, la atmósfera era muy distinta. Alejandro, un joven noble de cabello oscuro y ojos decididos, ajustaba las correas de su montura. A diferencia de Valeria, él no procedía de un linaje de magos supremos, pero su habilidad con la espada y su mente estratégica le habían ganado un lugar como líder de escuadrón a una edad temprana.
Su padre, un veterano de mil batallas, se acercó a él con un estandarte en la mano.
—Mañana será la primera vez que lideres hombres en una matanza real, Alejandro. ¿Estás listo para cargar con el peso de sus vidas?
Alejandro miró hacia el horizonte, donde las sombras de las montañas parecían monstruos agazapados. Pensó en Valeria, a quien había visto entrenar desde la distancia, admirando su fuego y su gracia. Sabía que ella iría a la guerra, y esa idea le provocaba una punzada de angustia que no podía explicar.
—No sé si alguien está realmente listo para eso, padre —respondió Alejandro, desenvainando su espada para comprobar el filo—. Pero el imperio no necesita hombres listos, necesita hombres que cumplan con su deber. No dejaré que el Trébol caiga.
—La primera batalla te cambiará —advirtió su padre con tristeza—. Solo asegúrate de que el hombre que regrese siga siendo alguien a quien yo pueda reconocer.
Alejandro asintió, guardando su arma con un clic metálico que sonó como una sentencia. Se dirigió hacia su tienda, donde su armadura brillaba bajo la luz de las antorchas. Revisó los mapas, estudió las rutas de suministro y repasó cada táctica que había aprendido. Sabía que la guerra que se avecinaba no se ganaría solo con magia o con acero, sino con la voluntad de sobrevivir a lo imposible.
Esa noche, mientras el imperio dormía un sueño inquieto, Alejandro se sentó frente a su casco, observando su reflejo en el metal pulido. Ya no era el joven que jugaba a los caballeros en los jardines; era un comandante del imperio Cylrus.
Alejandro se prepara para liderar su primera batalla.