Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 4
Narrado por: Isabella
El sol no entra en esta casa; se filtra, pálido y temeroso, como si pidiera permiso a Alexander para iluminar el mármol. Me desperté antes de que sonara la alarma, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sensación opresiva de que las paredes de esta habitación se habían estrechado durante la noche. Todo aquí es de un azul tan oscuro que parece negro, o de un gris que recuerda a las mañanas de invierno en los cementerios.
Miré el reloj de mesa. Las siete y cuarenta y cinco. La "Regla número ocho" de Alexander Thorne vibraba en mi mente con la fuerza de una amenaza: Desayuno a las ocho en punto. Ni un minuto más tarde.
—No soy un soldado, Alexander —susurré al aire viciado de la estancia, mientras apartaba las sábanas de seda que se sentían como agua fría sobre mi piel.
Me vestí deprisa, eligiendo deliberadamente un jersey amarillo mostaza. Era lo más brillante que tenía en mi maleta, un grito de guerra visual contra la monotonía de esta mansión. Me cepillé el cabello castaño con furia, tratando de desenredar no solo los nudos de mi pelo, sino el nudo que tenía en la garganta desde que vi a mi padre por última vez. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Alexander bajo la lluvia, con esa cicatriz que parecía un rayo petrificado en su rostro, dándome la noticia que acabó con mi mundo.
Bajé las escaleras a las ocho menos dos minutos. El eco de mis pasos sobre el mármol me hacía sentir como una intrusa en un museo prohibido. El comedor era una estancia vasta, con una mesa de roble tan larga que parecía diseñada para que dos personas necesitaran binoculares para verse. Alexander ya estaba allí, sentado a la cabecera, leyendo un periódico impreso. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.
—Llegas dos minutos antes —dijo. Su voz era un trueno sordo que llenó el espacio—. Un buen comienzo. Siéntate.
Me senté a tres sillas de distancia de él. Quería espacio. Quería oxígeno.
—Buenos días para ti también, Alexander —respondí con una ironía que no pareció afectarle.
Un hombre uniformado, cuyo nombre todavía no conocía, apareció de la nada y colocó frente a mí un plato con fruta picada, tostadas y un café negro tan fuerte que el aroma me hizo arrugar la nariz.
—No tomo café negro. Me gusta con mucha leche y azúcar —dije, mirando al camarero.
—El azúcar nubla la mente y la leche es para los niños —intervino Alexander, sin apartar los ojos de las noticias—. Bebe el café. Hoy tienes un horario apretado. El tutor de historia y derecho civil llegará a las nueve. La profesora de francés a las once.
Dejé caer la cuchara sobre la porcelana con un estrépito deliberado.
—No quiero un tutor de derecho civil. Estaba estudiando diseño de modas, Alexander. Tenía una vida encaminada a la creación, no a los códigos penales.
Por fin, bajó el periódico. Sus ojos grises, rodeados de pestañas oscuras y densas, se clavaron en los míos. La cicatriz que nacía en su pómulo y moría cerca de su boca se tensó cuando apretó la mandíbula. Era un hombre joven, no debía pasar de los treinta y cinco, y si no fuera por esa marca y la sombra de muerte que lo rodeaba, sería dolorosamente atractivo. Pero era una belleza peligrosa, como la de un filo de obsidiana.
—El diseño no te servirá de nada si alguien decide que eres una moneda de cambio útil —sentenció—. Necesitas entender cómo funciona el mundo real, el mundo legal y el... otro. Tu padre quería que fueras libre, Isabella. La ignorancia no es libertad, es vulnerabilidad.
—Mi padre quería que fuera feliz —le corregí, sintiendo las lágrimas agolparse de nuevo—. Y tú me estás quitando eso segundo a segundo. Me tratas como a una prisionera.
—Te trato como a alguien que quiero mantener con vida. Hay una diferencia sutil que pareces no captar —se levantó, dejando el periódico doblado con una precisión casi obsesiva—. Termina tu desayuno. No tolero la impuntualidad con los profesores.
Se marchó sin decir más, dejándome sola en ese desierto de lujo y silencio.
El resto de la mañana fue un desfile de rostros grises. El tutor de derecho era un hombre mayor que hablaba con una voz monótona sobre sucesiones y contratos. La profesora de francés era una mujer rígida que corregía mi pronunciación con una regla de madera. Sentía que me estaban robando el alma, pieza por pieza, tratando de moldearme para que encajara en los muros de piedra de la Bestia.
Para la una de la tarde, cuando me dieron un respiro, sentía que iba a explotar. Necesitaba color. Necesitaba algo que me recordara que seguía viva, que seguía siendo Isabella Colón y no solo "la protegida de Thorne".
Salí al pasillo y busqué a la señora Miller, la única persona que parecía tener un rastro de humanidad en sus ojos. La encontré en la lavandería.
—Señora Miller, necesito... —me detuve, pensando en mi petición—. Necesito flores. Y telas. Y tal vez algunas pinturas. Mi habitación parece una celda de lujo.
La mujer me miró con una mezcla de lástima y temor.
—Señorita, el señor Thorne prefiere la sobriedad. Él dice que el desorden visual distrae de lo importante.
—El señor Thorne no vive en mi habitación —repliqué, cruzándome de brazos—. Por favor. Tiene que haber algo en el ático o en los depósitos. Mi padre siempre decía que una casa sin flores es una casa sin alma.
La mención de mi padre pareció ablandarla. Media hora después, estaba subiendo a mi cuarto con un par de jarrones de cristal que encontré en la alacena de servicio, unas cuantas telas de seda de colores vibrantes que habían pertenecido a una decoración antigua y, lo más importante, unas tijeras y pegamento.
Me puse a trabajar con una energía que no había sentido desde la muerte de mi padre. Quité las pesadas cortinas de terciopelo azul que impedían la entrada de la luz y, usando las sedas, improvisé unos alzapaños de color carmesí y oro. Coloqué las flores que logré arrancar a hurtadillas del jardín trasero (unas margaritas silvestres y unas cuantas rosas amarillas que desafiaban el orden geométrico de Alexander) en los jarrones. Saqué mis bocetos de moda y los pegué en las paredes, creando un collage de vestidos, colores y texturas sobre el papel tapiz grisáceo.
Incluso saqué mi pequeña radio y puse una emisora de jazz suave. La música llenó los rincones de la habitación, ahuyentando las sombras que Alexander cultivaba con tanto esmero. Por un momento, mientras veía mis telas ondear con la brisa que entraba por la ventana abierta, me sentí yo misma.
Pero el silencio de la mansión Thorne tiene oídos.
A las cinco de la tarde, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. No hubo un toque previo. No hubo cortesía. Alexander entró como una ráfaga de viento helado, deteniéndose en seco en medio de la alfombra.
Su mirada recorrió las paredes llenas de dibujos, los jarrones con flores silvestres y la música que seguía sonando de fondo. Sus ojos se detuvieron en las sedas de colores que ahora adornaban sus cortinas "perfectas". Parecía que acababa de entrar en una dimensión desconocida que le causaba una alergia física.
—¿Qué es esto? —preguntó. Su voz era tan baja que daba miedo.
—Se llama decoración, Alexander —dije, tratando de mantener la voz firme mientras permanecía sentada en el borde de la cama—. O vida. Como prefieras llamarlo.
Él caminó hacia una de las paredes y arrancó uno de mis bocetos. Era un diseño de un vestido de noche color esmeralda, uno de mis favoritos. Lo miró como si fuera un bicho raro antes de dejarlo caer sobre la mesa.
—Te dije que no intentaras cambiar nada de lo que veas aquí —me recordó, acercándose a mí hasta que su sombra me cubrió por completo—. Esta casa tiene un orden por una razón. El caos atrae la atención. El color es una distracción.
—¡El color es alegría! —le grité, poniéndome de pie—. Mi padre me enseñó que la belleza es lo que nos hace humanos. Tú pareces haberlo olvidado. Vives en un mausoleo, Alexander. Estás muerto en vida y quieres arrastrarme contigo.
Vi cómo la vena de su cuello palpitaba. Por un momento, pensé que iba a gritar, o peor, que iba a arrancar todo lo que yo había puesto con tanto esfuerzo. Su mano se cerró en un puño y la cicatriz de su rostro se volvió de un tono rojizo oscuro. El aire entre nosotros estaba cargado de una tensión eléctrica, una mezcla de furia y de algo que no pude nombrar.
—Mi vida no es un juego de diseño, Isabella —dijo, dando un paso más hacia mí. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, a pesar de su actitud gélida—. Vivo así porque el mundo en el que me muevo no permite debilidades. Y tú eres, ahora mismo, mi mayor debilidad.
—No soy tu debilidad. Soy una persona —le corregí, aunque mi corazón latía a mil por hora—. Y no voy a vivir en las sombras solo porque tú tengas miedo de la luz.
Alexander bajó la mirada hacia mis labios por una fracción de segundo, un gesto tan rápido que casi me lo pierdo. Hubo un silencio denso, uno donde el jazz de la radio parecía demasiado alegre para la escena. Él extendió la mano, y por un instante creí que iba a tocarme la mejilla, pero en lugar de eso, apagó la radio de un golpe seco.
—Mañana —dijo, recuperando su tono de piedra—, el personal retirará todo esto. Volverás a la sobriedad de la habitación original.
—Si lo haces —le advertí, con la voz temblando de rabia—, pintaré las paredes con mi propia sangre si hace falta para que dejen de ser grises. No puedes domar mi espíritu, Alexander. No soy una de tus reglas.
Él se detuvo en el umbral de la puerta. Se giró a medias, mostrando el lado marcado de su rostro.
—Ya veremos quién domina a quién, Isabella —respondió.
Cerró la puerta con suavidad, lo cual fue mucho más aterrador que si la hubiera golpeado. Me quedé sola en mi refugio de colores, rodeada de mis flores y mis telas, sintiendo que la guerra apenas acababa de comenzar.
Me acerqué al espejo y me miré. Mis mejillas estaban encendidas y mis ojos azules brillaban con una determinación nueva. Alexander Thorne me apodaba "la alegría", como si fuera un defecto, pero yo iba a usar esa alegría como un arma.
Si él era la Bestia, yo iba a ser el recordatorio constante de todo lo que él había perdido. Y mientras el sol se ponía, tiñendo mi habitación de un naranja vibrante, supe que a pesar de sus amenazas, hoy había ganado yo. Había roto su silencio. Había agrietado su control.
Y por la forma en que me miró antes de irse, supe que Alexander Thorne tenía miedo. No de mis enemigos, sino de la luz que yo traía conmigo.
Me acosté esa noche con las margaritas sobre la mesilla de noche, soñando con un mundo donde las cicatrices no dictaban el color del alma. Pero en la oscuridad de la mansión, el eco de sus palabras seguía resonando: "Ya veremos quién domina a quién".
Acepto el desafío, Bestia.