A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 07
Zhi Zhi sacó un pequeño botiquín de emergencia de su mochila (siempre llevaba uno, una costumbre de su vida perfectamente organizada) y se acercó a él. Sus manos temblaban un poco mientras empapaba un algodón en antiséptico.
—Esto va a doler —advirtió.
—Dudo que duela más que el puñetazo de ese tipo —respondió él, cerrando los ojos.
Zhi Zhi empezó a limpiar la herida de su sien. Estaba tan cerca de él que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo y el ritmo acelerado de su corazón. Su piel era áspera bajo sus dedos, marcada por pequeñas cicatrices viejas que contaban historias de batallas anteriores.
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella en voz baja, concentrada en su tarea—. ¿Por qué te arriesgas así por una deuda que ni siquiera es tuya?
JiNian abrió un ojo, observándola. La luz de la bombilla se reflejaba en los ojos de Zhi Zhi, llenos de una preocupación real que él no sabía cómo manejar.
—A-Guang es mi familia —respondió él simplemente—. Su madre me dio de comer cuando yo no tenía nada. En este lugar, si no proteges a los tuyos, no eres nadie. Esa "reputación" de la que tanto hablan... ese miedo que le causo a la gente... es lo único que mantiene a este taller en pie. Es mi escudo.
Zhi Zhi se detuvo. El algodón quedó suspendido en el aire.
—¿Entonces todo es una actuación? ¿El chico malo, el delincuente...?
—No es una actuación, Shen Zhi Zhi. Es una necesidad —él estiró la mano y, por primera vez, tomó la muñeca de ella. Sus dedos eran grandes y cubiertos de grasa, rodeando su delicada piel con una firmeza que la hizo estremecer—. Si yo fuera un "buen chico", esos tipos ya habrían quemado este lugar. El mundo no es tan amable como el jardín de tu casa. Aquí, para ser un héroe, a veces tienes que convertirte en el villano de la historia de otro.
El contacto de sus dedos sobre su muñeca envió una descarga de estática a través de todo su cuerpo. Zhi Zhi sintió que el aire se volvía escaso. No era solo la proximidad física; era la intensidad de su mirada, la vulnerabilidad que él le estaba permitiendo ver bajo la armadura de guerrero callejero.
—Yo... yo no creo que seas un villano —susurró ella.
JiNian soltó una risa seca, pero no soltó su muñeca. Al contrario, sus dedos se deslizaron lentamente hacia abajo, hasta que sus palmas se tocaron. Fue el primer roce real, una unión de dos mundos que nunca deberían haberse encontrado: la suavidad de la seda y la dureza del acero.
—No deberías decir esas cosas —dijo él, su voz bajando a un tono casi imperceptible—. Es peligroso que empieces a ver algo bueno en mí. Solo te traerá problemas.
—Ya estoy en problemas, JiNian —respondió ella, dándose cuenta de que era verdad. Sus notas podrían bajar, su padre podría descubrirla, su futuro podría arder... y en ese momento, nada de eso le importaba tanto como el calor de la mano de JiNian contra la suya.
Ella terminó de limpiar la herida y, con un movimiento casi inconsciente, sopló suavemente sobre el corte para aliviar el escozor. El aliento de Zhi Zhi en su piel hizo que JiNian se tensara. Él la miró con una intensidad nueva, una que no tenía nada que ver con la rabia o el dolor. Era algo mucho más profundo y aterrador.
Él levantó su mano libre y, con el dorso de los dedos, rozó la mejilla de Zhi Zhi. Fue un gesto tan tierno, tan fuera de lugar en aquel taller sucio y violento, que ella sintió ganas de llorar.
—Tienes una mancha de aceite —dijo él con una sonrisa ladeada, aunque su voz temblaba ligeramente.
—No me importa —respondió ella, inclinándose un milímetro hacia su toque.
Por un instante, el ruido de la lluvia afuera desapareció. El dolor de las heridas de JiNian y el miedo de Zhi Zhi se desvanecieron. Solo existía ese pequeño círculo de luz bajo la bombilla, el roce de sus manos y la comprensión silenciosa de que algo irrevocable había ocurrido entre ellos.
Pero el momento se rompió cuando A-Guang regresó, haciendo ruido con una bolsa de guisantes congelados contra su mejilla.
—¡Eh! ¡No quiero interrumpir la enfermería, pero hay una patrulla de policía dando vueltas por la calle 6! —gritó el chico—. Princesa, mejor que te vayas. Si te encuentran aquí después de una pelea, ni tus notas de diez te van a salvar.
JiNian retiró la mano rápidamente, como si se hubiera quemado. Recuperó su postura defensiva y se levantó, ocultando el dolor en su costado.
—Tiene razón. Vete —dijo, volviendo a ser el chico distante de siempre—. Te veré mañana. Si no estoy muerto de aburrimiento por los números.
Zhi Zhi asintió, recogiendo sus cosas con manos torpes. Mientras caminaba hacia la salida, se detuvo y miró hacia atrás. JiNian ya estaba hablando con los otros chicos, organizando la guardia para la noche, volviendo a ponerse su máscara de hierro.
Sin embargo, cuando Zhi Zhi cruzó la frontera hacia el Distrito Sur, no pudo evitar mirar la palma de su mano. Todavía sentía el calor de la suya, el rastro de la grasa y el latido de un mundo que era mucho más real y vibrante que el paraíso de cristal en el que vivía.
Había descubierto que el escudo de JiNian estaba hecho de espinas para proteger lo que había dentro. Y ella, por alguna razón que desafiaba toda lógica matemática, estaba dispuesta a pincharse los dedos solo para descubrir qué más ocultaba aquel villano de ojos tristes.
Esa noche, Shen Zhi Zhi no soñó con exámenes ni con universidades prestigiosas. Soñó con el olor a metal y con una mano grande que la sostenía en medio de la tormenta, prometiéndole que, aunque el mundo cayera, ella no estaría sola en el barro.