Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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capitulo 15
—Lo siento —dijo Abril, nerviosa, llevándose una mano a los labios.
—No te preocupes —respondió Pablo, agachándose rápidamente a levantar los trozos de la taza rota en el suelo—. Es mi culpa.
Antes de que pudiera seguir, un grito atravesó el café.
—¡No puedo creer que hayas besado a esta cerda! —Viviana estaba de pie, con el rostro desencajado, los ojos llenos de furia.
Pablo se incorporó de un salto. Su mirada era fuego puro.
—No le digas cerda —dijo, con la voz baja y peligrosa—. Ella es mejor que tú. Mejor que todas en la universidad. Es maravillosa. Una mujer de verdad, echada para adelante. Tú me repugnas. No sé cómo me pude haber fijado en ti.
Viviana enmudeció. Su cara pasó de la furia al shock.
—Vete al diablo —escupió finalmente—. Esto no se quedará así.
Luego clavó sus ojos en Abril.
—Monstruo —le dijo, y salió del café arrastrando sus tacones.
Pablo dio un paso para seguirla. Quería más. Quería que ella se tragara cada una de sus palabras.
Pero Abril lo agarró del brazo.
—Déjala —dijo, con calma.
—No me gusta que te insulten —respondió él, aún temblando de rabia.
—Gracias por defenderme —dijo Abril, y su voz se suavizó—. Y... me sorprendiste.
Sus ojos se encontraron.
Y los dos recordaron el beso.
El sabor. La urgencia. El momento en que el mundo se detuvo.
—Esto es demasiado —interrumpió Milo, levantándose de su silla con el rostro pálido.
—No te metas en esto —le dijo Pablo, sin apartar la vista de Abril.
Milo apretó los puños.
—Ella es mi amiga —respondió, con la voz quebrada.
—Entonces actúa como tal —soltó Pablo—. Porque hasta ahora, lo único que has hecho es esconderte.
El silencio cayó como un muro entre los tres.
Abril miró a Milo. Luego miró a Pablo.
Y no supo qué decir.
Capítulo 35: Delante de todos
—Por favor, no se peleen —dijo Abril, con la voz temblorosa.
Pero Pablo ya había tomado una decisión.
Sin soltar la mirada de Milo, estiró la mano y agarró la de Abril. Firme. Cálida. Sin pedir permiso.
Y se la llevó.
Delante de todos.
Delante de Milo.
Delante de los clientes del café que miraban en silencio.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Abril, intentando soltarse, pero él no la dejó.
—Te llevo conmigo —dijo Pablo, caminando hacia la salida.
—Pero nos están viendo todos —respondió ella, nerviosa, sintiendo las miradas clavarse en su espalda.
Pablo se detuvo.
Se giró hacia ella.
—Lo sé —dijo, y su voz era distinta. No había sarcasmo. No había falsedad—. Y que nos vean.
Respiró hondo.
—Me gustas, Abril. Me gustas tanto porque eres hermosa por dentro y por fuera.
Abril abrió los ojos, sin creer lo que escuchaba.
—Sé que no te merezco —continuó Pablo, y ahora su voz se quebraba—. Sé que soy un imbécil. Sé que...
Hizo una pausa. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—No estoy a tu altura. Pero prometo... te juro que me voy a esforzar. Lo juro, mi amor.
Las lágrimas seguían cayendo.
Abril no podía entender lo que le sucedía por dentro. Su corazón latía desordenado. Su cabeza daba vueltas.
Él está llorando.
Él, que siempre parecía tan seguro de sí mismo, está llorando delante de todos.
Por ella.
Por una "gorda" a la que todos hacían menos.
Por una chica que nunca creyó merecer algo así.
Y mientras Pablo la miraba con los ojos empañados, esperando su respuesta...
Milo, a unos pasos detrás, sentía cómo el suelo se abría bajo sus pies.
Él debería ser quien dijera esas palabras.
Pero nunca tuvo el valor.
Y ahora, otro lo había hecho por él.
Milo los vio desde lejos.
Sus pies no podían moverse. Sus manos temblaban. Su corazón se había roto en algún momento y él ni siquiera lo había notado.
Por cobarde.
Por no haber ido de frente.
Se perdió al amor de su vida.
Ella se enamoró de alguien más. Y ese alguien estaba perdidamente enamorado de ella.
Milo apretó los puños y se dio vuelta. No podía mirar más. No podía quedarse.
Salió del café sin decir una palabra.
—¿Realmente te gusto? —preguntó Abril, con la voz entrecortada, los ojos vidriosos—. ¿Podría ser eso posible? Yo estoy lejos de tu liga.
—No digas eso, mi amor —respondió Pablo, secándole una lágrima con el pulgar.
Abril negó con la cabeza.
—Mírame —dijo—. Soy yo. La gorda. La que nadie mira. La que...
—Yo soy quien no está en tu liga —la interrumpió Pablo, con una sonrisa triste—. Tú juegas en las ligas mayores. Yo solo soy un suplente.
La abrazó.
Y ella, que nunca había recibido un abrazo tan apretado, tan sincero, cerró los ojos y se dejó sostener.
—¿Quieres...? —preguntó Pablo, separándose apenas para mirarla a los ojos.
—¿Qué cosa? —susurró ella.
—Ser mi novia. ¿Me harías ese honor?
El silencio duró solo un segundo.
—Sí —dijo Abril.
Y lo abrazó.
Pablo cerró los ojos y apretó su cuerpo contra el de ella. Sintió su calor, su respiración, sus manos pequeñas en su espalda.
Y por primera vez en su vida, sintió que estaba exactamente donde debía estar.
Aunque todo se derrumbara después.
Mientras tanto, Milo caminaba sin rumbo por las calles.
El cielo se había nublado. Como si supiera.
La perdí, pensó.
Siempre fue mía.
Y la perdí.
Unas cuadras más adelante, su teléfono vibró.
Un mensaje de Diana:
"¿Viste lo que hizo Pablo con la gorda? Qué asco. Menos mal que tú eres diferente. Nos vemos en la fiesta de Maximiliano."
Milo leyó el mensaje.
Y por primera vez, no respondió.
Solo guardó el teléfono y siguió caminando hacia ninguna parte.