Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 16
El amanecer en la mansión Valdivia no trajo la claridad que Francisco esperaba tras la noche de confesiones mudas. El aire en el estudio de la planta alta estaba viciado, cargado con el olor del café frío y el rastro del incienso que Andrea había encendido horas antes. Francisco no había dormido; se mantenía sentado tras su escritorio, con la espalda rígida, esperando el sonido de la puerta que anunciaría la llegada de Marcos.
Cuando finalmente escuchó los pasos pesados de su asistente, Francisco sintió un nudo en el estómago que nada tenía que ver con los negocios.
Marcos entró sin saludar, su respiración revelando que había estado corriendo. Dejó una carpeta sobre el escritorio de caoba con un golpe seco que resonó como un disparo en el silencio de la sala.
—Lo tengo, señor —dijo Marcos, su voz teñida de una renuencia que Francisco detectó de inmediato—. No fue fácil. Tuve que presionar a un contacto en la farmacia de especialidades del Hospital Central.
Francisco estiró la mano, sus dedos rozando la textura del papel. No podía leerlo, pero la presencia de ese informe se sentía como una brasa ardiente bajo su piel.
—Dímelo, Marcos. Sin rodeos.
—El frasco que usted encontró... no contenía vitaminas. Los análisis químicos y el registro de la receta a nombre de la señorita Andrea confirman el uso de inmunosupresores de alta potencia y analgésicos opioides.
Francisco frunció el ceño, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa, buscando una salida, una lógica que no fuera la que su instinto le gritaba.
—¿Inmunosupresores? Eso es para evitar rechazos en trasplantes, o para...
—O para cuidados paliativos en fases terminales, señor —completó Marcos con una dureza necesaria—. El informe indica que el tratamiento es para controlar la inflamación sistémica y el dolor agudo. Son fármacos que se recetan cuando el cuerpo ya no puede luchar por sí mismo.
Francisco se puso de pie tan bruscamente que su silla golpeó la estantería de libros. La rabia, una emoción roja y cegadora, estalló en su pecho.
—¡Mientes! —rugió, golpeando el escritorio con el puño—. ¡Andrea tiene treinta años! La viste ayer en la oficina, humilló a los Moore, fue el cerebro de la operación. Una persona en "fase terminal" no hace eso.
—Señor, los documentos son claros...
—¡Los documentos se pueden falsificar, Marcos! —Francisco empezó a caminar por la habitación, su bastón golpeando el suelo con una violencia errática—. ¿Quién más tiene acceso a su historial? ¿Quién se beneficiaría de que yo crea que ella se está muriendo? ¡Sotomayor! O ese imbécil de Elías que estuvo merodeando por aquí.
La negación se instaló en el cerebro de Francisco como una fortaleza inexpugnable. Para él, era mucho más fácil aceptar la idea de una conspiración criminal que la realidad de un corazón que fallaba. Su mente empezó a tejer una red de sospechas: alguien estaba cambiando sus medicinas, alguien la estaba envenenando lentamente para debilitarla y, por extensión, debilitarlo a él.
—Alguien le está suministrando eso para que parezca enferma —dijo Francisco, su voz bajando a un susurro peligroso—. Alguien está vertiendo ese veneno en su vida. No puede ser casualidad que empezara a empeorar justo cuando tomó el control de mis activos.
Marcos observaba a su jefe con una mezcla de lástima y temor. Francisco no estaba siendo racional; estaba protegiendo el último refugio de su cordura.
—Señor, ella misma retira la medicación. El doctor Méndez...
—¡Méndez puede estar comprado! —interrumpió Francisco—. Quiero que investigues las cuentas de Méndez. Quiero saber quién le pagó para que le recetara veneno a Andrea. Y quiero que vigiles cada comida, cada vaso de agua que entre en esta casa. Si alguien está intentando arrebatármela mediante la química, se va a encontrar con un demonio.
Francisco se sentía asfixiado por su propia ceguera. Quería correr hacia la habitación de Andrea, sacudirla y exigirle que le dijera que todo era un plan de sus enemigos. Quería que ella se riera y le dijera que solo eran vitaminas fuertes. Pero en el fondo, en ese rincón oscuro de su mente que no podía silenciar, recordaba la frialdad de sus manos y la forma en que sus costillas se sentían bajo su tacto.
La furia era su único escudo contra el dolor. Si era un envenenamiento, podía luchar. Podía matar al culpable. Podía usar su dinero para limpiar su sangre. Pero si era la naturaleza... si era su propio cuerpo el que la traicionaba, Francisco Valdivia no tenía poder alguno. Y esa impotencia era lo que lo estaba volviendo loco.
Andrea estaba fuera, en el pasillo, con la espalda apoyada contra la madera tallada de la puerta del estudio. Había escuchado todo. El sonido de la voz de Francisco, cargado de una furia protectora y una negación desgarradora, le dolió más que cualquier arritmia.
Sintió un pinchazo en el brazo, una de las muchas marcas que los análisis de sangre habían dejado. Se miró las manos, pálidas y temblorosas, y apretó los dientes. Francisco prefería creer en conspiraciones y asesinos antes que aceptar que ella era mortal. Prefería odiar a un enemigo invisible antes que llorar por ella.
—Ojalá tuvieras razón, Francisco —susurró ella para sí misma, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. Ojalá fuera solo un veneno que pudiéramos purgar.
Marcos salió del estudio minutos después, encontrándose con Andrea en el pasillo. Ambos se miraron. No hubo necesidad de palabras. Marcos vio en los ojos de ella la confirmación de todo lo que el informe decía, y Andrea vio en los de él la carga de un hombre que tiene que sostener la mentira de su jefe para evitar que se desmorone.
—Él no va a detenerse —dijo Marcos en voz baja—. Va a quemar el hospital si es necesario para encontrar a un culpable que no existe.
—Déjalo —respondió Andrea, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Si el odio lo mantiene en pie un poco más, que odie. Es mejor que la desesperación.
Francisco, dentro del estudio, lanzó el informe al fuego de la chimenea. Escuchó el crepitar del papel mientras las pruebas de la mortalidad de Andrea se convertían en ceniza. Para él, la guerra acababa de escalar. No era solo por su empresa, ni por su vista. Era una cacería de brujas por la vida de la mujer que amaba.
Francisco de pie ante el ventanal, con los puños cerrados y el rostro desencajado por una resolución oscura. Iba a encontrar al "envenenador", iba a castigar a Méndez y, en su delirio de poder, estaba convencido de que podía vencer a la muerte simplemente negándose a reconocerla. No sabía que, al quemar el informe, solo estaba quemando el poco tiempo que le quedaba para despedirse de verdad.
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