⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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Es una historia de venganza
El aire en el salón del trono del palacio Blackshield se sentía pesado, como si el oxígeno se estuviera convirtiendo en plomo. Lucien estaba sentado en el trono de cristal, con el rubí carmesí latiendo en su pecho, pero su mente no estaba allí. Gracias a la magia del palacio que acababa de despertar, sus sentidos se habían extendido como hilos invisibles que cruzaban las montañas.
-Sam, ¿qué ves?- Preguntó Norman, acercándose con preocupación. Sus manos aún brillaban con un resto de luz dorada, pero al ver el rostro de su amigo, esa luz parpadeó.
Lucien no respondió. Sus ojos estaban en blanco, perdidos en una visión que lo estaba desgarrando por dentro. A su lado, Alaric apretó los puños. El vampiro podía sentir el terror que emanaba de Lucien, un terror que olía a humo y a desesperación.
-El trigo…- Susurró Lucien con una voz que no parecía suya -El trigo se está quemando.-
Se veía en la distancia que, la aldea de la paz ya no hacía honor a su nombre.
Los tres rastreadores de la Orden de la Luz no habían esperado al amanecer. Habían atacado al caer la noche, moviéndose como serpientes entre las sombras de los graneros. No buscaban una batalla; buscaban causar dolor.
El padre de Sam, el anciano de cabellos blancos que le había enseñado a amar la tierra, estaba tirado en el suelo de su jardín. Sus manos, las mismas que habían sostenido a Lucien cuando era un bebé envuelto, ahora estaban atadas con cuerdas gruesas que le cortaban la circulación. A pocos metros, su esposa, la mujer que olía a harina y a promesas, gritaba mientras veía cómo una antorcha caía sobre el techo de su cabaña de paja.
-¡Dinos dónde está!- Rugió uno de los rastreadores, dándole una patada en el costado al anciano -¡Dinos qué magia usó ese chico para engañarlos!-
El anciano tosió, escupiendo un poco de sangre sobre las flores que tanto cuidaba.
-Mi hijo… no es un engaño.- Logró decir con orgullo -Mi hijo es el mejor hombre que este mundo ha visto. Y cuando vuelva, desearán haber muerto antes de tocar esta tierra.-
El rastreador se rió, una risa seca y cruel.
-Tu hijo es una aberración, viejo. Y tú eres el nido que lo protegió. El Sumo Sacerdote Quirno quiere ver sus rostros antes de que los quememos en el Monasterio, pero no dijo que tenían que ir enteros.-
El rastreador levantó su daga, el acero brillando bajo la luz de las llamas que devoraban la casa. En ese preciso momento, el sonido de cascos galopando a toda velocidad rompió el silencio de la carnicería.
-¡POR EL PRÍNCIPE!- El grito de Lin resonó como un trueno.
El capitán de los cazadores desertores entró en la aldea como una exhalación. Su espada de plata brillaba con una furia que nunca antes había sentido. Detrás de él, Ettore y koh se lanzaron contra los rastreadores con la fuerza de quienes ya no tienen nada que perder.
La batalla fue corta pero brutal. Lin peleaba con el corazón en la mano, pensando en Norman y en la promesa que le había hecho a Sam. En pocos minutos, dos de los rastreadores yacían muertos entre el trigo quemado. Pero el tercero, el más astuto, había logrado escabullirse.
Lin saltó de su caballo y corrió hacia el padre de Sam.
-¡Señor! ¡Señor, aguante!-
Lin logró desatar al anciano, pero la herida en su costado era profunda, y el humo del incendio era demasiado denso para sus pulmones cansados. La madre de Sam corrió hacia ellos, abrazando a su esposo, llorando con un sonido que partía el alma.
-Díganle a Sam…- Susurró el anciano, apretando la mano de Lin -díganle que no se detenga. Que este viejo está orgulloso de ser el padre de un rey.-
El anciano cerró los ojos, y su mano cayó pesadamente sobre la tierra. El hombre que crió al heredero de los Blackshield, el que lo ocultó del mundo durante dieciocho años, acababa de morir en los brazos de un cazador que antes lo hubiera perseguido.
Ettore se acercó a Lin, con el rostro manchado de ceniza.
-Capitán… el tercer rastreador huyó. Se dirige hacia Quirno.-
Lin se puso en pie, con los ojos inyectados en sangre. Miró la casa destruida, miró a la mujer sollozando sobre el cuerpo de su marido.
-Entonces la guerra ha dejado de ser política.- Dijo Lin con una frialdad aterradora -Ahora es personal.-
De vuelta en el palacio, Lucien dio un grito desgarrador y se desplomó del trono. Alaric lo atrapó antes de que golpeara el mármol.
-¡Sam! ¡Sam, mírame!- Gritó Norman, arrodillándose a su lado.
Lucien abrió los ojos, pero ya no eran los ojos de Sam. Eran los ojos de Malric Vexillarius, cargados de un odio tan antiguo y tan puro que incluso Alaric retrocedió un paso. El rubí en su pecho se volvió negro por un segundo, absorbiendo la rabia de Lucien.
-Ha muerto.- Dijo Lucien, y su voz hizo que los cristales del palacio se agrietaran -Mi padre ha muerto por las manos de la Orden.-
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. Marcos y Peter bajaron la cabeza en señal de luto. Norman empezó a llorar, pensando en su propia madre y en la calidez de la aldea que acababan de perder.
-Lucien…- Empezó Alaric, tratando de consolarlo.
-No - Lo cortó Lucien, poniéndose de pie. Su postura era rígida, su rostro una máscara de hielo -Se acabó el tiempo de los recuerdos. Se acabó el tiempo de despertar el palacio con amor. Si Quirno quiere ver al Príncipe Guerrero, eso es exactamente lo que va a obtener.-
Lucien caminó hacia la pared del salón, donde un antiguo tapiz cubría algo. Con un movimiento brusco, arrancó la tela, revelando una armadura de obsidiana y plata que había pertenecido a Malric. Al lado, colgaba una espada inmensa, cuyo filo parecía hecho de sombras sólidas.
-Ese es el secreto que Malric dejó.- Susurró Alaric -La Espada de la Penumbra. Solo puede ser empuñada por alguien que haya aceptado su propia oscuridad.-
Lucien tomó el mango de la espada. Al tocarla, una onda de choque recorrió todo el valle. Las nubes en el cielo se volvieron negras y los truenos empezaron a rugir, a pesar de que no había lluvia.
-Norman -Dijo Lucien sin mirarlo -prepárate. Mañana marchamos al encuentro de Quirno. No vamos a esperar a que lleguen. Vamos a encontrarlos en el camino.-
-¿Y tu madre, Sam?- Preguntó Norman con voz temblorosa.
-Lin la traerá aquí, al refugio del palacio. Pero mientras tanto, quiero que Quirno sienta el miedo que mi padre sintió antes de morir. Quiero que sepa que ha despertado a algo que ni su Orden ni su Dios pueden controlar.-
Mientras tanto, en el carruaje real, Quirno recibió al rastreador que había sobrevivido. El Sumo Sacerdote escuchó el informe de la muerte del anciano y la intervención de Lin.
Quirno no se molestó. Al contrario, empezó a reírse, una risa que se convirtió en una carcajada histérica que resonó en las paredes de madera del carruaje.
-¡Perfecto!- Gritó Quirno -¡El odio es el mejor fertilizante para la magia! Ahora Lucien vendrá a mí. Ya no tendré que buscarlo entre las piedras rotas. Vendrá con su espada y su rabia, y ese será el momento en que mi secreto finalmente pueda alimentarse de él.-
Quirno tocó de nuevo su colgante oculto. El metal ya no vibraba; ahora emitía un calor pulsante, como si estuviera bebiendo la distancia que los separaba.
-Varek - Llamó Quirno -Preparen las redes de plata. El príncipe viene hacia nosotros. Y asegúrense de que las antorchas estén listas. Quiero que vea la luz antes de que su mundo se apague para siempre.-
Lucien, transformado por el dolor y empuñando una espada de sombras, se dirigía hacia un Sumo Sacerdote que estaba celebrando la muerte de su padre como si fuera una victoria planeada.
La muerte del padre de Sam es el motor que cambia todo. Ya no es una historia de "recuperar el trono", es una historia de venganza.