Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 11: Marcos Peña mueve ficha.
La reunión con Marcos fue un martes a las diez de la mañana.
Cassidy llegó a la oficina del piso cuarenta con Lucía detrás, el café en la mano y tres noches de tutoriales de YouTube encima. Había visto todo lo que encontró sobre contabilidad empresarial, lectura de balances, estados de resultados y las cien formas más comunes de robar dinero desde un puesto directivo. No entendió todo. Pero entendió suficiente para saber qué preguntas hacer y, más importante, qué cara poner cuando le mintieran.
Marcos ya estaba sentado en la sala de reuniones. Solo. Sin el flaco de la nariz afilada ni el bulldog del teléfono. Sin testigos. Tenía una carpeta gruesa sobre la mesa, la laptop abierta con gráficos en la pantalla y esa sonrisa que Cassidy ya le conocía: la del hombre que cree que controla la partida.
—Buenos días, señora Montero. Le preparé un informe completo como me pidió. Todo está aquí, desglosado, transparente, sin tecnicismos. Tal como lo quería.
Le deslizó la carpeta por la mesa. Cassidy la abrió.
Páginas y páginas de números, tablas, columnas. Ingresos, egresos, inversiones, gastos operativos, proyecciones. Todo limpio. Todo ordenado. Todo prolijo como la camisa planchada de un estafador el domingo de misa.
Cassidy pasó las páginas despacio. No porque entendiera cada cifra, sino porque quería tiempo para mirarlo a él.
Marcos hablaba mientras ella leía. Explicaba cada sección con voz tranquila, pausada, como un profesor con un alumno lento. Le señalaba las columnas, le mostraba los porcentajes, le decía frases como «aquí puede ver que todo cuadra» y «los gastos de representación están dentro del margen normal» y «la inversión en infraestructura explica la diferencia.»
Cassidy lo dejó hablar.
Cuando terminó, cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa.
—Marcos, ¿cuántos proveedores externos tiene la empresa?
Marcos no esperaba la pregunta. Tardó medio segundo en recomponerse, pero Cassidy vio el parpadeo. Mínimo. Rápido. El mismo parpadeo que hacía un jugador de póker cuando le salía una carta que no quería.
—Alrededor de setenta y cinco, entre servicios, insumos y...
—¿Y cuántos se contrataron en los últimos dos años?
—Tendría que revisar el detalle, pero calculo que unos quince o veinte.
—¿Y todos esos proveedores nuevos los aprobaste tú?
—La mayoría pasó por mi departamento, sí, pero el señor Duarte también...
—¿Sebastián aprobó proveedores?
—Como director general tenía esa facultad, señora.
Cassidy asintió. No dijo más. No necesitaba decir más. Había visto un video a las dos de la mañana sobre empresas fantasma, sobre cómo se creaban proveedores falsos para desviar fondos, sobre cómo el dinero salía por una puerta de atrás disfrazado de «gasto operativo» o «inversión en infraestructura.» No podía probarlo todavía. Pero la cara de Marcos cuando preguntó por los proveedores le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Gracias, Marcos. Muy claro.
Marcos sonrió. Relajó los hombros. Creyó que había ganado.
Pobre pendejo, pensó Cassidy. No tienes idea.
Esa misma tarde, Cassidy le pidió a Sofía del Valle el nombre de la mejor auditora financiera del país. No la más barata. No la más diplomática. La mejor.
—Valentina Torres —dijo Sofía sin dudarlo—. Pero te advierto: esa mujer es un huracán. Ha destapado fraudes en tres multinacionales, le da igual quién sea el dueño, y tiene fama de no dejar piedra sin voltear. Las empresas la contratan cuando quieren limpiar de verdad. Los que tienen algo que esconder le tienen terror.
—Suena perfecta. Dame su número.
—Emilia, una cosa. Valentina no es de las que negocian. Si la contratas y encuentra algo, lo saca a la luz. No hay vuelta atrás.
—Mejor todavía.
Valentina Torres tenía oficina en un edificio viejo del centro, tercer piso, sin letrero en la puerta. Cassidy fue sin avisar. No le gustaba dar ventaja avisando.
Subió las escaleras del edificio —tres pisos, sin ascensor, y los subió sin detenerse, lo cual le arrancó una sonrisa de orgullo entre los jadeos— y tocó la puerta.
Abrió una mujer.
Valentina Torres tenía unos cincuenta años, el pelo negro con mechones blancos que no se molestaba en teñir, la cara sin maquillaje y unos ojos oscuros que te miraban como si ya supieran lo que ibas a decir antes de que abrieras la boca. Era delgada, no muy alta, y vestía como si la ropa le importara lo mismo que la opinión ajena: pantalón gris, blusa blanca, zapatos planos. Sin anillos. Sin aretes. Sin nada que sobrara.
Me gusta, pensó Cassidy. Tiene cara de pistolera retirada.
—¿Señora Montero? —Valentina la miró de arriba abajo sin ninguna delicadeza.
—La misma.
—No la esperaba.
—Lo sé. ¿Puedo pasar?
La oficina era pequeña, desordenada con método: pilas de carpetas, una computadora vieja, tres pantallas encendidas con hojas de cálculo, y una pizarra blanca llena de nombres, flechas y números escritos con marcador rojo. Parecía la guarida de alguien obsesionado con encontrar la verdad, que era exactamente lo que Cassidy necesitaba.
Se sentaron. Cassidy no se anduvo con rodeos.
—Creo que me están robando. Mi director financiero, Marcos Peña, y mi marido, Sebastián Duarte. Llevan al menos dos años manejando mi empresa y mi dinero y algo no me cuadra. Me presentaron un informe limpio, demasiado limpio, y cuando pregunté por los proveedores nuevos al director financiero casi le da un infarto.
Valentina escuchaba sin mover un músculo. Sin tomar notas. Sin interrumpir.
—No tengo pruebas —continuó Cassidy—. Todavía. No sé leer un balance como debería y llevo una semana aprendiendo con videos de internet lo que debí saber hace años. Pero sé cuándo alguien me miente. Y ese hombre me mintió en la cara con una sonrisa de oreja a oreja.
Silencio.
Valentina la miraba fijo. Cassidy le sostuvo la mirada. Llevaba veinticinco años —bueno, veinticinco más los de Emilia— mirando a gente peligrosa a los ojos sin pestañear. Una auditora con cara de pocos amigos no le iba a ganar ese duelo.
—¿Cuánto acceso me va a dar? —preguntó Valentina.
—Total. Cuentas, contratos, correos, registros de proveedores, movimientos bancarios. Todo lo que necesite. Sin límites.
—¿Y si lo que encuentro salpica a gente cercana a usted?
—No tengo gente cercana. Tengo enemigos y tengo empleados. Salpique a quien tenga que salpicar.
—¿Y si lo que encuentro es peor de lo que usted imagina?
Cassidy se recostó en la silla.
—Valentina, he visto cosas peores que un par de ladrones con corbata. Créeme.
Valentina la estudió otro momento largo. Luego habló con la voz plana de alguien que ha dicho lo mismo muchas veces y lo dice en serio cada una:
—Tengo una condición. Si encuentro algo, lo quemo todo. Cada documento, cada cifra, cada nombre. Lo saco a la luz y se lo entrego a usted y a quien corresponda. No me pida que lo tape. No me pida que negocie. No me pida que le dé tiempo a nadie para que huya o esconda pruebas. Si me contrata, se hace a mi manera o no se hace.
Cassidy sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de Cassidy Boone antes de un asalto: lenta, afilada, con los dientes apretados y los ojos brillando.
—Quémalo.
Valentina asintió una sola vez.
—Necesito dos semanas para el primer informe. Tres si las cuentas están muy maquilladas. Le voy a pedir acceso a los servidores de la empresa, copias de los últimos cinco años de estados financieros, registros de proveedores y los movimientos de todas las cuentas corporativas. Todo. ¿Va a tener problemas para conseguirlo?
—Soy la dueña de la empresa.
—Eso no siempre significa que le den lo que pide.
—A mí sí me lo dan.
Valentina la miró con algo que no era simpatía, porque esa mujer no parecía capaz de sentir simpatía por nadie, pero que se le acercaba. Respeto, tal vez. O reconocimiento. La mirada de una profesional que sabe distinguir a un cliente serio de uno que juega.
—Una cosa más —dijo Cassidy desde la puerta—. Nadie puede saber que la contraté. Nadie. Ni la prensa, ni mis directores, ni mi marido. Especialmente mi marido.
—Señora Montero, llevo veinte años destapando fraudes. Si mis clientes supieran lo que sé de ellos antes de que yo esté lista, estaría muerta. La discreción no es un favor que le hago. Es mi forma de sobrevivir.
Cassidy la miró con auténtica admiración. Hacía mucho que no sentía eso por alguien. Desde el Viejo Oeste, probablemente. Desde la última vez que conoció a alguien con suficientes huevos para jugar fuerte y la cabeza fría para no perder.
—Valentina.
—¿Sí?
—Creo que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.
—Lo dudo. No me llevo bien con nadie. Pero le voy a encontrar cada centavo que le hayan robado, y eso es mejor que caerle bien.
Cassidy soltó una carcajada. La primera en días que le salió de verdad, sin cálculo, sin estrategia, desde las tripas.
Salió del edificio y se subió al auto donde el chofer la esperaba. Lucía iba en el asiento de atrás con el cuaderno.
—¿Cómo le fue, señora?
—Acabo de contratar a la mujer más peligrosa que he conocido desde que llegué a esta época. Y eso que me incluye a mí.
—¿Eso es bueno?
—Es muy bueno, Lucía. Para nosotras. Para Marcos Peña y para Sebastián... no tanto.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos. El auto arrancó. La ciudad pasaba por la ventana y Cassidy ya no la miraba con miedo. La miraba con hambre.
Dos semanas, Marcos. Dos semanas y voy a saber dónde escondiste cada peso. Y cuando lo sepa, vas a desear no haber pisado jamás el edificio Montero.
Abrió los ojos.
—Lucía, ¿cómo se llama el programa ese donde buscas empresas y sus dueños?
—¿El registro mercantil?
—Eso. Enséñame a usarlo. Esta noche tú y yo vamos a buscar cada proveedor nuevo que entró a la empresa en los últimos dos años. Uno por uno.
Lucía sacó el cuaderno y empezó a anotar.
Cassidy miró por la ventana.
Voy por ti, Marcos Peña. Y cuando termine contigo, voy por el que te puso ahí.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖