A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 4
Pov Raquel
El grito de Marcela desde la cocina me sacó de la cama de golpe.
—¡Mamá! ¡No hay gas!
Me quedé paralizada a medio camino de ponerme la bata. No. Por favor, no.
Corrí escaleras abajo justo cuando Ángel bajaba furioso desde el segundo piso, con el cabello lleno de champú y una toalla alrededor de la cintura.
—¡Tampoco hay agua! —rugió, y sus ojos eran puro fuego—. ¿Qué mierda pasa en esta casa?
Marcela estaba frente a la estufa, girando las perillas una y otra vez. Nada. Los trillizos la miraban desde la mesa del desayuno con ojos enormes y asustados.
—Mamá, ¿por qué no funciona nada? —preguntó Sofía con voz temblorosa.
Ángel se plantó frente a mí, goteando champú por todo el piso de madera.
—¿No pagaste los servicios? —cada palabra era un latigazo—. ¿En serio? ¿Tampoco pudiste pagar los malditos servicios básicos?
—Ángel, puedo explicar...
—¿Explicar qué? —se rio con amargura—. ¿Que estabas tan ocupada revolcándote con algún tipo que se te olvidó que tienes cinco hijos que dependen de ti?
—¡No le hables así! —gritó Marcela, interponiéndose entre nosotros—. ¡No sabes nada!
—¿Que no sé nada? —Ángel la apartó con suavidad—. Sé que tengo que ir a la universidad y no puedo ni bañarme. Sé que los trillizos no van a desayunar porque no hay forma de cocinar.
—¡Tu padre nos dejó así! —exploté—. ¡Tu padre es el que nos destruyó!
—¡No metas a papá en esto! —su voz tembló—. Esto no es culpa de él. Es tuya. Todo es tu culpa.
—¿Mi culpa? —sentí cómo la rabia me subía por la garganta—. ¿Mi culpa que tu padre robara millones? ¿Mi culpa que planeara huir del país con su amante? ¿Mi culpa que nos dejara en la quiebra?
—¡Papá hizo lo que pudo! —gritó Ángel, con lágrimas en los ojos—. ¡Él mantenía esta familia! ¡Él pagaba todo! ¿Y qué has hecho tú? ¿Eh? ¿Qué has hecho además de llorar y salir de fiesta mientras nosotros nos hundimos?
Santiago empezó a llorar. Salomón lo abrazó, y Sofía se cubrió los oídos con las manos.
—Ángel, los niños... —intentó decir Marcela.
—¡Que los vean! —rugió él—. ¡Que vean en qué se ha convertido su madre! ¡Una borracha que se acuesta con cualquiera mientras sus hijos se quedan sin agua!
La bofetada salió de mi mano antes de que pudiera pensarlo. El sonido resonó en la cocina como un disparo. Ángel se llevó la mano a la mejilla, mirándome con una mezcla de shock y dolor que me partió el alma.
—Ángel... yo...
Él retrocedió un paso, luego otro. Me miró como si fuera una extraña.
—Te odio —susurró—. Te odio por arruinar la memoria de papá.
—¡Yo no arruiné nada! ¡Él lo hizo! ¡Él nos destruyó!
—¡Cállate! —gritó, cubriéndose los oídos—. ¡Cállate, cállate, cállate!
Salió corriendo. Subió las escaleras de dos en dos, todavía con el champú goteando, todavía con la toalla. La puerta de su habitación se cerró con un golpe que hizo temblar toda la casa.
Los trillizos lloraban abiertamente. Marcela se dejó caer en una silla, sollozando contra sus manos. Y yo me quedé ahí, de pie en medio de mi cocina destrozada, sintiendo cómo todo lo que quedaba de mi familia se desmoronaba.
—Mamá... —gimió Sofía—. Tengo miedo.
La levanté en brazos y la abracé con fuerza, aunque yo también estaba aterrada.
—Todo va a estar bien, mi amor —mentí—. Todo va a estar bien.
Saqué mi billetera con manos temblorosas. Tarjeta uno: rechazada. Tarjeta dos: rechazada. Tarjeta de débito: fondos insuficientes.
—Mierda —susurré, sintiendo cómo el pánico me apretaba el pecho.
Marqué el número de Ana con dedos temblorosos.
—Raquel, ¿qué pasa?
—Ana... —mi voz se quebró—. Me cortaron el agua y el gas. No puedo pagar. Mis tarjetas están al límite. Los niños no pueden ni bañarse y...
—Dame los datos de las empresas. Yo me encargo.
—No puedo pedirte que...
—No me estás pidiendo nada —su voz era firme—. Soy tu amiga. Dame una hora.
Colgó.
Me dejé caer contra la pared y lloré. Lloré por todo. Por mi matrimonio destruido. Por mi hijo que me odiaba. Por mis hijos pequeños que no entendían por qué su mundo se caía a pedazos.
Cincuenta minutos después, el agua volvió. Luego el gas.
Pero el daño ya estaba hecho.
Dejé a los trillizos en la escuela con los ojos hinchados de llorar. Marcela se quedó en casa, demasiado destrozada para ir a clases. Ángel ni siquiera salió de su habitación.
Conduje hasta la oficina sintiendo que cada semáforo era un paso más hacia el abismo.
El edificio me recibió con sus paredes grises y sus pasillos vacíos. Los pocos empleados que quedaban apartaban la mirada cuando pasaba.
Entré a mi oficina y me dejé caer en la silla, rodeada de papeles de demanda, notificaciones de embargo, cartas de abogados. Quince días para perder mi casa. Una semana para la junta de accionistas. Y una familia destrozada que no sabía si podría reparar.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Valeria Ochoa entró como si el lugar le perteneciera. Vestía un traje blanco inmaculado que le quedaba perfecto. Maquillaje impecable. Cabello en ondas perfectas. Y llevaba puestos los aretes de diamantes que Miguel me había regalado en nuestro décimo aniversario.
Los aretes que yo creía perdidos.
—Quítate esos aretes —dije con voz peligrosamente calmada.
Ella sonrió. Una sonrisa cruel, calculadora.
—¿Estos? —se tocó uno con delicadeza—. Miguel me los regaló. Dijo que yo los merecía más que tú.
Me puse de pie tan rápido que la silla rodó hacia atrás.
—Sal de mi oficina.
—Esta oficina también es mía, querida —respondió, dejando un sobre blanco sobre mi escritorio—. Cincuenta por ciento. Cortesía del testamento de nuestro amado Miguel.
La palabra "nuestro" me hizo rechinar los dientes.
—¿Qué quieres, Valeria?
—Ahorrarnos tiempo —dijo, señalando el sobre—. Una propuesta simple. Yo me quedo con todo: la empresa, las deudas, los empleados, el desastre completo. Tú desapareces. Te vas con tu dignidad intacta... bueno, lo poco que te queda de ella.
Me reí. Una risa vacía, llena de rabia.
—¿Me estás pidiendo que te regale mi empresa?
—Te estoy ofreciendo una salida —su voz se volvió venenosa—. Porque ambas sabemos la verdad, Raquel. Estás acabada. Tu apellido no vale nada. Tu reputación está destruida. En quince días vas a estar en la calle. Y cuando eso pase... ¿qué vas a hacer?
Mis dedos se clavaron en el borde del escritorio hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Voy a pelear —escupí—. Voy a pelear hasta mi último aliento.
Valeria se inclinó sobre el escritorio, tan cerca que pude ver el desprecio en sus ojos.
—¿Pelear? —se rio—. Tú no tienes con qué pelear, Raquel. Yo tengo abogados. Tengo recursos. Tengo tiempo. ¿Y tú? Tú tienes cinco hijos hambrientos, una casa a punto de ser embargada y tarjetas de crédito rechazadas.
—Eres una perra...
—Soy una superviviente —me interrumpió—. Algo que tú nunca fuiste. Siempre fuiste la esposa perfecta. La madre abnegada. La tonta que se tragaba todas las mentiras mientras Miguel y yo construíamos una vida juntos.
—Él murió por tu culpa —dije, y mi voz tembló—.Y ahora él está muerto y tú sigues aquí, como una cucaracha que sobrevive a todo.
Su expresión se endureció.
—Miguel me amaba —dijo con frialdad—. Me amaba a mí, no a ti. Cada beso que te daba. Cada "te amo" que te decía. Mentiras. Porque cada noche, cada vez que podía, venía conmigo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, pero no las limpié.
—Y cuando estés en la calle —continuó Valeria, enderezándose—, cuando estés pidiendo limosna en una esquina con tus hijos, acuérdate de esta conversación. Acuérdate de que yo te ofrecí una salida digna y tú la rechazaste.
—Vete al infierno.
—Ya estuve ahí, querida —sonrió—. Se llama vivir en las sombras durante años mientras tú jugabas a la esposa perfecta. Pero ahora es mi turno de brillar. Y el tuyo de desaparecer.
Se acercó a la puerta, pero antes de salir se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Por cierto, estos aretes me quedan mucho mejor que a ti. Miguel siempre lo decía. Decía que yo tenía clase. Que tú eras... ordinaria.
Cada palabra fue una puñalada.
—Voy a destruirte, Raquel —continuó con voz suave, casi dulce—. Voy a quitarte todo. La empresa. La casa. Hasta el último centavo. Y cuando estés en la calle con tus cinco hijos, quiero que recuerdes que tuviste la oportunidad de rendirte con dignidad.
—Nunca me voy a rendir.
Valeria sonrió. Una sonrisa helada que me caló hasta los huesos.
—Eso espero. Porque verte luchar y perder de todas formas va a ser mucho más satisfactorio que verte rendirte.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave. Valeria Ochoa no quería solo la empresa.
Quería verme destruida. Humillada. Pidiendo limosna en una esquina. Quería que pagara por cada año que ella pasó en las sombras, como si el culpable de eso no fuera el miserable de Miguel.
Me dejé caer en la silla y miré por la ventana. La ciudad se extendía ante mí, indiferente a mi dolor. Cerré los ojos y respiré profundo. No podía rendirme. Pero Dios... ya no sabía cómo seguir peleando.