Valentina creyó haberlo dado todo. Años de amor, de entrega, de familia y de sostener una vida que sin darse cuenta ya estaba quebrada.
Hasta que una noche, sin aviso, todo termino. Lo que siguió no fue una separación... fue un descenso al vacío. Entre el dolor, soledad y la reconstrucción de si misma, aparece Santiago... Un encuentro inesperado que despierta en ella emociones que creia muertas. Pero no todo lo que se enciende... sana, no todo lo que llega... permanece.
Esta es la historia de una mujer que tuvo que perdió a si misma, para finalmente reencontrarse.
"A veces, para volver a vivir... hay que aprender a soltarse"
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capítulo 3
Valentina
El dolor de cabeza llegó antes que los recuerdos.
Pesado. Pulsante. Como si algo dentro mío quisiera salir a golpes.
Me llevé las manos a la cabeza y apreté los ojos con fuerza. Sentía el cuerpo agotado, la garganta seca, un sabor amargo que no era solo del vino.
Respiré hondo.
Y abrí los ojos.
Tardé unos segundos en entender dónde estaba. El techo. La luz entrando por la ventana. Las sábanas.
No estaba en el sillón.
Estaba en la cama.
Y entonces lo sentí.
Un peso sobre mis piernas. Un brazo rodeándome la cintura.
Se me heló el cuerpo.
Giré lentamente.
Y ahí estaba él.
Lucas.
Enredado en mí. Como si nada hubiera pasado. Como si la noche anterior no hubiera existido. Su respiración era tranquila, su rostro en paz.
Como si no hubiera roto nada.
Sentí un nudo en la garganta tan fuerte que me dejó sin aire.
Me aparté de golpe.
El movimiento lo despertó.
Abrió los ojos, confundido, y enseguida se incorporó.
—Valentina… dejame explicarte, por favor.
Lo miré.
Y en ese momento… me dolió el alma.
No era enojo.
Era algo más profundo.
—¿Qué me vas a explicar? —mi voz salió quebrada—. ¿Qué, Lucas? ¿Qué me vas a decir?
Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera frenarlas.
—¿Cuánto me vas a mentir? ¿Cuánto me vas a engañar? ¿A qué estás jugando?
Bajó la mirada.
—Por favor, Valentina… escuchame.
Pero yo ya no podía.
Me levanté de la cama como pude. El dolor de cabeza me hizo cerrar los ojos un segundo. Me sostuve. No iba a caerme frente a él.
No otra vez.
Caminé hasta el baño y cerré la puerta.
El sonido del agua llenó el silencio.
Me metí bajo la ducha sin pensar. El agua fría me recorrió el cuerpo, pero no alcanzaba. Nada alcanzaba.
Apoyé las manos contra la pared.
Y lloré.
Lloré por todo.
Por lo que vi.
Por lo que entendí.
Por lo que durante tanto tiempo no quise ver.
No sabía si estaba intentando limpiar el alcohol… o el dolor.
Salí, me vestí sin mirarme demasiado. No quería verme. No quería reconocer a la mujer en la que me había convertido.
Cuando salí de la habitación, él seguía ahí.
Sentado en la cama.
Como perdido.
Pero ya no me importó.
Bajé las escaleras.
Fui a la cocina.
Preparé café.
Todo automático.
Como siempre.
Pero nada era igual.
Me quedé de espaldas, mirando por la ventana. Afuera todo estaba en calma. Como si el mundo siguiera en su lugar.
Y yo no.
—Valentina… por favor.
Su voz atrás mío.
—Escuchame. Dame una oportunidad.
Cerré los ojos.
Respiré.
Y me di vuelta.
Lo miré.
—¿Una oportunidad?
Sentí una mueca formarse en mi cara.
—¿Tantos años juntos… y te tengo que dar una oportunidad?
No respondió.
—Pensé que era yo —seguí—. Pensé que estaba mal. Que exageraba. Que veía cosas donde no había nada.
Mi voz temblaba, pero no se rompía.
—¿Te acordás? ¿Cuántas veces discutías conmigo por cosas sin sentido?
Me acerqué un poco.
—Y ahora entiendo… no eran tonterías. Era que estabas en otro lado. Con otra.
Silencio.
Ese silencio que ahora ya no me confundía.
—Me hiciste creer que el problema era yo.
Lucas se acercó.
—Perdoname… te lo suplico. Perdóname, Valentina. Dame una oportunidad.
Y de repente… se arrodilló.
Me abrazó.
—No va a volver a pasar… te lo juro. Perdóname.
Lo miré desde arriba.
Lo vi.
De verdad lo vi.
Parecía real.
Parecía sincero.
Pero algo dentro mío… ya no creía.
Entonces sonreí.
Pero no por amor.
—Levantate, Lucas.
No se movió.
—Levantate… y dejá de hacer el ridículo.
Mi voz salió firme.
—Déjame sola. Por favor. No te me acerques.
Se quedó quieto unos segundos.
Después se levantó.
Y se fue.
Sin decir nada.
Ese fin de semana…
me rompí.
Lloré una y otra vez.
En silencio.
Donde nadie me viera.
Mis hijos estaban conmigo.
Y por ellos… seguí.
Sonreía.
Los abrazaba.
Les hablaba.
Pero por dentro…
yo no estaba bien.
Una parte de mí quería creerle.
Quería pensar que todo era un error. Que se podía arreglar. Que no era tan grave.
Pero otra parte…
sabía la verdad.
Había algo que ya no se podía frenar.
Algo que ya no dependía de mí.
Cuando volví a casa, él estaba ahí.
Esperando.
Los chicos se fueron al colegio.
Y nos quedamos solos.
El silencio era distinto.
Más pesado.
Más real.
—Por favor, Valentina… no quiero que nos separemos. No quiero que esto termine así.
Lo miré.
Ya no tenía lágrimas.
—Te amo —dijo—. Tenemos hijos… una familia. No podemos romper todo.
Lo escuché.
Y por primera vez…
no sentí nada de lo que antes sentía.
Solo claridad.
—Vamos a ver cómo sigue esto.
Frunció el ceño.
—Para empezar… no te creo.
Lo dije tranquila.
Firme.
—Pero te voy a dar una oportunidad.
Se quedó en silencio.
—Una sola.
Di un paso hacia él.
—A la primera que vuelvas a hacer lo mismo…
Lo miré directo a los ojos.
—Te vas de casa.
Y en ese momento entendí algo.
Ya no estaba pidiendo amor.
Estaba poniendo un límite.
Y eso…
lo cambiaba todo.
Mis queridos lectores espero disfruten, de verdad estoy dejando una parte de mí, mi corazón se llena de alegría al verla leer y comentar un abrazo desde Buenos Aires Argentina 💜
siento que eso es lo peor que una mujer le puede pasar pensar que es hasta que lleguemos a viejitos los dos..y resulta que nada es para siempre sin saber que duele excelente inicio