Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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CAPÍTULO 8: El eco del silencio
París siempre ha sido la ciudad de las luces, pero para quienes caminan por sus sombras, es un laberinto de espejos y traiciones. Mientras Milán se desvanecía en el horizonte, el jet privado de Adriano Moretti descendía sobre la pista exclusiva del aeropuerto de Le Bourget. .
En el interior de la cabina de lujo, el aire olía a champán caro y al perfume dulzón de Ángel Blanca, quien observaba las luces de la Torre Eiffel con la mirada de un conquistador que acaba de saquear un templo.
Sentado frente a él, Adriano saboreaba un vino de reserva, observando a Ángel con una mezcla de admiración y posesividad.
—Damián cree que estás llorando en algún rincón de Suiza o Londres —dijo Adriano, su voz arrastrada por la satisfacción—. No se imagina que estás aquí, conmigo, celebrando el inicio de su fin.
Ángel se giró, dejando que la luz de la luna iluminara sus rasgos angelicales, ahora endurecidos por el cinismo.
—Damián ve lo que quiere ver. Ese es su mayor error. Cree que soy su salvación, cuando en realidad soy el veneno que él mismo se administró. Mañana, cuando los tabloides sugieran que he desaparecido por culpa de su matrimonio "forzado", su inestabilidad será el tema de conversación en el consejo.
—Exactamente —asintió Adriano—. Mañana cenaremos con los contactos en el Elíseo. Mientras él se pudre en su villa del Lago de Como intentando domar a un Alfa alemán, nosotros construiremos el puente que lo dejará fuera del negocio familiar.
La risa de Ángel fue cristalina, pero carente de alma. En París, el juego apenas comenzaba. Pero en Italia, el juego ya se había cobrado su primera víctima real.
La Villa del Lago era una joya arquitectónica de mármol blanco y jardines colgantes, pero para Javier Müller, no era más que una extensión de la celda en la que había sido encerrado. La recuperación de la fiebre había sido lenta y solitaria. Ágata, la anciana sirvienta, había sido su única conexión con la humanidad durante los dos días que pasó postrado, sudando el veneno de la traición y el agotamiento.
Damián no había aparecido. Ni una llamada, ni una visita, ni un gesto de preocupación. Se había quedado en Milán, sumergido en sus empresas, o quizás perdiéndose en el recuerdo del hombre que creía haber perdido.
Javier, a sus 25 años, se sentía como si hubiera envejecido décadas en una sola semana. Su cuerpo, aunque debilitado por la infección, empezaba a responder, pero su espíritu estaba cambiando. El acero, para ser forjado, necesita fuego y golpes. Y Javier estaba recibiendo ambos.
La noche del tercer día en la villa, el silencio fue roto por el rugido de un motor deportivo. Damián había llegado.
Javier estaba en su habitación, sentado en un sillón frente a la ventana que daba al lago. No había bajado a cenar. No tenía hambre, y la sola idea de compartir la mesa con el hombre que lo había violado y tratarlo como basura la noche de bodas le revolvía el estómago. La cena fue servida y retirada intacta. Ágata entró con una mirada de advertencia.
—Señor Javier… el señor Moretti ha llegado. Preguntó por qué no bajó a cenar.
Javier no apartó la vista de las aguas oscuras.
—Dile que no me encontraba bien.
—No le importó, señor —susurró Elena con miedo en los ojos.
Unos segundos después, el eco de pasos pesados resonó en el pasillo. La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando contra la pared con una violencia innecesaria. Damián entró, trayendo consigo el aroma del alcohol y una furia fría que parecía bajar la temperatura de la estancia. Su ropa estaba ligeramente desordenada, sus ojos inyectados en sangre.
—¿Te crees con el derecho de ignorar mis órdenes en mi propia casa? —rugió Damián, ignorando por completo la palidez de Javier o el sudor frío que aún perlaba su frente.
Javier se levantó con dificultad, sosteniéndose del brazo del sillón. Su orgullo de Alfa, aunque herido, se negaba a permitirle hablar desde una posición inferior.
—No son órdenes, Damián. Es una cena. Y no tenía hambre. Estoy enfermo, por si no te has dado cuenta entre tanto odio.
—¡Me importa un bledo tu salud! —Damián cruzó la habitación en dos zancadas, atrapando el rostro de Javier con una mano tosca—. Ángel se ha ido por tu culpa. Mi vida es un infierno por este contrato maldito, y tú te atreves a hacerme esperar, a hacerme quedar como un idiota frente al personal.
—Tú te haces quedar como un idiota solo —respondió Javier, su voz apenas un hilo, pero cargada de veneno—. Ángel se fue porque no pudo soportar la realidad de quién eres.
El impacto fue inmediato. Damián, cegado por una rabia que no era contra Javier, sino contra su propia impotencia, levantó la mano y le dio una bofetada tan fuerte que Javier cayó hacia atrás, golpeándose contra el borde de la cama. El sonido de la carne contra la carne fue seco, definitivo. El sabor metálico de la sangre llenó la boca de Javier.
Continuará...
🌹 Ángel Blanca
Edad: 26 años
Subgénero: Gema puro dominante.
El “amor perfecto” de Damián Moretti… o al menos eso parece.
Ángel encarna la elegancia, la dulzura y la comprensión absoluta. Su voz es suave, su mirada inocente, su sonrisa impecable.
Sabe escuchar, sabe consolar y, sobre todo, sabe convertirse en lo que el otro necesita.
Pero bajo esa perfección vive una mente ambiciosa y estratégica.
Ángel no es luz.
Es un eclipse disfrazado de amanecer.
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.