Durante días, las hermanas Caroline y Estefany Richi mantenían un romance secreto y prohibido, con los que se supone que son sus enemigos Marco y Fabián Rossi, desafiando el odio ancestral entre sus familias. Sin embargo, cuando un ataque brutal de la Bratva rusa destruye el hogar de los Richi, lo que era un pecado oculto se convierte en la única vía de salvación: un matrimonio oficial para unir a los dos clanes más poderosos de Chicago
Sin embargo, la unión estalla cuando descubren que el patriarca de los Rossi, Dante, fue el autor intelectual del asesinato de Elena, madre de las Richi. Ante la traición, los hermanos Rossi eligen a sus prometidas por sobre su padre, convirtiéndose en fugitivos. Ahora, los cuatro luchan desde las sombras para derrocar a Dante, eliminar a los rusos y reclamar el trono de Chicago.
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Caroline …
La luz del sol de Chicago entró por los ventanales de mi habitación con una insolencia que me obligó a cubrirme los ojos. Me dolía la cabeza, pero no era por el champán caro que corrió como agua anoche, sino por el eco de las palabras de Marco Rossi retumbando en mi cráneo. Me senté en la cama, dejando que las sábanas de seda resbalaran por mi cuerpo, y fue entonces cuando lo vi en el espejo del tocador: un pequeño rastro violáceo en la base de mi cuello, un sello de propiedad que él había impreso con una urgencia casi desesperada, la noche anterior cuando me mordió
— Maldito seas, Marco — susurré — No vas a ganar este juego
Me levanté y caminé hacia el baño, dejando que el agua fría golpeara mi rostro. Necesitaba claridad. En nuestro mundo, un momento de debilidad es una invitación al matadero. Mi padre esperaba que Estefany y yo bajáramos al comedor para el informe matutino, esa reunión sagrada donde se diseccionan las debilidades de los rivales detectadas durante la fiesta. Pero, ¿cómo iba a decirle que el heredero de los Rossi me había hecho temblar de una forma que ninguna amenaza de muerte había logrado jamás?
Salí del baño envuelta en una bata de seda roja, mi color de guerra. Al abrir la puerta de mi habitación, me encontré con Estefany en el pasillo. Lucía impecable, como siempre, pero había algo diferente en sus ojos. Una chispa de secreto, una sombra de duda que normalmente no habitaba en su mirada analítica. Nos miramos en silencio por un segundo eterno, reconociendo en la otra el mismo tipo de pecado
— ¿Dormiste bien, hermana? — pregunté, arqueando una ceja mientras ajustaba el cinturón de mi bata
— Lo necesario, Carol — respondió ella, evitando mi contacto visual directo — Aunque el aire anoche estaba demasiado cargado. Papá nos espera abajo. Dice que los Rossi ya han movido la primera ficha hoy mismo
Sentí un frío repentino. Bajamos las escaleras de mármol en un silencio tenso. En el comedor principal, Vittorio Richi estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a nosotras, observando el jardín. Sobre la mesa de caoba, había un sobre negro con el escudo de armas de la familia Rossi en cera roja. Un desafío formal
— Mis hijas — dijo mi padre sin darse la vuelta, su voz era un trueno contenido — Anoche permití que esos perros entraran en mi casa bajo una bandera de tregua. Pero parece que los hijos de Dante no conocen el significado de la palabra respeto
— ¿Qué ha pasado, padre? — pregunté, acercándome a la mesa. Mis dedos picaban por abrir ese sobre, por saber si Marco había cumplido su promesa de colisionar mundos tan pronto
— Han interceptado un cargamento en la frontera norte — rugió mi padre, girándose bruscamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre — No se llevaron la mercancía. La quemaron. Y dejaron esto para ustedes dos
Señaló el sobre. Con manos ligeramente temblorosas, lo abrí. Dentro no había una carta de guerra, sino dos fotografías polaroid. La primera era de mi coche, estacionado en el club de pixelin que suelo frecuentar, con un cuchillo clavado en el capó sujetando una rosa roja marchita. La segunda era de Estefany, una foto tomada anoche en el balcón, aunque afortunadamente desde un ángulo donde no se veía a Fabián, solo a ella mirando hacia la oscuridad con una expresión de vulnerabilidad que me revolvió las entrañas
— Es una provocación — dijo Estefany, recuperando su compostura de hielo — Quieren que perdamos los estribos, que ataquemos sin pensar
— Quieren algo más que eso — añadí yo, recordando la presión de las manos de Marco en mi cintura — Quieren demostrarnos que pueden tocarnos cuando quieran. Que no hay muros lo suficientemente altos en esta mansión
— Irán a la reunión de las familias esta tarde — ordenó mi padre, golpeando la mesa con el puño — Quiero que lleven sus mejores armas, y no me refiero a las que guardan en sus ligueros. Quiero que esos bastardos vean que las Richi no se amedrentan. Marco Rossi cree que puede jugar con fuego, pues le daremos un infierno
Salí del comedor sintiendo que el aire se agotaba. Tenía que ver a Marco. No en una reunión oficial rodeada de guardaespaldas, sino cara a cara. Sabía exactamente dónde encontrarlo. Los Rossi tenían un gimnasio privado en el sótano de un antiguo teatro en el centro, un lugar donde la sangre y el sudor se mezclaban lejos de las miradas curiosas de la alta sociedad
Dos horas después, me bajaba de mi deportivo frente al teatro abandonado. Llevaba unos pantalones de cuero ajustados y una chaqueta corta, con mi Glock 19 oculta en la espalda. Entré por la puerta trasera, esquivando a los pocos hombres de guardia que me dejaron pasar al reconocer mi apellido y, sobre todo, al ver el fuego en mis ojos. El sonido de los golpes contra un saco de boxeo resonaba en el sótano, rítmico y brutal
Allí estaba él. Sin camiseta, con el cuerpo cubierto de una fina capa de sudor que hacía brillar sus músculos bajo las luces fluorescentes. Sus nudillos estaban rojos, y cada golpe que lanzaba parecía llevar el peso de una sentencia. Me quedé en la sombra, observándolo un momento. Era una máquina de guerra perfecta, y una parte de mí deseaba destruir esa perfección
— Es de mala educación espiar, Caroline — dijo sin dejar de golpear el saco — Aunque admito que te queda mejor el cuero que la seda del baile
— Has quemado mi cargamento, Marco — dije, saliendo a la luz, mi voz resonando en el sótano vacío — Y has tocado mis cosas. Nadie toca lo que es mío y vive para contarlo
Él se detuvo en seco y se giró. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo con una lentitud insultante, deteniéndose un segundo de más en la marca de mi cuello que yo no había cubierto del todo. Una sonrisa arrogante y peligrosa apareció en su rostro
— No quemé el cargamento por los negocios — dijo, caminando hacia mí mientras se desataba las vendas de las manos — Lo hice porque hoy no podías dejar de pensar en mí, y necesitaba una excusa para que vinieras a buscarme
— Te crees muy listo — respondí, acortando la distancia hasta que la punta de mis botas tocó las suyas — Pero estás jugando con una Richi. Puedo dispararte aquí mismo y decir que fue defensa propia
— Hazlo entonces — me retó, agarrando mi mano y poniéndola sobre su pecho desnudo, justo donde su corazón latía con una fuerza salvaje — Pero ambos sabemos que no has venido aquí a matarme. Has venido porque anoche te dejé con hambre, y tú no eres de las que se quedan con las ganas
La tensión en la habitación se volvió sofocante. El olor a sudor, cuero y deseo era una mezcla embriagadora.
Marco me rodeó la cintura con sus brazos aún calientes por el ejercicio, pegándome a su cuerpo con una brusquedad que me hizo soltar un gemido de sorpresa. Sus labios estaban a milímetros de los míos, y su aliento me quemaba la piel
— Eres una enemiga deliciosa, Caroline — susurró — Pero en este sótano no hay familias, ni apellidos, ni guerras. Solo estamos tú y yo, y la forma en que tus ojos me piden que te rompa en mil pedazos
Esas palabras y la forma en que lo dijo, hizo que me estremeciera y excitara de una forma que jamás pensé que un Rossi me haría sentir
Sin esperar invitación alguna, Marco me tomó con ambas manos de la cara y me beso con una desesperación que me hizo volver a estremecer. No iba a quedarme con las ganas, no ahora que estaba sintiendo un fuego enorme quemarme por dentro
Lo abracé por el cuello y le seguí el beso, eso hizo que él me deseara aún más. Bajó sus manos a mis glúteos y los apretó empujandome más sobre él haciendo que sintiera ese bulto prominente que se sentía por debajo del pantalón y que ya estaba logrando que empezará a mojarme de solo sentirlo
— No te arrepientas luego Richi — dijo para luego comenzar a quitar prenda por prenda de mí cuerpo hasta dejarme completamente desnuda
Caminó hasta un pequeño estante, lo vi tomar algo de ahí y volvió nuevamente junto a mí. Eran unas cadenas, las cuales colocó en mis manos amarrandome con una sonrisa
— ¿Qué haces Rossi? — pregunté confundida
Él no me respondió, simplemente me llevó hasta unos enganches que colgaban de la pared y engancho las cadenas de ahí
— Marco — dije con mí voz temblorosa pensando que me mataría ahí mismo
— ¿Miedo Richi? — pregunta con esa sonrisa que me hizo confundir más
Se vuelve a apoderar de mis labios nuevamente, hasta que lo siento que me levanta de mis piernas colocándola a los lados de él y de una sola estocada se introdujo en mí interior
No sabía en qué momento había liberado a su compañero de abajo, pero esa intromisión repentina me hizo volar hasta el cielo y volver a bajar rápidamente con cada estocada que me daba
Mis gritos llenaron el lugar sin importarme los guardias que estaban afuera y que podían oírme, Marco me embestía de tal forma que no había mentido cuando dijo que me romperia en mil pedazos
Salí del gimnasio mucho después, con las piernas temblorosas y el cabello desordenado, sintiendo que acababa de firmar mi propia sentencia de muerte.
Marco se quedó atrás, observándome marchar con esa mirada de dueño que empezaba a odiar y a amar por partes iguales. Subí a mi coche y me miré en el espejo retrovisor, mis labios estaban hinchados y mis ojos brillaban con una intensidad desconocida
Sabía que la reunión de las familias esa tarde sería un campo de minas. Pero ahora, el juego había cambiado. Ya no era solo una cuestión de territorios o de honor familiar. Era algo mucho más oscuro, algo que nos arrastraría a todos al abismo si no teníamos cuidado
Y mientras conducía de regreso a la mansión, solo podía pensar en una cosa: qué estaría haciendo Estefany en ese mismo momento
Al llegar, la vi en el jardín, sosteniendo una rosa negra que no estaba allí cuando nos fuimos. Fabián también había hecho su movimiento. Las mellizas Richi estábamos cayendo, y lo peor de todo era que no queríamos que nadie nos salvara
Entré en la casa con la cabeza alta, escondiendo el caos que llevaba dentro. La guerra estaba a punto de estallar en las calles de Chicago, y por primera vez en mi vida, no estaba segura de qué bando quería que ganara. Porque si los Rossi caían, ellos se llevarían nuestra cordura con ellos, y si nosotras caíamos, nos aseguraríamos de que fuera en sus brazos, envueltas en llamas y pecado.