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24: el plan que no sale bien
Minji ya no dormía pensando en confrontaciones. Dormía pensando en destrucción.
Después de despedir al detective con desprecio, había pasado días enteros en la habitación de invitados, navegando en foros oscuros, pagando contactos anónimos en aplicaciones encriptadas, buscando nombres que prometían discreción absoluta. No quería más investigaciones. Quería resultados irreversibles.
Encontró a los hombres a través de un intermediario en un bar clandestino de Shinjuku. Tres tipos con tatuajes baratos y miradas vacías: el líder se hacía llamar Kenta, los otros dos solo números. Minji les entregó la mitad del dinero en efectivo dentro de un sobre marrón, junto con fotos de Aya Nakamura tomadas con teleobjetivo, horarios aproximados de sus salidas del hotel y una instrucción clara:
—Secuestrarla. Llévenla a un lugar donde nadie la encuentre. Úsenla. Grábenlo todo. Quiero que el video se filtre en los sitios correctos: foros underground, cuentas anónimas, hasta que llegue a los medios. Que su reputación quede destruida. Que nadie vuelva a mirarla sin asco.
Kenta sonrió con dientes amarillos.
—¿Y si alguien viene por ella?
Minji lo miró fijo.
—Nadie va a venir. Ella es solo una puta cara. Nadie arriesgará nada por ella.
Pagó la otra mitad por adelantado. Confiaba en que el miedo y el dinero los mantendrían callados.
El secuestro ocurrió una noche de jueves. Aya salía del Eclipse Grand después de una cena de negocios. Caminaba sola hacia el taxi que había pedido. Un van negro se detuvo bruscamente. Dos hombres bajaron, la agarraron por los brazos y la metieron dentro antes de que pudiera gritar. El tercero conducía. Todo duró menos de quince segundos.
La llevaron a un almacén abandonado en las afueras de Kawasaki. Suelo de cemento sucio, bombilla colgante que parpadeaba, olor a humedad y aceite viejo. La ataron a una silla oxidada. Le quitaron el abrigo, le rasgaron la blusa. Kenta sacó el teléfono y empezó a grabar.
Aya no gritó. No lloró. Solo los miró con ojos fríos, respirando controlado.
—Cuando terminen con esto… van a desear no haber nacido —dijo en voz baja.
Kenta rio.
—Cállate, puta.
Levantó la mano para golpearla.
En ese momento, el teléfono de Aya —que había logrado dejar en el bolsillo interno del abrigo tirado a sus pies— vibró una sola vez. Un mensaje de Taeyong que nunca llegó a leer: “¿Dónde estás? Llevo 20 min esperando en el restaurante”.
Aya, forcejeo, En el forcejeo, había pulsado el botón de emergencia rápida que Taeyong le había instalado en el teléfono meses atrás: un toque doble enviaba ubicación en tiempo real y un mensaje automático: “Ayuda. Ahora”.
Taeyong recibió la alerta mientras esperaba en el restaurante. El corazón le dio un vuelco. Abrió el mapa. Vio la ubicación: un polígono industrial muerto en Kawasaki. Sin dudar, llamó a su equipo más cercano. Cinco hombres armados, sin preguntas. Subieron a dos autos negros y salieron a toda velocidad.
Llegaron en veintiocho minutos.
Taeyong entró primero. Silenciador en la pistola. El primer hombre cayó con un tiro en la nuca antes de poder gritar. El segundo intentó sacar un cuchillo; Uno de los hombres de Taeyeon le rompió la muñeca y le clavó el suyo en el pecho. Kenta levantó la mirada, —error fatal—. Taeyong le disparó en la mano, luego en la cabeza. El tercero corrió hacia la salida; Otro de los subordinados dio un disparo en la pierna lo derribó. Taeyong se acercó y terminó el trabajo con un tiro limpio en la sien.
Todo duró menos de noventa segundos.
El almacén quedó en silencio, salvo por la respiración agitada de Aya.
Taeyong cortó las cuerdas con un cuchillo táctico. La levantó con cuidado. Aya se aferró a él, temblando por primera vez.
—No pasó nada —murmuró Taeyong contra su cabello—. No pasó nada.
Aya asintió, aunque ambos sabían que había estado a segundos de que sí pasara.
Taeyong la sacó del almacén. Uno de sus hombres se quedó atrás para limpiar: cuerpos envueltos, teléfono destruido, sangre fregada. Nadie hablaría. Los tres hombres murieron sin saber quién los había contratado. El intermediario que los conectó desapareció esa misma noche.
Aya no preguntó cómo Taeyong había llegado tan rápido. Solo se dejó llevar al auto, envuelta en su chaqueta. En el trayecto de regreso a Tokio, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
—Gracias —susurró.
Taeyong le besó la sien.
—Nunca más vas a caminar sola de noche.
No hablaron de venganza. Aún no.
Pero Taeyong ya sabía que alguien había pagado por esto. Y tarde o temprano, encontraría quién.
Mientras tanto, en el penthouse, Minji esperaba el video que nunca llegó.
Miraba el teléfono cada cinco minutos. Nada.
Cuando pasaron dos días sin noticias, entendió que algo había salido mal.
No sintió culpa. Solo frustración.
El plan había fallado.
Pero no se rendiría.
Aún no.