¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 11
Seis meses pueden parecer una eternidad o un parpadeo, dependiendo de si estás contando los días en una celda o reconstruyendo un imperio desde las cenizas. Para Lía Montero, esos meses habían sido una metamorfosis radical. El reflejo que le devolvía el espejo de su nuevo despacho no era el de la mujer invisible que intentaba complacer a un marido gélido. Ahora, su mirada era de acero, su postura era de mando y su corazón, por primera vez, estaba en paz con sus cicatrices.
Lía se ajustó la solapa de su blazer blanco y observó el calendario sobre su escritorio de cristal. Hoy era el día. El veredicto final contra Julián y Sara se leería en menos de dos horas.
Dante entró en la oficina sin llamar, como ya era su costumbre. Llevaba un traje gris oscuro que resaltaba su imponente porte. Al verlo, Lía sintió esa chispa familiar, ese tirón en el bajo vientre que no había disminuido ni un ápice desde la primera noche en el club. Al contrario, el conocimiento mutuo había profundizado el deseo, volviéndolo más voraz, más consciente.
—Es hora, Lía —dijo él, acercándose para rodearle la cintura con sus brazos. El aroma a sándalo y lluvia la envolvió, calmando instantáneamente el ligero temblor de sus manos—. Victoria ya está en la corte. El fiscal está convencido de que no habrá menos de quince años para Julián por el intento de homicidio y el fraude agravado.
—¿Y Sara? —preguntó Lía, apoyando la cabeza en el hombro de Dante.
—Ocho años. Su confesión ayudó a cerrar el caso contra las empresas fantasma de tu padre, pero no fue suficiente para librarla de la complicidad en el desvío de fondos.
Lía suspiró. No sentía alegría por la desgracia de su hermana, solo un alivio pesado. El ciclo de traición que había consumido a su familia finalmente se estaba cerrando.
...
La sala del tribunal estaba atestada de periodistas. Lía caminó por el pasillo central con la frente en alto, sintiendo el clic constante de las cámaras. Se sentó junto a Victoria, quien le apretó la mano en un gesto de apoyo silencioso. Dante se situó justo detrás de ella, una presencia sólida que le recordaba que no estaba sola en esta batalla final.
Julián y Sara fueron introducidos por la puerta lateral. Julián se veía envejecido, con el cabello ralo y una mirada de rencor que parecía haberlo consumido por dentro. Sara, en cambio, se veía vacía; sus ojos ya no buscaban la cámara, solo el suelo. Al pasar frente a Lía, Julián se detuvo un segundo, abriendo la boca como para decir algo, pero la mirada gélida de Dante lo obligó a seguir adelante sin emitir sonido.
El juez golpeó el mazo. El silencio que siguió fue absoluto.
—En el caso del Estado contra Julián Montero por los cargos de fraude corporativo, extorsión, robo de identidad e intento de homicidio en primer grado… este tribunal lo encuentra CULPABLE en todos sus cargos. Se le condena a dieciocho años de prisión sin posibilidad de fianza.
Un murmullo recorrió la sala. Lía cerró los ojos, sintiendo cómo una cadena invisible que la ataba al suelo se rompía por fin.
—En cuanto a Sara Montero, por complicidad en fraude y encubrimiento… se le condena a siete años de prisión.
Sara soltó un sollozo ahogado. Lía no miró atrás. Se puso de pie mientras los oficiales sacaban a los condenados de la sala. Al salir a los escalones de la corte, la prensa la rodeó.
—¡Señora Montero! ¿Qué pasará ahora con la Constructora? ¿Es cierto que el Proyecto Esmeralda ha muerto?
Lía se detuvo frente a los micrófonos. Ya no necesitaba que nadie hablara por ella.
—El Proyecto Esmeralda ha muerto porque nació de la codicia. Pero hoy nace el Refugio del Lago, un centro de desarrollo sostenible que devolverá a la tierra lo que mi familia le arrebató. La Constructora Montero ya no existe; desde hoy, la empresa se llama Alba Arquitectura. Porque es hora de un nuevo amanecer.
...
El viaje hacia el lago del norte, tres días después, fue el primer momento de verdadera intimidad que tuvieron en semanas. Dante conducía su deportivo, pero esta vez no había urgencia, solo la promesa de un descanso merecido.
Al llegar al muelle que había sido el escenario de su infancia y de sus pesadillas, Lía se quedó sin aliento. El agua estaba cristalina, reflejando el verde intenso de los pinos. El antiguo cobertizo que había ardido hacía veinte años había sido reemplazado por una estructura moderna de madera y vidrio: el prototipo del nuevo proyecto de Lía.
—Lo hiciste, Lía —dijo Dante, abrazándola por la espalda mientras miraban el horizonte—. Has convertido el barro en cristal.
—Lo hicimos —corrigió ella, dándose la vuelta para besarlo—. No habría tenido la fuerza para enfrentar los archivos de mi padre sin ti.
Dante la tomó en vilo y la llevó hacia la pequeña cabaña renovada que habían preparado para el fin de semana. No era el ático de lujo de la ciudad, sino un espacio cálido, que olía a madera nueva y a libertad. En cuanto cerraron la puerta, la tensión de los meses de juicios y reestructuraciones estalló en una pasión desenfrenada.
Se desvistieron con una urgencia que rayaba en lo desesperado, como si necesitaran borrar el rastro de la corte y la oficina de sus pieles. Dante la empujó suavemente contra la pared de madera, besando su cuello, sus hombros, su cicatriz. Lía jadeaba, enredando sus dedos en el cabello de él, sintiendo que el fuego que antes solo existía en sus sueños ahora era una realidad que podía tocar, saborear y reclamar.
Hicieron el amor sobre la alfombra, frente a la chimenea apagada, con el sonido del lago golpeando suavemente contra el muelle como banda sonora. Fue una entrega total, sin miedos, sin sombras de terceros. En el clímax, Lía sintió que no solo estaba unida a Dante, sino que estaba unida a sí misma.
...
Sin embargo, la vida siempre guarda un último plano bajo la manga.
A la mañana siguiente, mientras el sol se filtraba entre los árboles, Lía se despertó con una sensación extraña. No era el malestar de los meses anteriores, sino algo diferente, una plenitud física que la dejó desconcertada. Se levantó y fue al baño de la cabaña. Al mirarse en el espejo, recordó que su ciclo se había retrasado unas semanas, algo que había atribuido al estrés del juicio.
Dante entró en el baño unos minutos después, viéndola sentada en el borde de la bañera con un pequeño dispositivo en la mano que había comprado preventivamente en la farmacia del camino.
—¿Lía? —preguntó él, su voz cargada de una preocupación instantánea—. ¿Te sientes mal?
Ella levantó la vista. Sus ojos brillaban con una mezcla de terror y una alegría indescriptible. Le entregó la prueba.
Dante la miró. Las dos líneas rosadas eran claras como el agua del lago.
El hombre más implacable de la ciudad, el abogado que no temblaba ante los jueces más duros, se quedó sin habla. Se dejó caer de rodillas frente a ella, apoyando su frente en el vientre de Lía.
—Un nuevo comienzo —susurró Dante, y Lía sintió una lágrima cálida de él humedeciendo su piel—. Un Montero-Valerios que no conocerá el odio, ni los secretos, ni el fuego.
Lía le acarició el cabello, sintiendo que el círculo del destino finalmente se había transformado en un espiral ascendente. El niño del muelle y la niña del lago iban a ser padres. El pasado ya no era una carga, sino el abono para una vida que apenas comenzaba a brotar.
—Dante —dijo ella, riendo entre lágrimas—. ¿Crees que este bebé también soñará con nosotros antes de nacer?
—No lo sé —respondió él, levantándose para besarla con una ternura que le detuvo el corazón—. Pero te prometo que, cuando despierte, lo primero que verá será a dos personas que movieron el cielo y la tierra para que este mundo fuera digno de él.
Salieron al muelle, de la mano, observando el amanecer. Ya no había desconocidos en la almohada, ni bragas mojadas por la angustia de lo prohibido. Solo quedaba la realidad: hermosa, caótica, vibrante y, por fin, absoluta.
La arquitecta había terminado su obra maestra. Y el abogado había ganado el caso más importante de su vida: el derecho a ser feliz.